POV LOLA
No puedo respirar correctamente.
Llevo tres días sin poder respirar correctamente, desde que vi esa mirada en los ojos de Adrián Valcor durante el cóctel de bienvenida. Esa mirada que decía que estaba a punto de resolver un rompecabezas, que las piezas estaban encajando de formas que yo había rezado durante cinco años que nunca encajaran. Tres días sintiéndome como animal cazado que sabe que el depredador está cerca pero no puede ver exactamente dónde, solo puede oler el peligro en cada sombra, en cada corredor del hotel, en cada espacio abierto donde él podría aparecer.
Y ahora estoy en la habitación del sexto piso a las diez de la noche, metiendo ropa de los trillizos en maletas con manos que tiemblan tanto que apenas puedo doblar las camisetas correctamente. Lorenzo está dormido en una de las camas, su respiración suave y acompasada, completamente ajeno a la tormenta que está a punto de destruir su mundo. Leonardo está en la otra cama con su libro de astronomía abierto sobre el pecho, quedándose dormido a mitad de un capítulo sobre constelaciones como hace todas las noches. Loretta está acurrucada entre ambos, su pulgar en la boca aunque le he dicho mil veces que ya es muy grande para eso, pero esta noche no tengo energía para corregirla.
Porque esta noche estoy huyendo otra vez.
Como hace cinco años.
Excepto que esta vez tengo más que perder.
—¿Qué estás haciendo?
La voz de Carla desde la puerta conectora entre nuestras habitaciones me hace saltar. Dejo caer la camisa de Lorenzo que estaba doblando. Ella entra completamente, cerrando la puerta detrás de sí con ese clic suave que ha perfeccionado para no despertar a los niños, y me mira con esa expresión que conozco demasiado bien. Esa mezcla de preocupación, exasperación y amor incondicional que solo una mejor amiga que se ha convertido en hermana puede tener.
—Estoy... organizando —miento, pero mi voz tiembla demasiado para que suene convincente—. Pensé que podríamos necesitar...
—Lola. ¿Qué estás haciendo?
Su tono es diferente ahora. Más firme. El tono que usa cuando sabe que estoy a punto de hacer algo estúpido y necesita detenerme antes de que sea demasiado tarde.
—Nos vamos —digo, abandonando el pretexto—. Esta noche. Hay un vuelo a las dos de la mañana a Palermo. Podemos estar en el aeropuerto en una hora si nos movemos rápido. Los niños pueden dormir en el avión y...
—No.
—Carla, no entiendes...
—Entiendo perfectamente —interrumpe, caminando hacia mí y quitándome la maleta de las manos con movimiento firme—. Entiendo que estás en pánico. Entiendo que Adrián Valcor está en este hotel y que te está investigando y que probablemente ya sabe o está a punto de saber toda la verdad. Entiendo que tu primer instinto es huir porque es lo que hiciste hace cinco años y funcionó entonces.
—Exacto. Funcionó. Así que debemos...
—Pero no vas a hacerlo ahora.
Me mira directamente, sosteniendo mi mirada con esa intensidad que hace imposible escapar de la conversación que sé que viene.
—No puedes seguir huyendo, Lola. No de esto. No de él.
—Puedo y lo haré —insisto, intentando recuperar la maleta, pero ella la sostiene fuera de mi alcance—. Carla, no puedes entender lo que está en riesgo. Si él descubre... si confirma... va a querer quitármelos. Va a reclamarlos. Va a destruir todo lo que construimos durante cinco años.
—¿Y qué? ¿Vas a huir cada vez que aparezca? ¿Vas a pasar el resto de tu vida mirando por encima del hombro, cambiando de identidad otra vez, arrancando a esos niños de todo lo que conocen?
—Si eso es lo que se necesita para protegerlos, sí.
—No los estás protegiendo —dice Carla, y hay algo duro en su voz ahora—. Los estás condenando a vida en fuga. A nunca tener estabilidad real. A crecer sabiendo que su madre siempre está asustada, siempre escondida, siempre lista para desaparecer en cualquier momento.
—Es mejor que la alternativa.
—¿Cuál alternativa? ¿Que conozcan a su padre biológico? ¿Que sepan toda su verdad? Lola, ellos merecen saber de dónde vienen.
—Vienen de mí —digo, y mi voz sale más aguda de lo que pretendía—. Yo los parí. Yo los alimenté en esas primeras semanas cuando no dormía más de dos horas seguidas. Yo los cuidé cuando tenían fiebre. Yo les enseñé a caminar, a hablar, a ser las personas increíbles que son. Yo soy su madre en todas las formas que importan.
—Nadie está negando eso —dice Carla suavemente—. Pero eso no cambia que Adrián Valcor es su padre. Biológicamente. Legalmente si decide presionar el asunto. Y esconderte no va a cambiar esa realidad.
Me siento en el borde de la cama, lejos de donde duermen los niños, sintiendo cómo las piernas me fallan. Todo el peso de cinco años de miedo contenido se estrella sobre mí de golpe. Las manos me tiemblan incontrolablemente ahora. Las lágrimas que he estado reteniendo durante tres días finalmente empiezan a caer, silenciosas pero imparables.
—No puedo perderlos —susurro—. Carla, no puedes pedirme que arriesgue perderlos.
Ella se sienta a mi lado, pasando su brazo alrededor de mis hombros, dejándome colapsar contra ella como he hecho tantas veces durante cinco años.