Los Trillizos Del Ceo

Capitulo 23. PARTE DOS.

Lola De Rossi. ¿La hija? ¿La madre de los trillizos que Isabella mencionó como si fueran el tesoro de la familia? No importa. No debería importar. No hay ninguna razón lógica por la que ese nombre deba significar algo para mí más allá de una conexión empresarial fallida hace media década.

—Busqué información sobre ella antes de confirmar tu participación —continúa Victoria, sacando su tablet con movimientos eficientes, deslizando su dedo por la pantalla mientras sus ojos escanean información que ya memorizó—. Es... curiosa.

—¿Curiosa cómo?

—Poderosa pero invisible. Directora ejecutiva de una empresa multimillonaria con presencia en treinta países. Hablan de ella en círculos empresariales europeos como una estratega implacable, alguien que revolucionó las operaciones de De Rossi en menos de tres años. Expandieron a mercados asiáticos, cerraron contratos que parecían imposibles, duplicaron sus márgenes de ganancia. Pero no hay fotos. No da entrevistas. No aparece en revistas especializadas. Es como si deliberadamente evitara cualquier exposición pública, como si tuviera alergia a las cámaras.

Algo frío se instala en mi estómago, una inquietud que no tiene nombre pero que se extiende como hielo bajo mi piel. Una mujer poderosa que se esconde. Una ejecutiva exitosa que rechaza la visibilidad que normalmente acompaña ese nivel de poder. No es normal. No en este mundo donde la imagen lo es todo, donde las portadas de revistas son trofeos y las entrevistas son plataformas de ego.

—¿Nada? ¿Ni una sola foto?

—Nada reciente —responde Victoria, mostrándome la pantalla donde aparecen artículos sobre De Rossi Wines & Oils, expansiones comerciales, análisis de mercado, pero ninguna imagen de su directora ejecutiva—. Hay menciones en artículos de negocios, siempre sin fotografía. Algunos eventos donde aparece en las listas de asistentes confirmados, pero nunca en las fotos oficiales del evento. Es anormalmente discreta para alguien en su posición. Casi paranoicamente discreta.

Victoria me muestra varios artículos, todos con el mismo patrón: el nombre Lola De Rossi mencionado con respeto, con admiración incluso, pero nunca acompañado de una imagen. Ningún rostro. Ninguna presencia visual. Como si fuera un fantasma que dirige un imperio desde las sombras, como si su poder fuera tan absoluto que no necesitara mostrarse para ejercerlo.

—Es estratégico —dice Victoria, guardando la tablet con un gesto que sugiere que ya tiene sus propias teorías—. Probablemente quiere mantener privacidad total. Separar la vida personal del negocio de manera radical. Algunos ejecutivos europeos son así, especialmente los de familias antiguas. Viejas fortunas que valoran la discreción sobre la exposición mediática. Es casi aristocrático en su enfoque.

Tiene sentido. Tiene perfecto sentido lógico. Entonces, ¿por qué no puedo sacudirme esta inquietud que crece en mi pecho como una planta venenosa? ¿Por qué siento que hay algo más debajo de esta explicación racional?

—Italia va a ser bueno para nosotros —dice Victoria, usando ese plural posesivo que nunca pedí explícitamente pero que dejé que se instalara por pura inercia—. Tres días en Milán. Networking de alto nivel. Exposición internacional que nos posiciona frente a los jugadores más importantes del sector. Y tal vez finalmente conozcas a la misteriosa Lola De Rossi en persona, le pongas rostro a ese nombre que tanto poder tiene.

Nosotros. Siempre nosotros. Victoria y yo nunca definimos lo que somos, nunca tuvimos esa conversación incómoda donde se ponen etiquetas y se establecen límites. Empezó esa noche en Sicilia hace cinco años, en un hotel de Taormina que olía a mar y limones, con demasiado vino tinto y demasiada soledad compartida. Y nunca terminó porque ninguno de los dos tuvo el valor o el interés de terminarlo. No es mi novia en el sentido tradicional. No es mi pareja en ningún sentido emocional real. Es... conveniente. Ocupa mi espacio sin exigir que lo nombre, sin pedir definiciones que ninguno de los dos quiere dar. Comparte mi cama cuando ninguno de los dos quiere estar solo con sus propios fantasmas. Se sienta a mi lado en reuniones y dice "nosotros" como si fuera un derecho adquirido, como si cinco años de ambigüedad construyeran algún tipo de compromiso tácito. Y yo la dejo porque es más fácil que estar solo, porque es más fácil que sentir, porque llenar el vacío con otra presencia tibia es mejor que enfrentarlo en su totalidad aplastante.

—¿Cuándo es el foro? —pregunto, cerrando la carpeta con un movimiento definitivo que indica que quiero terminar esta conversación.

—En tres semanas. Ya reservé los vuelos, business class como siempre. Suite ejecutiva en el Grand Hotel et de Milan. Dos habitaciones contiguas con acceso compartido a la terraza privada.

Por supuesto que dos habitaciones contiguas. Porque Victoria siempre planea dos pasos adelante, siempre asegura que las puertas entre nuestros espacios estén abiertas literal y metafóricamente. Me levanto, recogiendo mi teléfono y mi saco del respaldo de la silla. Victoria me sigue con la mirada como siempre lo hace, como si estuviera calculando mi siguiente movimiento, anticipando mis reacciones antes de que yo mismo las procese.

—Adrián —dice cuando ya tengo la mano en el picaporte.

Me detengo pero no me giro completamente, una postura que hemos perfeccionado durante cinco años de conversaciones a medias.

—Esto podría ser importante. Para la empresa, obviamente. Pero también para... nosotros. Para lo que estamos construyendo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.