POV ALESSANDRO
El teléfono suena a las once y media de la noche. Normalmente estaría dormido a esta hora, pero después de la llamada con Lola hace veinte minutos, el sueño es imposible. He estado sentado en mi estudio, mirando las fotos enmarcadas de mis nietos en el escritorio, procesando el hecho de que en cuestión de días se irán al otro lado del mundo.
Seis meses.
Mi hija y mis nietos estarán en Nueva York durante seis meses.
La casa va a sentirse vacía de formas que no he experimentado desde que Isabella finalmente se fue después del divorcio.
Miro la pantalla del teléfono. Número desconocido con código de área de Estados Unidos. Normalmente no contesto números desconocidos a esta hora, pero algo me dice que debería.
—Pronto —contesto en italiano, olvidando momentáneamente usar inglés.
—¿Señor De Rossi? —La voz es femenina, madura, con acento estadounidense elegante—. Disculpe la hora. Soy Helena Valcor. La madre de Adrián.
Me siento más derecho en mi silla, sorprendido.
—Señora Valcor. No esperaba su llamada.
—Por favor, llámame Helena. Y siento llamar tan tarde. Sé que en Italia debe ser... ¿medianoche?
—Casi. Pero no estaba durmiendo. De hecho, acabo de hablar con mi hija.
—Sobre la propuesta de Adrián —dice, y no es pregunta.
—Sí. ¿Cómo supo...?
—Mi hijo me llamó hace una hora, emocionado como no lo he escuchado en años. Al parecer, Lola aceptó. Van a venir a Nueva York.
—Así es —confirmo, todavía procesando por qué esta mujer me está llamando.
Hay pausa breve del otro lado.
—Señor De Rossi... Alessandro, si puedo llamarte así. Necesitaba hablar con el único otro adulto en esta situación que entiende exactamente lo que está en juego.
—¿Y qué está en juego?
—Tres niños que merecen lo mejor. Dos adultos que apenas se conocen y que están a punto de vivir juntos. Y dos familias que van a tener que aprender a compartir.
Sus palabras resuenan con verdades que he estado evitando pensar.
—Continúa —digo, intrigado a pesar de mí mismo.
—Conocí a los niños esta mañana. Brevemente. Son absolutamente extraordinarios, Alessandro. Tu hija hizo trabajo increíble criándolos.
El cumplido me toma desprevenido. Esperaba... no sé qué esperaba. ¿Hostilidad tal vez? ¿Acusaciones? No esto.
—Gracias. Lola es madre excepcional.
—Lo es. Pero también vi algo más. Vi tres niños que se iluminaron completamente cuando vieron a mi hijo. Lorenzo prácticamente corrió hacia él. Y la forma en que miran a Adrián... Alessandro, lo necesitan. Tanto como lo necesitan a ella.
—Lo sé —admito, las palabras saliendo más pesadas de lo que esperaba—. Por eso le dije que fuera. Aunque significa que esta casa va a estar terriblemente vacía.
—¿Vives solo ahora?
—Desde que me divorcié de mi segunda esposa, sí. Isabella y yo... no fue matrimonio feliz. Y después de que se fue, es solo yo y mi trabajo. Y las visitas de Lola y los niños, por supuesto.
—Yo también vivo sola —dice Helena—. Desde que mi esposo murió hace ocho años. Adrián visita ocasionalmente, pero tiene su propia vida. Y después de que Claudia murió... bueno, la casa se siente aún más vacía sin la risa que ella traía.
Hay algo en su voz, una soledad que reconozco porque la siento también.
—Es difícil —digo simplemente—. Ser el único que quedó.
—Sí —concuerda suavemente—. Sí, lo es.
Nos quedamos en silencio por un momento, dos extraños en lados opuestos del mundo compartiendo verdad que probablemente no comparten con muchas personas.
—¿Por qué llamaste realmente, Helena? —pregunto finalmente.
Ella suspira.
—Porque estoy preocupada. Por todos ellos. Adrián está... está diferente desde que conoció a los niños. Más vivo. Pero también más vulnerable. Y no sé si está listo para lo que viene.
—¿Y qué viene?
—Vivir con una mujer que probablemente lo odia por lo que hizo hace cinco años. Criar niños que apenas conoce. Navegar co-paternidad con alguien que tiene todas las razones para no confiar en él.
—Lola no lo odia —digo, aunque no estoy completamente seguro de eso—. Pero sí desconfía. Y con razón.
—Lo sé. Mi hijo cometió error imperdonable. Pero está tratando de enmendarlo ahora. Y me pregunto si tu hija va a darle oportunidad real o si va a mantenerlo a distancia durante estos seis meses.
La pregunta es justa.
—Honestamente, no lo sé. Lola es... protectora. Especialmente con los niños. Construyó fortaleza alrededor de ellos durante cinco años. Dejarla entrar no va a ser fácil.
—¿Puedo preguntarte algo personal? —dice Helena después de momento.
—Adelante.
—¿Qué piensas de mi hijo? No como padre de tus nietos. Como hombre.