POV ADRIÁN
La reunión con el equipo de adquisiciones acaba de terminar cuando Victoria entra a mi oficina sin tocar, cerrando la puerta detrás de ella con clic que suena demasiado fuerte en el silencio repentino. Mi asistente, Marcus, me lanza mirada de disculpa a través del vidrio antes de que Victoria cierre las persianas también, algo que nunca hace porque ambos sabemos que oficinas con puertas cerradas y persianas bajadas generan rumores que ninguno de nosotros necesita.
Excepto que ahora aparentemente sí necesita privacidad para lo que sea que viene.
—Victoria —digo, manteniendo mi voz neutral, profesional, tratándola como trataría a cualquier colega que interrumpe sin cita—. Tengo llamada con Tokio en diez minutos.
—Esto no tomará diez minutos —dice, cruzando los brazos sobre su pecho, postura defensiva que reconozco de nuestras pocas peleas reales durante los últimos cinco años—. Necesitamos hablar. De verdad hablar, no los intercambios de correos electrónicos educados que hemos estado teniendo.
—Sobre Mercato Global...
—No es sobre Mercato Global y lo sabes. Es sobre esta mañana. Sobre cómo me echaste de tu casa frente a tus hijos como si fuera intrusa cualquiera.
Me reclino en mi silla, pasándome la mano por el rostro. He estado esperando esta confrontación desde que Victoria salió de la mansión hace seis horas, sabía que era inevitable pero esperaba poder posponerla al menos hasta después de la llamada con Tokio.
—Victoria, apareciste a las siete de la mañana en pijama usando llave que se suponía habías devuelto. ¿Qué esperabas que pasara?
—Esperaba que recordaras que durante cinco años tuve acceso completo a tu vida. Esperaba algo de respeto por esa historia en lugar de ser tratada como acosadora.
—No te traté como acosadora. Te traté como alguien que cruzó límite muy claro que establecimos hace semanas.
—¡Límites que ella estableció! —explota Victoria, sus manos ahora apretadas en puños a sus costados—. Esa mujer llega hace tres semanas y de repente tengo que pedir permiso para ver al hombre con quien he trabajado, con quien he dormido, con quien he construido mi vida durante cinco años.
—No construiste tu vida alrededor de mí. Construiste tu carrera, que sigue intacta. Y no dormiste conmigo, Victoria. Nos acostamos ocasionalmente. Hay diferencia.
Veo cómo las palabras la golpean, cómo retrocede como si la hubiera abofeteado físicamente.
—¿Ocasionalmente? ¿Eso es lo que fueron cinco años para ti? ¿Encuentros ocasionales?
—Fueron lo que ambos acordamos que fueran. Compañía. Consuelo mutuo. Nunca prometí más que eso.
—No tuviste que prometerlo. Lo mostrabas. En cómo me mirabas. En cómo confiabas en mí con decisiones importantes. En cómo pasábamos casi todas las noches juntos.
—Porque era conveniente. Para ambos. Y lo disfrutamos, no lo niego. Pero nunca fue amor, Victoria. Y ambos lo sabíamos.
Ella camina hacia mi escritorio, plantando sus manos sobre la superficie de caoba, inclinándose hacia mí con intensidad que hace que el aire se sienta cargado, peligroso.
—¿Y ahora? ¿Ahora qué es? Porque no me has tocado en semanas, Adrián. Ni siquiera me has mirado de esa forma desde que regresaste de Milán. Desde que encontraste a tus hijos. Desde que ella apareció en tu vida.
—Tengo hijos ahora. Todo cambió.
—Bullshit. Los niños no te impiden follar. Los niños cambian logística, no deseo. Así que no me digas que es sobre los niños cuando ambos sabemos que no lo es.
Me levanto de mi silla, necesitando espacio, caminando hacia las ventanas que dan a Manhattan. Desde aquí puedo ver edificios extendiéndose hasta el horizonte, imperio que construí con determinación despiadada y sacrificios que Victoria conoce mejor que nadie.
—Es sobre los niños —insisto, aunque las palabras suenan huecas incluso para mí—. Es sobre crear ambiente estable para ellos. Es sobre no confundirlos con relaciones adultas que no pueden entender.
—O es que ahora deseas a la madre de tus hijos —dice Victoria, su voz bajando a algo casi peligroso—. Y no puedes follarme a mí mientras piensas en ella.
Me giro bruscamente, listo para negarlo, para decirle que está loca, que Lola no significa nada más allá de ser co-padre de mis hijos. Pero las palabras mueren en mi garganta porque no puedo decirlas con convicción. No cuando he pasado las últimas tres semanas conscientes de cada vez que Lola entra a una habitación. No cuando sueño con ella más noches de las que admitiría. No cuando verla con los niños hace algo complicado a mi pecho que no tiene nada que ver con co-paternidad y todo que ver con cómo la luz del sol atrapa su cabello cuando ríe con Lorenzo o cómo sus ojos se suavizan cuando Leonardo le explica algo sobre astronomía.
Mi silencio es respuesta.
Victoria ríe, pero es sonido amargo, roto.
—Dios mío. Ni siquiera puedes negarlo. Estás enamorándote de ella.
—No estoy...
—Sí lo estás. O al menos quieres estar. Y eso es lo que realmente cambió, ¿verdad? No los niños. Ella. La forma en que la miras cuando piensas que nadie nota. La forma en que dices su nombre, como si fuera algo precioso. La forma en que te pones tenso cada vez que menciono su nombre porque odias que tenga ese poder sobre ti.