POV LOLA
El despertador suena a las seis de la mañana y ya estoy despierta, mirando el techo de mi habitación ridículamente lujosa, mentalmente repasando la lista de todo lo que necesita pasar en las próximas dos horas para que tres niños de cinco años lleguen al colegio a tiempo, vestidos apropiadamente, alimentados, con mochilas correctas y sin crisis emocionales. Es lunes de la tercera semana de colegio y todavía no hemos logrado mañana perfecta. Algunas han sido desastres completos, otras casi funcionales, ninguna sin al menos un momento de caos absoluto.
Me levanto, me pongo bata, bajo a la cocina donde ya encuentro a Adrián preparando café. Él siempre llega primero, vestido impecablemente en traje que probablemente eligió la noche anterior, cabello ya perfectamente peinado, viéndose como si hubiera dormido ocho horas cuando sé que probablemente fueron cinco como máximo. Vivir en la misma casa me ha dado acceso involuntario a sus patrones: escucho cuando su ducha corre a las cinco y media, cuando camina por el pasillo revisando su teléfono, cuando baja exactamente a las seis y quince.
—Buenos días —dice sin levantar la vista de su teléfono donde está leyendo algo que hace que frunza el ceño.
—Buenos días. ¿Problema?
—Fusión de Tokio complicándose. Nada que no pueda manejarse. ¿Café?
—Por favor.
Me sirve taza, recordando exactamente cómo lo tomo: negro, dos de azúcar, aunque nunca discutimos esto explícitamente. Simplemente lo observó durante suficientes desayunos para memorizarlo, de la misma forma que yo ahora sé que él toma el suyo con crema hasta que está color caramelo claro, sin azúcar, en taza específica que tiene logo de Valcor Industries.
Nos sentamos en la isla de la cocina, revisando nuestros teléfonos en silencio que se ha vuelto rutina curiosamente cómoda. No es hostil. Solo es... coexistencia. Hasta que escuchamos el primer grito desde arriba.
—¡LORENZO TIENE MI CEPILLO!
—¡NO ES TUYO, ES MÍO!
—¡MAMIIIII!
Adrián y yo intercambiamos mirada que comunica: "Aquí vamos."
Subimos escaleras simultáneamente, llegando al pasillo donde Lorenzo y Loretta están en batalla campal sobre cepillo de pelo que, honestamente, parece idéntico a otros cinco cepillos que tienen. Leonardo está parado a un lado, observando con fascinación científica, probablemente tomando notas mentales sobre comportamiento fraternal.
—Es MI cepillo —insiste Loretta, tratando de arrancarlo de las manos de Lorenzo—. Tiene purpurina rosa.
—El mío también tiene purpurina rosa —dice Lorenzo—. ¡Son iguales porque los compramos juntos!
—Suficiente —digo, usando voz de madre que corta a través del caos—. Lorenzo, suelta el cepillo. Loretta, ve a tu habitación. Ambos van a usar sus PROPIOS cepillos que están en sus PROPIOS baños.
—Pero...
—Ahora.
Se separan con cara de mártires, arrastrando pies hacia sus respectivas habitaciones. Leonardo me mira.
—Estadísticamente, pelean sobre posesiones materiales treinta y dos por ciento más cuando están cansados. Probablemente deberían dormir más temprano.
—Gracias por el análisis, Leo. Ve a vestirte.
Una crisis evitada. Solo faltan aproximadamente ocho más antes de llegar al colegio.
Bajo a preparar desayuno mientras Adrián supervisa que los niños realmente se vistan y no se distraigan con juguetes o libros o, en el caso de Loretta, practicando piruetas cuando debería estar poniéndose calcetines. Escucho su voz arriba, paciente pero firme, recordándoles que tienen tiempo limitado.
Estoy haciendo huevos revueltos, tostadas y fruta cuando Adrián baja con Loretta, quien está vestida pero con cabello completamente descontrolado, parado en todas direcciones como si hubiera peleado con tomacorriente.
—No pude hacer que se quedara quieta suficiente tiempo para peinarlo —admite Adrián con frustración que reconozco de alguien que acaba de perder batalla con niña de cinco años—. Dice que solo tú sabes hacerlo sin jalar.
—Porque tengo práctica —digo, apagando la estufa—. Ven aquí, Loretta.
Loretta se acerca, trepando al banco junto a la isla. Tomo el cepillo que Adrián me pasa, empiezo a trabajar gentilmente a través de los nudos, comenzando desde las puntas como aprendí hace años.
—Podrías enseñarme —dice Adrián inesperadamente—. Cómo lo haces sin que se queje.
Lo miro, sorprendida por la solicitud.
—Es solo técnica. Empiezas desde abajo, trabajas hacia arriba, sostienes el cabello arriba del cepillo para que no jale el cuero cabelludo.
—Muéstrame.
Me congelo, dándome cuenta de que tendría que guiar físicamente sus manos, lo cual requeriría tocarlo, estar cerca de él de formas que evito cuidadosamente.
—Adrián...
—Por favor. Quiero poder hacer esto. Para las mañanas cuando tú tienes reuniones temprano.
Es argumento razonable. Práctico. Y la sinceridad en su voz hace difícil negarme.
—Está bien. Ven aquí.