POV ADRIÁN
Cinco años después.
La sala de juntas huele a café caro y ambición contenida. Doce personas rodean la mesa de caoba, todos mirándome como si cada palabra que salga de mi boca fuera un mandamiento corporativo. Mattias presenta cifras del último trimestre con gráficos que suben y bajan en la pantalla como promesas de éxito continuo. Victoria toma notas con esa precisión que la caracteriza, su pluma moviéndose en líneas perfectas sobre papel que probablemente cuesta más que el salario semanal de la mitad de los presentes. Alguien menciona algo sobre expansión en Asia, proyecciones optimistas, mercados emergentes que están listos para ser conquistados. Yo estoy aquí, pero no estoy. Físicamente presente, ocupando mi silla en la cabecera de la mesa, asintiendo en los momentos correctos, pero emocionalmente ausente. Es una habilidad que he perfeccionado durante cinco años, esta capacidad de funcionar sin sentir, de dirigir sin estar realmente presente, de existir sin vivir.
—Señor Valcor, ¿aprueba la inversión? —pregunta Mattias, mirándome expectante con esos ojos que buscan validación, que necesitan mi sello de aprobación para seguir adelante.
—¿Los números cierran?
—Sí, señor.
—Entonces adelante.
Victoria me lanza una mirada de aprobación, como si necesitara su validación, como si cada decisión que tomo requiriera su bendición silenciosa. La reunión continúa su curso predecible. Hablan de mercados emergentes, de competencia que necesita ser neutralizada, de estrategias a largo plazo que suenan impresionantes en papel pero que probablemente se ajustarán mil veces antes de implementarse. Yo asiento en los momentos correctos, firmo donde debo firmar, digo exactamente lo necesario para mantener la máquina funcionando. Pero no siento nada. Hace cinco años que no siento nada real, nada que penetre esta coraza que construí ladrillo a ladrillo después de que Claudia muriera y se llevara consigo todo lo que yo era capaz de sentir.
Los investigadores nunca encontraron a Lucía Navas. Desapareció como humo en la noche, como si nunca hubiera existido, como si esos nueve meses de embarazo fueran una alucinación colectiva. Gastamos decenas de miles de dólares rastreándola, contratando a los mejores detectives privados, revisando cada registro hospitalario, migratorio, financiero que pudimos acceder. Nada. Ni una pista. Ni un rastro. Ella y los bebés se esfumaron del mapa como si la tierra misma se los hubiera tragado. Mi madre me recordó cada semana durante el primer año que estaba perdiendo la herencia, que Ernesto estaba construyendo su familia, que yo estaba regalando todo lo que Claudia había soñado para nuestros hijos. Sus llamadas se volvieron predecibles, molestas, cargadas de reproches apenas velados sobre mi incapacidad de encontrar a mis propios hijos, como si yo no hubiera intentado, como si no hubiera movido cada recurso disponible.
Pero entonces algo cambió. Ernesto se casó con pompa, una boda que mi madre orquestó como si fuera una declaración de victoria. Su esposa, una mujer joven y saludable de buena familia, intentó quedar embarazada. Una vez. Dos. Tres. Meses que se convirtieron en años de intentos fallidos. Tratamientos de fertilidad que no dieron resultado. Especialistas en Nueva York, en Boston, en clínicas carísimas en Suiza donde les prometieron milagros que nunca llegaron. Nada funcionó. Hace seis meses, los médicos confirmaron lo que Ernesto nunca admitirá públicamente, lo que mi madre guarda como un secreto vergonzoso: es estéril, sin posibilidad de revertirse, una sentencia biológica que destruyó todos sus planes de heredar el imperio Valcor. Y según el testamento inflexible de mi padre, redactado por abogados que no dejaron espacios grises, el heredero debe llevar sangre Valcor directa, biológica, verificable. La adopción no cuenta. Los hijos de otros no cuentan. Solo la sangre importa.
Así que después de cinco años de presión constante, de recordatorios que me llegaban como facturas vencidas, de amenazas veladas sobre mi supuesta irresponsabilidad, mi madre finalmente se quedó en silencio. Porque ahora entiende lo que yo siempre supe: la herencia sigue siendo mía, legalmente, técnicamente, irrevocablemente mía. Solo necesito presentar a los bebés. Los bebés que no puedo encontrar. Los bebés que probablemente ya ni sé cómo buscar después de cinco años de pistas muertas y callejones sin salida.
—Adrián.
La voz de Victoria me devuelve a la sala de juntas como un anzuelo que me arrastra de vuelta a la superficie. Todos se han ido excepto ella, como siempre, quedándose después de que los demás desaparecen, ocupando el espacio que nadie más reclama. Está de pie junto a la ventana con esa postura perfecta que nunca se relaja, sosteniendo una carpeta contra su pecho como si fuera un escudo elegante.
—¿Sí?
—Te fuiste otra vez —dice, y hay algo en su tono que mezcla preocupación con reproche, como si mi ausencia mental fuera una ofensa personal.
—Estoy cansado.
—Siempre estás cansado.
No discuto porque tiene razón. El cansancio se instaló en mis huesos hace cinco años y nunca se fue, un peso invisible que cargo en cada paso, en cada respiración, en cada decisión que tomo sin realmente importarme el resultado. Victoria camina hacia mí con pasos medidos, dejando la carpeta sobre la mesa con un movimiento deliberado que capta mi atención.
—Llegó la agenda final del foro de Milán.