POV VICTORIA
Me quedo parada en la acera frente a la mansión Valcor, mi mansión durante los últimos cinco años, mirando las ventanas iluminadas del ala este. Puedo ver sombras moviéndose. Ella está ahí arriba, instalándose en MI espacio, reclamando MI lugar, robando MI vida.
Y Adrián la dejó echarme.
Mi teléfono vibra en mi bolso. Lo ignoro. Probablemente es mi asistente con alguna crisis corporativa que ahora mismo me importa absolutamente nada.
Todo lo que puedo pensar es en la forma en que Lola De Rossi me miró. Como si yo fuera la intrusa. Como si los últimos cinco años no significaran nada. Como si pudiera simplemente borrarme de la vida de Adrián con una orden fría.
"Sal de mi casa."
Como si fuera SU casa.
Como si tuviera algún derecho.
Camino por la calle, mis tacones haciendo eco en el silencio de Upper East Side al anochecer. No voy a casa todavía. No puedo. Necesito... necesito procesar esto. Necesito un plan.
Mi teléfono vibra otra vez. Esta vez miro.
Es mensaje de James, el mayordomo.
"Señorita Mendoza, el señor Valcor me pidió que le devolviera esto."
Foto adjunta. Mi llave de la mansión. La llave que he tenido durante cinco años. La que usaba para entrar cuando quería, para esperarlo después de reuniones largas, para actuar como si la casa fuera tanto mía como suya.
Me la quitó.
Después de cinco años, me quitó la llave.
Por ella.
Por esa mujer que lo conoce desde hace dos semanas.
Marco el número de James. Contesta al primer timbre.
—Señorita Mendoza.
—James —digo, manteniendo mi voz profesional, controlada—. ¿Puedes hablar?
—Un momento, por favor.
Escucho movimiento, puerta cerrándose.
—Estoy en la despensa. Tengo dos minutos.
James ha sido aliado silencioso durante años. No exactamente amigo, pero alguien que entiende cómo funcionan las cosas. Alguien que sabe que su lealtad debería ser a mí tanto como a Adrián.
—¿Qué está pasando ahí?
—Caos, francamente. Los niños corriendo por todas partes. La señorita De Rossi reclamando territorio. El señor Valcor intentando mediar. Carla, la amiga, mirando todo como si estuviera evaluando rutas de escape.
—¿Y ella? ¿Lola?
—Furiosa. Después de que usted se fue, escuché... palabras. Con el señor Valcor. Sobre límites. Sobre respeto. Sobre cómo usted nunca debió estar aquí.
—Yo VIVO ahí, James. Durante cinco años...
—Lo sé, señorita. Pero el señor Valcor fue muy claro. Usted ya no es... bienvenida sin invitación explícita. Y todas las invitaciones deben ser aprobadas por la señorita De Rossi.
Las palabras me golpean como bofetada física.
—¿Me está diciendo que necesito su PERMISO para ver a Adrián?
—En la casa, sí. En oficina, obviamente sigue siendo su socia. Pero aquí... las cosas cambiaron, señorita Mendoza.
—Porque ella lo dice.
—Porque él lo dice. Pero motivado por ella, sí.
Aprieto el teléfono con tanta fuerza que mis nudillos se ponen blancos.
—¿El personal? ¿A quién obedecen?
—Esa es pregunta complicada. El señor Valcor sigue siendo nuestro empleador. Pero la señorita De Rossi está estableciendo nuevas reglas. Nuevos horarios. Nuevas expectativas. Y el señor Valcor las está respaldando.
—¿Todas?
—Hasta ahora, sí.
—¿Qué hay de Sarah? —pregunto, refiriéndome al ama de llaves que he cultivado durante años—. ¿Y Marcus?
—Sarah está... adaptándose. Marcus también. Todos estamos en posición incómoda, señorita. Años sirviendo bajo un régimen, ahora tenemos otro. Y el señor Valcor espera transición perfecta.
—Eso es ridículo.
—Eso es realidad —dice James gentilmente—. Mire, señorita Mendoza, le tengo respeto. Ha sido buena con nosotros. Generosa. Pero estos son sus hijos. Ella es su madre. En jerarquía doméstica, eso supera historia que usted y el señor Valcor compartieron.
La palabra "compartieron" —pasado— me duele.
—¿Y qué hay de ti, James? ¿A quién eres leal?
Hay pausa larga.
—Soy leal a mi trabajo. A hacer lo que se me pide bien. Y ahora mismo, se me pide que sirva a familia. Los niños. La señorita De Rossi. El señor Valcor. En ese orden, aparentemente.
—No estoy en esa lista.
—No, señorita. No lo está.
La honestidad brutal me quita el aliento.
—Entiendo —logro decir—. Gracias por tu... claridad.
—Señorita Mendoza... lo siento. De verdad. Pero necesita saber cómo son las cosas ahora.