La primera reunión formal sucede a las seis de la mañana del segundo día, antes de que los niños despierten. Adrián aparece en la cocina donde Lola ya está preparando café, habiendo dormido tal vez dos horas entre el jet lag y la ansiedad de estar en territorio desconocido. Él viste traje completo, claramente listo para ir a la oficina, mientras ella está en pijama y bata que encontró colgada en el baño de su suite, probablemente dejada por alguna diseñadora de interiores que decoró el espacio pensando en huésped femenina perfecta que definitivamente no es ella.
—Necesitamos establecer reglas —dice Adrián sin preámbulos, sirviéndose café de la cafetera industrial que tiene en su cocina porque por supuesto que tiene cafetera industrial—. Parámetros claros para que esto funcione.
Lola lo mira sobre el borde de su taza, notando las ojeras bajo sus ojos que sugieren que él tampoco durmió mucho. Bien. Que sufra también.
—De acuerdo. Empecemos con lo obvio: tú te quedas en tu ala, yo me quedo en la mía. No hay razón para que nuestros caminos se crucen fuera de interacciones necesarias con los niños.
—Acordado. Aunque eventualmente los niños van a notar que básicamente vivimos como extraños en la misma casa.
—Somos extraños en la misma casa —responde Lola fríamente—. Y prefiero que lo noten a que piensen que somos algo que no somos.
Adrián aprieta su mandíbula pero asiente. Saca su teléfono, abriendo lo que parece ser documento compartido ya creado.
—Hice borrador de horario. Desayuno a las siete, juntos, aquí en la cocina. Yo llevo a los niños al colegio los lunes, miércoles y viernes. Tú los martes y jueves. Alternamos fines de semana para actividades. Los recojo de colegio los mismos días que los llevo. Cena juntos todas las noches a las seis y media, no negociable, es tiempo familiar. Rutina de dormir a las ocho, nos alternamos cada noche. ¿Comentarios?
Lola toma su teléfono, leyendo el documento que él le acaba de compartir. Es meticuloso, detallado, codificado por colores como si fuera proyecto corporativo. Porque para él probablemente lo es.
—Varias cosas. Primera: siete de la mañana es muy temprano para desayuno. Los niños están acostumbrados a siete y media. Segunda: yo manejo todas las decisiones sobre colegio hasta que confíe en tu criterio, lo cual no es ahora. Tercera: las cenas 'no negociables' son ridículas, habrá noches cuando tenga reuniones con Italia y no puedo estar presente a las seis y media hora de Nueva York. Cuarta: la rutina de dormir la manejo yo hasta que ellos específicamente pidan que tú participes.
—Entonces básicamente quieres rechazar todo lo que propuse —dice Adrián, frustración filtrando su voz.
—Quiero modificar tu plan unilateral para reflejar la realidad de que yo he estado criando a estos niños durante cinco años y tú durante dos semanas. No eres co-padre igual todavía, Adrián. Eres padre en entrenamiento. Actúa como tal.
El insulto aterriza como bofetada. Adrián deja su taza con suficiente fuerza para que el café salpique sobre el mármol pristino del mostrador.
—Vine a Nueva York para ser padre real, no observador ocasional que espera tu aprobación para cada interacción con mis propios hijos.
—Y yo vine a Nueva York contra mi mejor juicio porque mis hijos te quieren en sus vidas. No confundas acceso con autoridad. No has ganado autoridad todavía.
—¿Y cuánto tiempo tomará ganarla? ¿Seis meses? ¿Seis años? ¿O simplemente nunca seré suficientemente bueno en tu evaluación?
—Cuando dejes de actuar como CEO delegando tareas parentales y empieces a actuar como padre que entiende a sus hijos como individuos, entonces empezaremos a hablar de autoridad compartida.
Se miran a través de la cocina, tensión tan espesa que podría cortarse. James entra discretamente, evaluando la situación, y se retira igual de rápido. Incluso el personal sabe que están en medio de guerra fría.
—Está bien —dice Adrián finalmente, controlando su temperamento con esfuerzo visible—. Desayuno a las siete y media. Tú manejas decisiones de colegio por ahora, pero quiero estar informado de todo. Las cenas las hacemos seis días a la semana, tienes un día libre para tus reuniones italianas. La rutina de dormir la compartimos desde ahora, alternando noches, porque la única forma en que voy a ganar tu confianza es estando presente, y no puedes negarme eso.
Lola considera esto. Es compromiso razonable, aunque le duele admitirlo.
—Bien. Pero si arruinas una rutina de dormir, si los alteras o los haces sentir incómodos de cualquier forma, retomo control exclusivo.
—No los voy a alterar. Son mis hijos, Lola, no proyectos de negocios que puedo arruinar por incompetencia.
—Entonces demuéstralo.
Adrián actualiza el documento en su teléfono, los cambios apareciendo en tiempo real en el de ella. Continúan negociando detalles por la siguiente media hora: quién autoriza compras para los niños (ella, hasta cierto monto, luego consulta conjunta), quién maneja emergencias médicas (quien esté disponible, sin ego), quién decide sobre actividades extracurriculares (discusión conjunta, con veto si hay desacuerdo sobre seguridad), cómo manejan disciplina (enfoque unificado, sin socavar al otro frente a los niños incluso si no están de acuerdo).