Los Trillizos Del Ceo

Capítulo 36— Victoria lo descubre.

POV VICTORIA

Llevo cuatro días en Milán observando cómo Adrián desaparece.

No físicamente. Físicamente está aquí, en el mismo hotel, asistiendo a los mismos paneles del foro, sentándose a mi lado en las cenas de networking. Pero emocionalmente, mentalmente, está a kilómetros de distancia. En algún lugar donde yo no puedo alcanzarlo.

Y sé exactamente dónde está.

Está con ellos.

Los he visto. Por supuesto que los he visto. Es imposible no verlos cuando Adrián desaparece cada mañana a las diez en punto, regresando dos horas después con expresión que nunca le he visto. Algo entre asombro y terror. Algo que me pone la piel de gallina porque conozco esa mirada.

Es la mirada de un hombre que acaba de descubrir algo que cambia todo.

Esta mañana, después de cuatro días de silencio tenso donde él evita conversaciones reales y yo finjo que no noto su ausencia emocional, finalmente lo confronto. Lo encuentro en su suite, preparándose para otra de sus "reuniones matutinas" que ambos sabemos no tienen nada que ver con negocios.

—Necesitamos hablar —digo desde la puerta de su habitación, sin esperar invitación para entrar.

Adrián se gira desde el espejo donde estaba ajustando su camisa. Viste casual otra vez, jeans y suéter, nada como el Adrián corporativo que conozco. Incluso su postura es diferente. Menos rígida. Menos controlada.

—Victoria. Buenos días —dice, su tono cortés pero distante, como si fuera colega casual y no la mujer que ha compartido su cama durante cinco años.

—No me des buenos días como si fuera extraña —digo, cerrando la puerta detrás de mí—. Cuatro días, Adrián. Llevas cuatro días evitándome.

—No te estoy evitando. He estado... ocupado.

—Con ellos —digo, sin molestarme en hacer que suene como pregunta.

Él se congela por una fracción de segundo antes de recomponerse. Pero lo conozco demasiado bien. Ese micro-gesto me dice todo.

—¿Cómo...?

—¿Cómo sé? —termino la pregunta por él—. Por favor, Adrián. Te conozco. Desapareces exactamente a las diez cada mañana. Regresas a mediodía con esa expresión en tu rostro. Y anoche, cuando pensaste que estaba dormida, te escuché hablando por teléfono sobre 'mañana llevarlos al museo'.

Veo cómo procesa que lo estuve espiando, que escuché conversaciones privadas. Pero no se ve culpable. Se ve... resignado.

—Iba a decirte —dice finalmente.

—¿Cuándo? ¿Después de regresar a Nueva York? ¿Después de que ya no pudieras esconderlo?

—No estoy escondiendo nada.

—¡Entonces dime! —Mi voz sube a pesar de mis intentos de controlarla—. Dime qué diablos está pasando. Porque llegamos a Milán como socios y de repente estás... estás en otro planeta.

Adrián suspira profundamente, pasándose la mano por el cabello en gesto que reconozco como estrés extremo. Camina hacia la ventana de su suite, mirando las calles de Milán abajo, evitando mi mirada.

—Encontré a mis hijos —dice finalmente, las palabras cayendo como bombas en el silencio de la habitación.

El mundo se detiene.

Sé de los bebés, por supuesto. Todos en el círculo cercano de Adrián sabemos la historia. La esposa muerta. Los bebés de madre sustituta que desaparecieron. La búsqueda fallida. El dolor que lo consumió durante meses después de la muerte de Claudia.

Pero eso fue hace cinco años. Hace cinco años que esos bebés dejaron de ser realidad presente y se convirtieron en fantasmas del pasado.

Hasta ahora.

—¿Qué? —La palabra apenas sale como susurro.

—Los bebés que Claudia y yo... los que la madre sustituta se llevó hace cinco años. Están aquí. En Milán. En este hotel.

Mi cerebro lucha por procesar la información.

—¿Cómo es posible?

—La madre sustituta —continúa Adrián, todavía sin mirarme—. Se llamaba Lucía Navas. Resultó ser hija de Alessandro De Rossi. Cambió su identidad, se convirtió en Lola De Rossi. Los crió en Sicilia durante cinco años.

Lola De Rossi. El nombre me golpea con reconocimiento inmediato. La mujer del panel. La ejecutiva misteriosa que Adrián mencionó vagamente, la que noté mirándolo durante el cóctel con intensidad que me puso incómoda.

—La heredera siciliana —digo, conectando piezas que no quiero conectar—. La del foro.

—Sí.

—¿Y los niños? ¿Dónde están?

—Con ella. Obviamente. Es su madre en todas las formas que importan.

La forma en que dice "su madre" me golpea. Hay respeto en su voz. Algo más también. Algo que me pone los nervios de punta.

—¿Su madre? —repito—. Adrián, ella era una empleada contratada. Una madre sustituta. No su madre real.

—Fue quien los parió —dice, girándose finalmente para mirarme—. Quien los alimentó cuando eran bebés prematuros luchando por sobrevivir. Quien se levantó con ellos cada noche durante cinco años. Quien los crio, los educó, los amó cuando yo no pude. Así que sí, Victoria, es su madre.




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