Los Trillizos Del Ceo

Capítulo 27 — Los niños

POV ADRIÁN

No puedo dejar de buscarlos con la mirada.

Durante el registro, mientras Victoria completa formularios y coordina horarios con la eficiencia de una general organizando tropas, mis ojos escanean el lobby como si tuvieran voluntad propia. Buscando. Esperando ver esos tres niños otra vez. Confirmar que no los imaginé, que no fueron una alucinación producto del jet lag y cinco años de ausencias acumuladas.

—Adrián, necesito que firmes aquí —dice Victoria, extendiendo una carpeta.

Firmo sin leer. Ella me lanza una mirada extraña pero no comenta. Conoce mis silencios lo suficiente para saber cuándo presionar y cuándo retirarse.

El coordinador del evento, un italiano efusivo de traje azul marino, nos entrega las credenciales con una sonrisa profesional.

—Señor Valcor, señorita Mendoza, es un honor tenerlos. Su panel es mañana a las diez de la mañana en el salón Verdi. Desayuno ejecutivo a las ocho para todos los ponentes principales.

—Perfecto —responde Victoria, guardando todo en su bolso con movimientos precisos—. ¿La lista de asistentes está actualizada?

—Sí, la enviamos esta mañana. Setenta y tres ejecutivos confirmados para su panel específicamente.

Setenta y tres personas que escucharán lo que tengo que decir sobre innovación y expansión global. Setenta y tres caras que me mirarán esperando sabiduría que no siento tener. El número debería importarme. Hace cinco años me hubiera emocionado. Ahora solo es otro compromiso que cumplir.

Pero ahora mismo no puedo pensar en paneles ni en ponencias.

Porque los veo otra vez.

Salen del pasillo lateral, los tres niños con la mujer que los cuida. Están más cerca esta vez, tal vez a diez metros. Lo suficiente para verlos con claridad. El niño que antes tocaba las columnas ahora está concentrado en algo que sostiene en las manos, probablemente un juguete pequeño. El otro lee un folleto del hotel con seriedad cómica para alguien de cinco años. La niña sigue hablando, sus manos moviéndose mientras cuenta alguna historia que claramente considera urgente.

Y entonces el niño que sostiene el juguete hace algo.

Se toca la ceja con el dedo índice.

Un gesto automático, inconsciente, mientras piensa.

El mundo se detiene.

Es mi gesto.

Exactamente mi gesto.

Cuando pienso, cuando proceso información complicada, mi mano derecha sube automáticamente y mi dedo índice se apoya en mi ceja izquierda. Lo he hecho toda mi vida. Claudia solía burlarse suavemente de eso, decía que podía saber cuándo estaba resolviendo problemas mentales solo por ver ese gesto.

Y este niño, este niño que no conozco, que no debería conocer, acaba de hacer exactamente lo mismo.

Con la misma mano.

La misma ceja.

El mismo movimiento preciso.

Algo me golpea el pecho con fuerza física. No puedo respirar correctamente. El lobby se vuelve borroso en los bordes. Solo ese niño está en foco, ese gesto imposible que no puede ser coincidencia.

—Adrián.

La voz de Victoria suena lejana.

—¿Adrián? ¿Me estás escuchando?

—¿Qué? —logro decir, forzándome a mirarla.

Sus ojos me estudian con esa intensidad analítica que usa cuando detecta anomalías en mis patrones de comportamiento.

—Pregunté si quieres subir a las habitaciones primero o ir directo al cóctel de bienvenida.

—Yo... —no termino la frase porque los niños se están moviendo otra vez, dirigiéndose hacia los elevadores.

Actúo sin pensar.

—Espera aquí. Necesito hacer una llamada.

—¿Ahora? Podemos...

Pero ya estoy caminando, siguiendo a esa distancia prudente que no parezca sospechosa. La mujer que los acompaña presiona el botón del elevador. Los tres niños esperan con esa inquietud contenida que tienen los niños bien educados en espacios públicos.

Me acerco, fingiendo que también espero el elevador. Saco mi teléfono, simulando revisar mensajes. Pero los estoy observando. Cada detalle. Cada gesto. Cada palabra que intercambian en voz baja.

—Tía Carla, ¿podemos ir a la terraza después? —pregunta la niña.

—Después de la cena, Loretta. Si tu mamá dice que sí.

Loretta.

El nombre me golpea como un puñetazo.

Loretta.

Uno de los nombres que Isabella mencionó hace cinco años.

El elevador llega. Las puertas se abren. La mujer —Carla— guía a los niños adentro. Yo entro también, manteniéndome en la esquina opuesta, todavía mirando mi teléfono pero escuchando cada palabra.

—¿A qué piso van? —pregunta Carla educadamente.

—Sexto —respondo sin pensar.

—Nosotros también.

Por supuesto que sí.




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