Los Trillizos Del Ceo

Capítulo 58— El hijo enfermo

POV LOLA

Me despierto con el sonido de Lorenzo llorando. No es llanto normal de niño que tuvo pesadilla o que quiere agua. Es llanto de dolor, el tipo que hace que cada instinto maternal en mi cuerpo se active inmediatamente. Miro el reloj en mi mesa de noche: tres y cuarto de la mañana. Me levanto tan rápido que casi tropiezo con las sábanas enredadas en mis piernas y corro por el pasillo hacia su habitación.

Cuando abro la puerta lo encuentro acurrucado en su cama, su cuerpo temblando bajo las cobijas. Me acerco y pongo mi mano en su frente. Está ardiendo. Dios, está ardiendo como fuego.

"Mami," solloza cuando me ve. "Me duele todo. Me duele mucho."

"Lo sé, mi amor. Lo sé." Lo cargo aunque es pesado ahora, ya no el bebé que solía cargar por horas. Su piel está tan caliente contra la mía que me asusta. "¿Desde cuándo te sientes así?"

"Me desperté y todo estaba malo. Me duele la cabeza y la garganta y tengo mucho frío pero también mucho calor."

Camino con él hacia el baño conectado a su habitación, buscando el termómetro que guardo en el botiquín. Mis manos tiemblan mientras lo prendo y lo pongo bajo su lengua. Esperamos los treinta segundos más largos de mi vida. Cuando suena, miro la pantalla y mi estómago se cae.

Treinta y nueve punto cinco grados Celsius. Eso es ciento tres Fahrenheit. Demasiado alto. Peligrosamente alto.

"Está bien, cariño. Vamos a bajarte la fiebre." Trato de mantener mi voz calmada aunque por dentro estoy en pánico absoluto. "Necesito darte medicina."

Busco el ibuprofeno líquido que siempre tengo para emergencias como esta, mido la dosis correcta para su peso, se lo doy. Él lo toma sin quejarse, lo cual me asusta más porque Lorenzo siempre se queja de la medicina. Que no esté peleando conmigo significa que realmente se siente terrible.

"Mami, ¿me voy a morir?" pregunta con voz tan pequeña que me rompe el corazón.

"No, mi amor. Por supuesto que no. Solo tienes fiebre. La medicina va a ayudar." Lo llevo de regreso a su cama pero cuando trato de acostarlo se aferra a mí. "Lorenzo, necesitas descansar."

"No quiero estar solo. Por favor no me dejes solo."

Me siento en el borde de su cama con él todavía en mis brazos. Es incómodo, mi espalda ya protestando por la posición, pero no me importa. Nada importa excepto que él se sienta seguro. Alcanzo mi teléfono del bolsillo de mi pijama y busco síntomas de fiebre alta en niños, tratando de determinar si necesito llevarlo al hospital ahora mismo o si puedo esperar a que la medicina haga efecto.

Estoy leyendo sobre señales de advertencia cuando escucho pasos en el pasillo. La puerta se abre y Adrián está ahí en pants y camiseta, su cabello despeinado de dormir, sus ojos alerta a pesar de la hora.

"¿Qué pasa? Escuché llanto."

"Lorenzo tiene fiebre. Muy alta." Mi voz se quiebra un poco al decir las palabras en voz alta. "Treinta y nueve punto cinco. Le di ibuprofeno pero no sé si debería llevarlo al hospital o esperar a ver si baja."

Adrián cruza la habitación en tres pasos largos y pone su mano en la frente de Lorenzo. "Está ardiendo." Se gira hacia mí y debe ver el pánico en mi cara porque su expresión se suaviza. "¿Cuánto tiempo hace que le diste la medicina?"

"Como cinco minutos."

"Necesita al menos veinte minutos para empezar a hacer efecto. Mientras tanto vamos a enfriarlo con paños húmedos." Se va al baño y regresa con toalla mojada con agua tibia. Gentilmente empieza a pasarla por la frente y cuello de Lorenzo. "¿Cómo te sientes, campeón? ¿Algo más te duele además de la cabeza y la garganta?"

Lorenzo niega con la cabeza, sus ojos ya cerrándose de cansancio a pesar del malestar. "Solo eso. Y tengo mucho sueño."

"Eso es bueno. El sueño ayuda." Adrián me mira. "¿Tiene algún otro síntoma? ¿Vómito, diarrea, sarpullido?"

"No. Solo la fiebre y dolor." Odio cómo tiembla mi voz. He manejado fiebres antes. Los tres niños han estado enfermos durante los últimos cinco años y siempre manejé sola. Pero algo sobre esta fiebre tan alta, sobre lo frágil que se ve Lorenzo, me tiene más asustada de lo que he estado en mucho tiempo.

"Entonces esperamos veinte minutos y revisamos su temperatura otra vez. Si no baja o si sube más, lo llevamos al hospital." Adrián dice esto con tanta calma, tanta confianza, que automáticamente me siento un poco mejor. "Pero Lola, los niños tienen fiebres. Es normal. Probablemente solo agarró virus."

"Lo sé. Sé que tienes razón. Pero no puedo evitar..."

"Asustarte. Lo sé. Yo también estoy asustado." Continúa pasando la toalla por la piel de Lorenzo. "Pero vamos a manejarlo juntos, ¿está bien?"

Juntos. La palabra se asienta algo cálido en mi pecho a pesar del miedo. Los siguientes veinte minutos son tortura. Adrián y yo nos turnamos para refrescar a Lorenzo con paños húmedos mientras él se queda medio dormido contra mi pecho. No hablamos mucho, solo pequeñas instrucciones sobre cuándo cambiar el paño, sobre si Lorenzo necesita agua.

Cuando finalmente han pasado veinte minutos, tomo el termómetro otra vez. "Lorenzo, mi amor, necesito tomarte la temperatura otra vez."

Él murmura algo pero abre su boca. Esperamos. El termómetro suena. Miro la pantalla: treinta y nueve punto tres. Bajó dos décimas. No es mucho pero es algo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.