Los Trillizos Del Ceo

Capítulo 47— Visita Alessandro

POV ALESSANDRO

El vuelo desde Palermo fue largo, incómodo y completamente necesario. He hablado con Lola por teléfono cada dos días durante las últimas tres semanas, y en cada conversación escucho tensión creciente en su voz que no puede esconder completamente de mí. Así que, a pesar de haber acordado esperar hasta Acción de Gracias para visitar, hice mis maletas, dejé a Matteo manejando las operaciones de De Rossi, y tomé el primer vuelo disponible a Nueva York. Si mi hija necesita apoyo, voy a estar ahí, invitado oficialmente o no.

El taxi me deja frente a mansión que es exactamente tan intimidante como Lola describió. Cinco pisos de riqueza ostentosa en vecindario donde cada casa probablemente cuesta más que pequeño país. Subo escaleras de mármol, toco la puerta masiva de roble, y espero, mi maleta a mis pies, jet lag presionando detrás de mis ojos.

Un mayordomo abre, tipo mayor con postura militar y expresión que ha perfeccionado el arte de ser cortésmente inexpresivo.

—¿Puedo ayudarlo?

—Alessandro De Rossi. Para ver a mi hija, Lola, y mis nietos.

Su expresión cambia inmediatamente, algo parecido a alivio cruzando su rostro.

—Señor De Rossi, por supuesto. La señorita Lola mencionó que podría visitar, aunque no esperábamos... es decir, no había fecha específica. Por favor, entre. Soy James.

Me guía a vestíbulo que es museo de buen gusto caro, todo mármol y candelabros y arte que probablemente requiere seguro especializado. Puedo escuchar voces arriba, risas de niños, y mi corazón se expande porque he extrañado esos sonidos más de lo que admití incluso a mí mismo.

—Los niños están en sala de juegos con la señorita Carla. La señorita Lola está en su oficina en llamada con Milán. El señor Valcor está en su oficina del primer piso. ¿A quién le gustaría ver primero?

—Los niños, si es posible.

James asiente, indicándome que lo siga. Subimos escaleras elegantes, pasamos por pasillo con alfombras persas, y llegamos a lo que claramente solía ser espacio completamente diferente pero ahora es paraíso infantil. Las paredes están pintadas en colores brillantes, hay juguetes organizados en estantes, área de lectura con cojines gigantes, y tres niños que gritan "NONNO!" simultáneamente cuando me ven.

Me abruman con abrazos, todos tratando de hablar al mismo tiempo, sus voces mezclándose en italiano e inglés mientras me cuentan sobre escuela nueva, sobre amigos que hicieron, sobre cómo papá Adrián les mostró planetario, sobre cómo mami todavía se levanta temprano para videollamadas con Italia y se ve cansada todo el tiempo.

Esa última parte me preocupa, pero la guardo para discutir con Lola después.

Carla aparece, sonriendo ampliamente, abrazándome como familia que se ha vuelto durante años de vivir en nuestra casa.

—Alessandro, qué sorpresa. ¿Lola sabe que estás aquí?

—No. Quise sorprenderla.

—Oh, ella va a...bueno, probablemente va a regañarte por no avisar, pero secretamente va a estar feliz. Ha estado... ha sido difícil. Más difícil de lo que admite.

—¿Cómo de difícil?

Carla mira a los niños, quienes han vuelto a sus juegos ahora que la emoción inicial de mi llegada pasó.

—Ella y Adrián son civilizados. Demasiado civilizados. Todo es negociación y horarios y evitar temas reales. Y hay mujer, Victoria, que sigue apareciendo de formas que claramente no son bienvenidas. Y Lola trabaja demasiado, duerme muy poco, y finge que todo está bajo control cuando obviamente no lo está.

Exactamente lo que temía.

—¿Dónde está su oficina?

—Segundo piso, convirtieron la biblioteca. Puerta con dos toques. Pero tiene reunión ahora...

—Dos toques significan que puedo entrar con emergencia, ¿verdad? Creo que su padre apareciendo sin avisar califica.

Carla ríe.

—Puerta al final del pasillo. Buena suerte.

Encuentro la biblioteca convertida en oficina, puerta cerrada. Escucho voz de Lola dentro, hablando en italiano rápido sobre exportaciones y números de ventas. Toco una vez, pausa, toco otra vez.

—Un momento —dice Lola en italiano, luego escucho—: Disculpen, tengo situación familiar. ¿Podemos continuar esto en quince minutos?

La puerta se abre segundos después. Lola está ahí, vestida profesionalmente, pero con cabello saliendo de su moño, ojeras bajo sus ojos que el maquillaje no esconde completamente. Me ve y su expresión atraviesa sorpresa, confusión, y finalmente algo que se parece a alivio.

—Papà? ¿Qué estás haciendo aquí?

—Visitando a mi hija. ¿Necesito razón más específica?

—Pero no dijiste... no avisaste...

—Las mejores visitas son sorpresas.

Ella hace sonido entre risa y sollozo, lanzándose a mis brazos de forma que no ha hecho desde que era niña pequeña. La sostengo, sintiendo cómo tiembla ligeramente, manteniendo control por fuerza de voluntad pura.

—Está mal, ¿verdad? —susurro contra su cabello.

—Esto... es complicado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.