POV ADRIÁN
El laboratorio privado en Zúrich que encontré no hace preguntas. Por el precio correcto, procesan muestras que llegaron sin documentación oficial, sin nombres reales, solo números de referencia que protegen identidades. Son discretos. Eficientes. Y caros de una forma que garantiza silencio absoluto.
Pero primero necesito las muestras.
Y para eso necesito cruzar líneas que hace una semana hubiera considerado imperdonables.
Estoy en el bar del hotel a las diez de la noche, bebiendo whisky que no disfruto, observando al personal que circula con esa eficiencia silenciosa que caracteriza a los hoteles de cinco estrellas. Meseros que aparecen exactamente cuando los necesitas. Personal de limpieza que entra a las habitaciones cuando sabes que estarás fuera. Conserjes que pueden conseguir cualquier cosa si el precio es correcto.
Todo tiene un precio.
Solo necesito encontrar al indicado y ofrecer la cantidad correcta.
Lo identifico después de media hora de observación. Un empleado de limpieza, tal vez treinta años, que se mueve por el lobby con ese cansancio que viene de trabajar dobles turnos, probablemente sosteniendo una familia con un salario que apenas alcanza en una ciudad como Milán. Lo veo revisar su teléfono durante un descanso breve, con esa expresión que reconozco porque he visto variaciones de ella mil veces: preocupación financiera.
Perfecto.
Me acerco cuando está solo, organizando su carro de limpieza cerca de los elevadores.
—Disculpe —digo en inglés, asumiendo que en un hotel internacional el personal habla múltiples idiomas.
Él se gira, sorprendido de que un huésped lo aborde directamente.
—Sí, señor. ¿Necesita algo?
Su inglés tiene acento italiano marcado, pero es perfectamente comprensible.
—Necesito un favor. Uno que pagará muy bien.
Sus ojos cambian inmediatamente. Reconozco esa expresión también. Cautela mezclada con interés. Sabiendo que lo que viene probablemente no es completamente legal, pero considerándolo de todas formas porque el dinero habla más fuerte que la moral cuando tienes bocas que alimentar.
—¿Qué tipo de favor?
Saco mi billetera. Extraigo diez billetes de cien euros. Los sostengo donde puede verlos, pero sin entregarlos todavía.
—Hay una familia hospedada en el sexto piso. Mujer, tres niños. Los niños son trillizos, aproximadamente cinco años.
—Creo que sé de quién habla.
—Bien. Necesito que cuando limpie su habitación mañana, tome algo de los niños. Específicamente sus cepillos de dientes. Los tres. Los pone en bolsas separadas, me los entrega, y estos mil euros son suyos.
Él mira el dinero. Luego me mira a mí. Procesando.
—¿Por qué quiere los cepillos de dientes de unos niños?
—Esa no es tu preocupación.
—Podría meterme en problemas.
Saco diez billetes más. Dos mil euros ahora.
—No si eres discreto. Nadie sabrá. Y nadie extraña un cepillo de dientes. Probablemente pensarán que uno de los niños lo perdió o lo tiró accidentalmente.
Él está pensando. Puedo ver el cálculo en sus ojos. Dos mil euros probablemente son dos meses de salario para él. Tal vez más.
—¿Y si me niega?
—Entonces busco a otra persona. Pero te estoy ofreciendo la oportunidad primero.
El silencio se extiende. Un grupo de huéspedes pasa cerca, riendo sobre algo. Esperamos que se alejen.
—Tres cepillos —dice finalmente—. Bolsas separadas. Mañana después de la limpieza matutina.
—Exacto.
—Y nadie se entera.
—Nadie.
Extiende la mano. Le doy mil euros.
—El resto cuando me entregues las muestras.
Asiente, guardando el dinero rápidamente en su bolsillo.
—¿Dónde nos encontramos?
—Aquí. En este mismo lugar. A las tres de la tarde.
—Estaré aquí.
Se aleja con su carro, desapareciendo por un pasillo de servicio. Yo vuelvo al bar, pido otro whisky que tampoco disfrutaré, y espero a que mi corazón deje de latir tan fuerte.
Acabo de pagarle a un extraño para que robe cepillos de dientes de unos niños.
Acabo de cruzar una línea ética que no puedo descruzar.
Pero necesito saber.
Necesito confirmación absoluta.
Porque los investigadores pueden estar equivocados. El análisis facial puede ser coincidencia. Todo podría ser una elaborada serie de casualidades que mi cerebro desesperado está interpretando como patrón.
Pero el ADN no miente.
El ADN es verdad absoluta, científica, irrefutable.
Y si esos niños son míos...
Si llevan mi sangre y la de Claudia...