Los Trillizos Del Ceo

Capítulo 26 — Milán

El Gran Hotel et de Milán respira opulencia antigua: columnas de mármol veteado, candelabros de cristal que proyectan luz dorada sobre alfombras persas que probablemente valen más que algunos autos, ejecutivos de trajes perfectos que caminan por los pasillos como si fueran dueños del mundo. El foro ha convertido el hotel en un hormiguero de poder concentrado, doscientos nombres importantes del sector alimentario global moviéndose entre salas de conferencias y bares exclusivos, cerrando acuerdos con apretones de manos y sonrisas que no llegan a los ojos.

Lola De Rossi llega acompañada de su padre. Alessandro camina con esa elegancia patrica que no necesita anunciarse, saludando a conocidos de décadas con gestos breves pero cálidos. Ella va a su lado, discreta pero imposible de ignorar. Traje sastre color gris perla, sin joyas llamativas excepto unos aretes de perlas pequeñas, cabello recogido en un moño impecable que deja su rostro completamente expuesto. No busca protagonismo. No lo necesita. Su apellido lo atrae automáticamente.

—Señor De Rossi, qué placer verlo —saluda un empresario francés con acento marcado, estrechando la mano de Alessandro antes de dirigir su atención a Lola—. Y usted debe ser la famosa Lola. He oído hablar mucho de su trabajo.

—Demasiado generoso —responde ella con una sonrisa profesional que no revela nada—. El trabajo es de todo el equipo.

—Modesta. Una cualidad rara en estos círculos.

Lola asiente sin agregar más. Ha perfeccionado este baile durante cinco años: aparecer sin brillar demasiado, responder sin revelar demasiado, estar presente sin volverse fotografiable. Alessandro observa con ese orgullo discreto que nunca verbaliza pero que se lee en la forma en que la mira, en cómo se posiciona medio paso detrás de ella cuando otros se acercan, cediendo protagonismo, permitiendo que sea ella quien hable de los negocios que ahora maneja.

El lobby del hotel es un desfile constante de reconocimientos y presentaciones. Lola estrecha manos, intercambia tarjetas, promete seguimientos que probablemente materializará porque no hace promesas vacías. No busca impresionar. Pero impresiona de todas formas. Hay algo en su presencia contenida, en la forma en que escucha más de lo que habla, en cómo sus respuestas son precisas sin ser elaboradas, que hace que la gente la recuerde.

—¿Dónde están los niños? —pregunta Alessandro en voz baja cuando tienen un momento de privacidad relativa cerca de las ventanas que dan a la Piazza della Repubblica.

—Con Carla. En el parque Sempione. Necesitaban quemar energía después del vuelo.

—¿Segura de que fue buena idea traerlos?

Lola mira a su padre con esa expresión que ha desarrollado cuando cuestiona sus decisiones maternales, una mezcla de paciencia y firmeza.

—No iba a dejarlos cinco días en Sicilia. Y Carla necesitaba el viaje tanto como yo.

Alessandro asiente, sabiendo cuándo retirarse. Lola no es la mujer asustada que llegó a su casa hace cinco años. Es la mujer que construyó después de decidir quedarse, de plantar raíces, de pelear por su lugar. Y esa mujer no se deja cuestionar fácilmente, ni siquiera por él.

El teléfono de Lola vibra. Un mensaje de Carla: "Estamos de vuelta. Lorenzo quiere pizza. Leonardo está leyendo el mapa. Loretta pregunta si puede visitar el Duomo mañana."

Sonríe. Cinco años y todavía la sorprende cómo tres personas tan pequeñas pueden tener personalidades tan definidas, tan diferentes entre sí. Responde rápido: "Pizza está aprobada. Duomo mañana si se portan bien."

—¿Todo bien? —pregunta Alessandro.

—Todo perfecto. Volvieron del parque. Carla los tiene bajo control.

—Carla siempre los tiene bajo control. Es mejor niñera que la mitad del personal que Isabella quería contratar.

—No es su niñera —corrige Lola automáticamente, con ese tono que usa cuando defiende a su mejor amiga—. Es su tía Carla. Y es mi mano derecha. Hay diferencia.

—Lo sé. Perdona.

El comité organizador anuncia que el registro oficial está abierto en el salón Caruso, una sala inmensa en el segundo piso con techos pintados al fresco y ventanales que dejan entrar la luz de la tarde italiana. Lola y Alessandro se dirigen hacia allá, moviéndose entre grupos de ejecutivos que hablan en italiano, inglés, francés, alemán, un coro poliglota de negocios internacionales.

Y entonces, mientras esperan su turno en la mesa de registro, los ve.

Tres niños.

Entran al lobby desde la terraza del jardín interior, acompañados por Carla que intenta mantenerlos juntos sin mucho éxito. Lorenzo corre adelante, fascinado por las columnas de mármol, tocándolas como si fueran columnas mágicas. Leonardo camina más despacio, mirando todo con esos ojos analíticos que procesan cada detalle. Loretta va entre ambos, hablando sin parar sobre algo que solo ella encuentra urgentemente importante.

Tres niños. De la misma edad. Obviamente hermanos. Obviamente trillizos.

Carla los alcanza, tomando a Lorenzo de la mano antes de que decida trepar una de las columnas.

—Estamos en un hotel elegante —dice con esa voz que mezcla advertencia y cariño—. Comportamiento elegante, por favor.




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