Los Trillizos Del Ceo

Capítulo 21 — Cinco años después

POV LOLA

Cinco años después.

Lorenzo derrama jugo de naranja sobre la mesa. Otra vez. Leonardo le grita que es un "bebé torpe". Loretta se ríe tan fuerte que casi se cae de la silla.

—Lorenzo, cuidado —digo sin levantar la voz, acercándole una servilleta—. Leonardo, pide disculpas. Loretta, siéntate bien antes de que te caigas.

Tres órdenes simultáneas. Tres respuestas inmediatas.

Lorenzo limpia el jugo con concentración exagerada, sacando la lengua como hace cuando quiere demostrar que es responsable. Leonardo murmura un "perdón" a regañadientes, cruzando los brazos. Loretta se acomoda en su silla pero no deja de sonreír, esos ojos traviesos que me recuerdan tanto a mí misma cuando era niña.

Cinco años.

Cinco años desde que llegué a Sicilia huyendo. Cinco años desde que era Lucía Navas, la secretaria desesperada con tres bebés, buscando a un padre que no sabía que tenía.

Ahora soy Lola De Rossi.

Y estos tres pequeños caóticos que discuten sobre quién tiene el mejor superhéroe son mi mundo entero.

—Mamá, ¿puedo llevar mi carro rojo al colegio? —pregunta Lorenzo, con esos ojos enormes que usa cuando quiere negociar.

—No. Los juguetes se quedan en casa.

—Pero es que...

—No.

—Pero...

—Lorenzo. No.

Él suspira dramáticamente, como si le hubiera negado algo vital para su supervivencia. Leonardo aprovecha para robarle un trozo de pan. Loretta observa todo con esa expresión calculadora que me hace pensar que será abogada o criminal. Todavía no decido cuál.

Los observo mientras terminan el desayuno. Lorenzo, cinco años, con esa necesidad constante de proteger a sus hermanos aunque sea el más torpe. Leonardo, callado pero observador, que ve todo y procesa el doble de lo que dice. Loretta, desafiante desde que aprendió a caminar, que no acepta un "no" sin pelear primero.

Son tan diferentes.

Y tan míos.

Me acerco a Lorenzo, ajustándole la mochila que siempre termina torcida.

—Derecho —digo, tirando de las correas—. ¿Cuántas veces tengo que enseñarte?

—Mil —responde con una sonrisa que desarma cualquier frustración.

Leonardo ya tiene sus zapatos puestos, perfectamente atados. Por supuesto. Loretta batalla con los suyos, negándose a aceptar ayuda.

—Yo puedo —insiste cuando me arrodillo frente a ella.

—Lo sé. Pero llegaremos tarde.

—Yo puedo —repite, más firme.

La dejo intentar durante treinta segundos más antes de intervenir. Sus dedos pequeños luchan con los cordones. Finalmente suspira, derrotada.

—Está bien. Ayúdame.

—Gracias por permitírmelo, su majestad —digo, atando los zapatos con movimientos rápidos.

Ella sonríe. Esa sonrisa que dice: "Gané algo aunque perdí la batalla."

—Lola.

La voz de mi padre viene desde el umbral de la cocina. Alessandro está de pie con su taza de espresso, observándonos con esa expresión que mezcla orgullo y algo más suave que rara vez muestra.

—Papà —saludo, poniéndome de pie—. ¿Dormiste bien?

—Como siempre. ¿Listos para el colegio?

—Casi —respondo, revisando las mochilas una última vez—. Loretta decidió que atar zapatos es opcional.

—Igual que su madre —dice Alessandro con una sonrisa apenas visible.

Los trillizos corren hacia él. Incluso después de cinco años, siguen adorándolo. El abuelo que los consiente sin medida, que les enseña palabras en italiano que después usan para negociar más postre, que construye con ellos fortalezas de almohadas y finge que no ve cuando roban galletas antes de cenar.

—Nonno, ¿vendrás al colegio hoy? —pregunta Lorenzo, aferrándose a su pierna.

—¿Hay algo especial?

—Presentación de trabajos —explica Leonardo con seriedad—. Hicimos una maqueta del Coliseo.

—Yo puse las columnas —añade Loretta, orgullosa.

Alessandro se arrodilla a su altura, mirándolos uno por uno.

—Entonces definitivamente tengo que estar ahí. ¿A qué hora?

—Tres de la tarde —respondo—. Pero no tienes que ir si tienes reuniones.

—Las reuniones pueden esperar. Los nietos, no.

Algo cálido se instala en mi pecho. Cinco años y todavía me sorprende esta versión de Alessandro: el abuelo devoto, el hombre que deja todo por estar presente.

Isabella aparece desde el comedor, impecable como siempre en un vestido color marfil. Su sonrisa es perfecta. Sus ojos, calculadores.

—Buenos días, niños —saluda con esa voz melosa que nunca termina de sonar genuina—. ¿Listos para el colegio?

—Sí, tía Isabella —responden los tres al unísono, con la cortesía que les he enseñado, pero sin el calor que reservan para Alessandro y para mí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.