Los Trillizos Del Ceo

Capítulo 37— La semana de visitas

POV ADRIÁN

Durante seis días he llegado al jardín del hotel a las diez en punto, mi corazón latiendo irregular, mis manos sudando ligeramente a pesar del aire fresco de octubre en Milán. Durante seis días he pasado dos horas con tres niños que comparten mi ADN pero que me miraban inicialmente como extraño curioso, luego como conocido interesante, y ahora... ahora me miran como algo más.

Hoy, cuando llego al jardín cinco minutos antes de las diez porque ya no puedo esperar esos últimos minutos en mi habitación, Lorenzo corre hacia mí apenas me ve.

—¡Papá Adrián! —grita, y el título que usó tímidamente el primer día ahora sale con facilidad natural—. ¡Mira lo que encontré!

Me muestra una piedra que probablemente recogió del sendero de grava, sosteniéndola como si fuera tesoro invaluable. Me arrodillo a su nivel, tomando la piedra con seriedad apropiada.

—Es perfecta —digo, examinándola—. ¿Para tu colección?

—Sí. Ya tengo diecisiete. Leonardo dice que no es científicamente importante coleccionar piedras ordinarias, pero a mí me gustan.

—A mí también me gustan —digo, devolviéndole la piedra—. Cuando tenía tu edad, tenía colección de piedras también.

Los ojos de Lorenzo se iluminan.

—¿En serio? ¿Todavía las tienes?

—Probablemente están en alguna caja en el ático de mi madre. Podríamos buscarlas algún día.

La promesa de "algún día" sale naturalmente, sin pensarlo. Pero implica futuro. Implica más que estos siete días robados en Milán. Implica algo que Lola y yo todavía no hemos discutido: qué pasa después.

Lola está sentada en la mesa usual bajo el olivo, observándome con esa expresión guardada que ha mantenido toda la semana. Leonardo está a su lado, leyendo como siempre. Loretta practica piruetas en el pasto, su vestido girando alrededor de sus piernas.

—Buenos días —digo, acercándome a la mesa, Lorenzo todavía sosteniendo mi mano.

—Buenos días —responde Lola, su tono neutral, profesional, como siempre.

Durante seis días hemos mantenido esta cortesía cuidadosa. Ella supervisa, yo interactúo con los niños. Hablamos solo cuando es necesario para coordinación logística. No hemos tenido conversación real desde esa primera confrontación en la terraza.

Pero hoy es el último día de nuestra semana acordada. Y necesitamos hablar sobre qué sigue.

—Leonardo —digo, sentándome frente a él—. ¿Qué estás leyendo hoy?

Levanta su libro, mostrándome un tomo sobre geología que parece demasiado avanzado para un niño de cinco años.

—Sobre formación de montañas. ¿Sabías que los Alpes todavía están creciendo?

—No sabía. ¿Cuánto?

—Aproximadamente un milímetro por año. Es proceso llamado orogénesis.

Lola sonríe ligeramente, orgullo maternal que no puede esconder completamente.

—Leo lee tres grados por encima de su nivel —dice, primera cosa personal que me ha dicho en días.

—Claramente —respondo, impresionado—. ¿De dónde sacó esa pasión por aprender?

Algo cruza el rostro de Lola, algo que se parece a dolor antes de que lo esconda.

—No lo sé. Simplemente... siempre ha sido así.

Hay historia ahí, algo sobre genética y paternidad que ninguno de los dos sabe cómo navegar. Porque Leonardo se parece a mí en formas que van más allá de lo físico. Esa necesidad de entender, de clasificar, de darle sentido lógico al mundo.

—¿Podemos ir al lago hoy? —pregunta Loretta, interrumpiendo el momento tenso—. Dijiste que tal vez podríamos.

He estado llevándolos a diferentes lugares cada día. Museo de ciencias. Parque con botes de remo. Gelatería donde probaron quince sabores antes de decidir. Cada día construyendo memorias que espero compensen parcialmente cinco años perdidos.

—Si tu mamá está de acuerdo —digo, mirando a Lola.

Ella duda, como siempre duda cuando sugiero algo nuevo. Evaluando riesgos, calculando peligros que yo no veo.

—El lago está lejos —dice finalmente—. Y tenemos que empacar esta tarde. Nuestro vuelo a Sicilia sale mañana temprano.

Las palabras caen como yunque. Mañana. Se van mañana. Y todavía no hemos discutido siguientes pasos.

—Entonces hoy deberíamos hacer algo especial —digo, intentando mantener mi voz ligera a pesar del pánico creciendo en mi pecho—. Algo que recuerden.

Lola me estudia con esos ojos que ven demasiado.

—Media hora en el lago —concede finalmente—. Pero después necesito hablar contigo. A solas.

—Por supuesto.

Vamos al lago, los cuatro niños corriendo adelante, Carla siguiéndolos como siempre, Lola y yo caminando detrás en silencio incómodo. Hay vendedores de palomas, artistas callejeros, turistas tomando selfies con el Duomo de fondo.

Lorenzo convence a Lola de comprar comida para palomas. Pronto está rodeado de pájaros, riendo histéricamente mientras intentan comer de su mano. Leonardo observa con fascinación científica, haciendo comentarios sobre "comportamiento de alimentación oportunista". Loretta persigue palomas que no quieren ser perseguidas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.