POV ADRIÁN
El teléfono suena a las seis de la mañana, despertándome de un sueño inquieto lleno de fragmentos de conversaciones no terminadas con Lola. Contesto sin mirar la pantalla, asumiendo que es alguna emergencia corporativa.
—¿Diga?
—Adrián, cariño. Acabo de aterrizar en Milán.
Me siento bruscamente en la cama, completamente despierto.
—¿Mamá? ¿Qué estás haciendo en Milán?
—¿Qué crees que estoy haciendo? —dice Helena Valcor con ese tono que indica que la pregunta es ridícula—. Vine a conocer a mis nietos.
Mi sangre se hiela.
—¿Cómo...?
—¿Cómo me enteré? Por favor, Adrián. Tengo ojos en todas partes. ¿Realmente pensaste que podrías pasar una semana desapareciendo con tres niños en Milán sin que yo me enterara?
Maldición. Debí haber sabido. Helena tiene red de contactos que haría envidia a la CIA. Alguien en el hotel, alguien del foro, alguien vio algo y reportó.
—Mamá, esto es complicado...
—Todo es complicado contigo, cariño. Pero estos son mis nietos. Los nietos que Claudia quería desesperadamente. Y voy a conocerlos. Estoy en el lobby del hotel. Habitación 2847. Estaré esperando.
Cuelga antes de que pueda protestar.
Me quedo sentado en la cama, procesando. Helena está aquí. En Milán. Exigiendo conocer a los niños. Y Lola... Lola ya estaba tensa conmigo después del encuentro con Victoria ayer. Ahora mi madre aparece sin avisar.
Esto va a ser un desastre.
Me visto rápidamente, bajo al lobby. Helena está en uno de los sillones de terciopelo, perfectamente arreglada como siempre a pesar del vuelo nocturno desde Nueva York. Traje Chanel, perlas, cabello plateado impecablemente peinado. A sus sesenta y cinco años, sigue siendo mujer que comanda atención en cualquier habitación.
—Mamá —digo, besando su mejilla—. Esto no es buena idea.
—Tonterías. ¿Cuándo puedo verlos?
—Están a punto de irse. Su vuelo a Sicilia sale en unas horas.
—Entonces mejor apresurarnos. ¿En qué habitación están?
—No puedo simplemente aparecer con mi madre sin avisar a Lola primero.
—¿Lola? —repite Helena, el nombre saliendo con curiosidad—. La madre sustituta.
—La madre de mis hijos —corrijo—. Y necesita ser tratada con respeto.
Helena me estudia con esos ojos que siempre ven demasiado.
—Interesante. Estás defendiéndola.
—Porque merece ser defendida. Crió a esos niños durante cinco años cuando yo no pude.
—Porque te los escondió durante cinco años —corrige Helena.
—Porque yo los rechacé —digo firmemente—. Esto fue mi culpa, mamá. No de ella.
Helena se recuesta en su silla, evaluándome.
—Está bien. Llámala entonces. Pídele permiso. Pero voy a conocer a mis nietos hoy, Adrián. De una forma u otra.
Saco mi teléfono, marcando el número de Lola. Contesta al cuarto timbre, su voz ronca de sueño.
—¿Adrián? ¿Qué pasa? ¿Estás bien?
—Estoy bien. Pero... mi madre está aquí. En Milán. Quiere conocer a los niños.
Silencio absoluto.
—¿Tu madre? ¿Cómo supo...?
—Es complicado. Pero está aquí. Y no se va a ir sin conocerlos.
Más silencio. Puedo escuchar su cerebro trabajando, calculando, decidiendo.
—Los niños todavía están durmiendo —dice finalmente—. Tenemos que estar en el aeropuerto en dos horas.
—Lo sé. Pero si pudieras darle aunque sea media hora...
—¿Por qué debería? —pregunta, y hay filo en su voz—. Primero apareció tu... socia ayer. Ahora tu madre hoy. ¿Cuántas personas más van a aparecer exigiendo acceso a mis hijos?
—Son nuestros hijos —digo, sabiendo que es argumento peligroso pero necesario.
—Tú renunciaste a ese derecho hace cinco años.
—Y estoy tratando de recuperarlo ahora. Lola, por favor. Es mi madre. Es su abuela. Merece conocerlos.
Escucho a Lola suspirar profundamente.
—Media hora. En el jardín. Pero Adrián, después de esto, tú y yo vamos a tener conversación muy seria sobre límites.
—Entendido. Gracias.
Cuelga.
—Jardín en treinta minutos —le digo a Helena—. Y por favor, sé amable con Lola.
—Siempre soy amable —dice Helena, pero su sonrisa sugiere que su definición de "amable" es flexible.
Treinta minutos después, estamos en el jardín. Helena eligió mesa diferente a nuestra usual, algo más visible, más formal. Está nerviosa, aunque nunca lo admitiría. Sus manos se mueven constantemente, alisando su falda, ajustando sus perlas.
—¿Y si no les gusto? —pregunta de repente, mostrando vulnerabilidad rara.
—Les vas a encantar —aseguro, aunque honestamente no tengo idea.