Los Trillizos Del Ceo

Capítulo 28 — La mujer

El cóctel de bienvenida transcurre en el salón Caruso con esa elegancia calculada que caracteriza los eventos corporativos de alto nivel. Meseros de guantes blancos circulan con bandejas de plata sosteniendo copas de Prosecco y canapés que probablemente tienen nombres en francés que nadie recuerda. Las conversaciones flotan en múltiples idiomas, formando un murmullo sofisticado donde cada risa suena medida, cada anécdota tiene propósito, cada apretón de manos es una negociación disfrazada de cortesía.

Adrián entra tarde, después de haberse cambiado a un traje oscuro que Victoria le había preparado con su eficiencia habitual. Ella camina a su lado con ese vestido color crema que eligió específicamente para esta noche, su mano descansando levemente en su brazo en un gesto posesivo disfrazado de apoyo. Pero Adrián apenas la registra. Sus ojos escanean el salón con una intensidad que no puede controlar, buscando algo, alguien, sin saber exactamente qué espera encontrar.

—Relájate —murmura Victoria—. Pareces un cazador acechando presa.

—No puedo relajarme.

—Necesitas intentarlo. La gente está mirando.

Tiene razón. Varios ejecutivos ya han notado su entrada, algunos levantando copas en saludo silencioso, otros acercándose con sonrisas profesionales. Victoria maneja las interacciones iniciales con su habilidad usual, recordando nombres, haciendo conexiones, manteniendo conversaciones que Adrián solo sigue por pura automaticidad entrenada. Su cuerpo está aquí. Su mente sigue en ese elevador, viendo ese gesto, esa sonrisa, esos tres niños que no puede dejar de pensar.

Y entonces la ve.

Al otro lado del salón, cerca de los ventanales que dan a la Piazza della Repubblica iluminada por luces nocturnas. Una mujer de espaldas, hablando con un grupo pequeño de empresarios que asienten con atención respetuosa. Cabello oscuro recogido en un moño impecable, postura erguida pero no rígida, traje sastre gris perla que sugiere poder sin necesidad de gritarlo.

Adrián no sabe por qué esa espalda le llama la atención entre docientos asistentes. No sabe por qué sus pies empiezan a moverse en esa dirección sin decisión consciente. Pero algo en la forma en que ella sostiene su copa, en cómo inclina ligeramente la cabeza cuando escucha, en el ritmo preciso de sus gestos, detona algo primitivo en su cerebro.

Familiaridad.

Reconocimiento que no tiene nombre todavía.

Victoria lo sigue, confundida por su cambio repentino de dirección, pero adaptándose porque es lo que hace, porque después de cinco años puede leer sus movimientos incluso cuando no los entiende.

La mujer gesticula mientras explica algo, sus manos moviéndose con economía elegante. Y ese movimiento, esa forma específica en que sus dedos se cierran al enfatizar un punto, envía una descarga eléctrica por la columna de Adrián.

Lo ha visto antes.

Ese gesto exacto.

Pero no puede ubicar dónde, cuándo, por qué le resulta tan devastadoramente familiar.

Se acerca más. El grupo alrededor de ella habla en italiano con acentos que sugieren diferentes regiones. Ella responde en el mismo idioma con fluidez nativa, su voz clara pero contenida, sin necesidad de elevarla para captar atención. Tiene esa autoridad natural que no se aprende, que se gana a través de años de decisiones correctas y presencia constante.

—¿Señor Valcor?

La voz viene de uno de los hombres en el grupo, un empresario francés que Adrián reconoce vagamente de alguna conferencia anterior. El hombre sonríe, extendiendo la mano.

—Charles Beaumont, nos conocimos en París hace dos años.

Adrián estrecha la mano automáticamente.

—Por supuesto. Un placer verlo nuevamente.

—El placer es mío. Permítame presentarle a nuestro grupo. Este es Marco Ferretti de Ferretti Foods, Giovanni Costa de...

Las presentaciones continúan. Adrián responde con cortesía mecánica, pero sus ojos siguen regresando a la mujer que todavía está de espaldas, que todavía no se ha girado.

Y entonces Charles dice algo que detiene el mundo.

—Y por supuesto, Lola De Rossi de De Rossi Wines & Oils. La brillante mente detrás de su expansión asiática.

Ella se gira.

Y Adrián deja de respirar.

No la reconoce.

Conscientemente, racionalmente, no hay reconocimiento inmediato. Su rostro es el de una extraña elegante, profesional, con rasgos que podrían describirse como atractivos de una forma clásica pero no memorable. Ojos oscuros que lo evalúan con cortesía neutral. Labios que se curvan en una sonrisa profesional que no alcanza esos ojos.

Pero algo más profundo que el reconocimiento consciente está gritando.

Algo visceral.

Primitivo.

Esa postura.

Esa forma de inclinar ligeramente la cabeza.

Ese movimiento casi imperceptible de sus manos cuando se prepara para hablar.

Lo conoce.

Su cuerpo lo conoce incluso si su cerebro no puede procesarlo.




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