Los Trillizos Del Ceo

Capítulo 39— La propuesta

Narrador.

El aeropuerto de Milán está lleno de viajeros arrastrando maletas, familias despidiéndose, anuncios en tres idiomas resonando por los altavoces. Lola guía a sus tres hijos a través de la multitud, Carla ayudando con el equipaje, ambas mujeres enfocadas en llegar a su puerta de embarque con tiempo suficiente.

Lorenzo camina sosteniendo la mano de Lola, arrastrando los pies, claramente no queriendo irse. Leonardo lee mientras camina, un talento peligroso en aeropuerto lleno. Loretta está inusualmente callada, su pequeña mochila de princesas colgando de sus hombros.

—Mami —dice Lorenzo de repente—. ¿Cuándo vamos a ver a papá Adrián otra vez?

La pregunta que Lola ha estado temiendo toda la mañana.

—No lo sé, tesoro.

—¿Pronto?

—Tal vez.

—¿Pero cuándo es 'tal vez'? —insiste Lorenzo—. ¿La próxima semana? ¿El próximo mes?

—Lorenzo, no lo sé. Es complicado.

—¿Por qué es complicado? —pregunta Loretta, finalmente hablando—. A mí me gusta papá Adrián. Es divertido. Y nos prometió llevarnos a navegar.

—Y a mí me prometió mostrarme su telescopio —agrega Leonardo sin levantar la vista de su libro—. Dice que tiene uno en su casa en Nueva York que puede ver los anillos de Saturno.

Cada promesa que Adrián hizo durante la semana pasada es daga en el corazón de Lola. Porque son promesas que requieren futuro, continuidad, relación que ella no sabe cómo facilitar.

—Niños, escuchen —dice, deteniéndose en medio del pasillo, arrodillándose para estar a su nivel—. Sé que les gusta pasar tiempo con su papá. Y eso es bueno. Pero él vive en Nueva York y nosotros vivimos en Sicilia. Eso hace las cosas difíciles.

—¿Entonces podemos vivir en Nueva York? —sugiere Lorenzo con lógica infantil simple.

—No podemos simplemente...

—¿O él puede vivir en Sicilia? —sugiere Loretta.

—Tampoco es tan simple...

—En realidad —interrumpe Leonardo, finalmente cerrando su libro—, estadísticamente, familias separadas geográficamente tienen cincuenta y ocho por ciento más probabilidad de...

—Leonardo, no ahora —dice Lola con más brusquedad de la que pretendía.

Los tres niños la miran con ojos heridos. Lola suspira, pasándose la mano por el cabello.

—Lo siento. No quise hablarles así. Es solo que... es complicado. Y necesito que confíen en que voy a encontrar la mejor solución.

—¿La mejor solución para quién? —pregunta Leonardo—. ¿Para ti o para nosotros?

La pregunta golpea duro. Porque Leonardo, con sus cinco años y su cerebro demasiado inteligente, acaba de verbalizar el miedo central de Lola: que está poniendo sus propias necesidades, sus propios miedos, por encima de lo que sus hijos realmente quieren.

—Para todos —dice finalmente—. Para todos nosotros.

—¡Lola!

La voz viene de atrás. Lola se gira, su corazón hundiéndose.

Adrián corre hacia ellos, esquivando maletas y pasajeros, completamente sin aliento. Viste casual todavía, como si hubiera salido corriendo de su habitación sin pensar en su apariencia.

—Adrián —dice Lola, levantándose—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Necesitaba... necesitaba verte antes de que te fueras.

Los tres niños inmediatamente corren hacia él. Adrián los abraza, los tres tratando de hablar simultáneamente sobre el vuelo, sobre extrañarlo, sobre promesas que hizo.

Lola mira a Carla, quien levanta sus cejas en gesto que claramente dice "esto va a ser interesante".

—Niños —dice Carla—. Vamos a buscar algo de tomar. Denle a su mamá y a su papá un minuto para hablar.

—Pero...

—Ahora, Lorenzo. Vamos.

Carla logra guiarlos hacia una cafetería cercana, lo suficientemente lejos para privacidad pero lo suficientemente cerca para supervisar. Lola y Adrián se quedan solos en medio del pasillo del aeropuerto.

—No podía dejarte ir así —dice Adrián—. No sin hablar. Sin... sin proponerle algo.

—Adrián, mi vuelo sale en menos de una hora...

—Lo sé. Por eso vine ahora. Porque si no lo digo ahora, nunca lo diré.

Lola cruza sus brazos, postura defensiva que ha perfeccionado.

—¿Decir qué?

—Ven a vivir a Nueva York.

El mundo se detiene.

—¿Qué?

—Tú y los niños. Vengan a Nueva York. Por seis meses. Solo seis meses para probar. Puedes trabajar remotamente para De Rossi. Yo tengo mansión con espacio más que suficiente. Habitaciones separadas, obviamente. No estoy sugiriendo... no es eso. Solo... dame oportunidad de ser padre real para ellos. No visitas ocasionales. Presencia diaria.

Lola lo mira como si le hubiera crecido segunda cabeza.

—¿Estás loco?

—Probablemente. Pero también estoy desesperado. Pasé una semana con ellos y ya no puedo imaginar regresar a vida sin verlos todos los días. Y ellos... Lola, están pidiendo verme. Lo escuchaste. Quieren más tiempo.




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