Los Velos Áuricos

01 - Su vestimenta se reducía a un velo casi inmaterial. Azda conocía el efecto que producia.

La villa-esfera de Koril se deslizaba por el aire con una lentitud majestuosa.

Su forma esférica, de un blanco nacarado casi viviente, no parecía construida, sino cultivada. La superficie exterior, ligeramente irisada, revelaba su naturaleza semiorgánica: una membrana biomimética capaz de adaptar su rigidez, su temperatura e incluso su transparencia según el entorno. Desde ciertos ángulos, la estructura parecía respirar, como si la propia materia participara en el vuelo.

No se veía ningún motor.

La villa se mantenía suspendida gracias a un discreto campo antigravitatorio, estabilizado por un anillo de equilibrio situado bajo la plataforma circular. En aquel silencio absoluto, derivaba a varios centenares de metros sobre los relieves de Koril, como una semilla llevada por un viento invisible.

La plataforma periférica formaba un círculo perfecto alrededor de la cúpula central. Sensores meteorológicos, balizas de orientación y algunos jardines hidropónicos en miniatura crecían libremente sobre ella. En la parte frontal, una cristalera panorámica recorría toda la anchura de la esfera y ofrecía una vista completa del planeta.

Y qué planeta.

Bajo la villa se extendían las cordilleras de Lorya, una sucesión de picos escarpados que emergían de las brumas del atardecer. Las cumbres más elevadas lucían coronas de hielo perpetuo cuyos reflejos azulados se mezclaban con la luz de la estrella local.

Las crestas formaban inmensas murallas naturales que separaban profundos valles. En ellos prosperaban los bosques translúcidos de Koril: árboles esbeltos, de troncos claros y hojas finas como velos, capaces de captar la luz hasta en las longitudes de onda más débiles. Desde aquella altitud, la cubierta forestal parecía un océano verde pastel recorrido por olas luminosas.

Entre los macizos se abrían vastos lagos glaciares. Sus aguas turquesa, casi irreales, reflejaban las montañas con una nitidez perfecta. Algunos eran tan extensos que sus orillas desaparecían en una bruma plateada.

Más al norte aparecían las llanuras nevadas de Séra.

Miles de kilómetros de nieve inmaculada esculpida por los vientos polares. Las ráfagas dibujaban espirales y líneas curvas visibles incluso desde el aire, como si un gigante invisible trazara motivos sobre la superficie del mundo.

La villa-esfera derivaba lentamente sobre aquellos paisajes.

En su interior, la luz del final del día bañaba el espacio con una claridad dorada.

Alta y esbelta, Azda permanecía apoyada contra la pared de cristal.

Llevaba la marca de Koril en cada línea de su cuerpo.

Su piel opalina captaba la luz como la superficie de un agua tranquila. Sus ojos verde pastel —exactamente el tono de los bosques contemplados desde el cielo— observaban el horizonte con una serenidad soberana. La larga cabellera que había elegido poseía aquella misma tonalidad, una cascada sedosa que descendía hasta la curva de su espalda.

Su vestimenta blanca se reducía a un velo casi inmaterial.

Bajo la transparencia luminosa del tejido, la perfección de su cuerpo aparecía con la precisión de una obra esculpida, no por el azar de la naturaleza, sino por los refinamientos de la ciencia koriliana.

Azda conocía perfectamente el efecto que producía.

Jugaba sin el menor pudor con el espectáculo ofrecido por la luz, la transparencia del cristal y la inmensidad del paisaje que se extendía tras ella.

Frente a ella, Markal, su compañero, observaba la escena con aquella sonrisa mitad divertida, mitad irónica que solía lucir cuando la emoción conseguía alcanzarlo a pesar de sí mismo.

Casi había dejado de mirar las montañas.

Toda su atención se concentraba en Azda.

Fuera, la villa-esfera continuaba su vuelo silencioso sobre Koril, dejando atrás las cumbres, los bosques luminosos y los lagos inmóviles.

El final de la jornada prometía estar, en efecto, muy ocupado.

La villa-esfera continuó su vuelo silencioso sobre los relieves de Koril. Las cordilleras de Lorya se desplegaban bajo ella como un mar mineral petrificado, mientras los bosques translúcidos devolvían al cielo reflejos de un verde casi irreal. Las llanuras nevadas comenzaban ya a teñirse de rosa bajo la luz inclinada de la estrella local.

Apoyada contra la pared de cristal, Azda contemplaba el mundo que la había visto nacer.

Era Azda de Tromwal, heredera de los antiguos códigos del Canto de los Vectores, iniciada en las frecuencias profundas del EntrEspacio.

En las silenciosas universidades de Koril, su nombre circulaba acompañado de una mezcla de admiración y cautela. Porque era, sobre todo, la única persona aún viva que había estudiado las corrientes inversas del EntrEspacio, aquellas raras y peligrosas zonas de desfase que aparecen cuando un ser atraviesa la Luz sin intención de regresar.

Un fenómeno casi mítico.

Aquellas corrientes, inestables e imprevisibles, podían perturbar durante siglos los pasos entre mundos. Eran las cicatrices dejadas por determinadas travesías.

Sin duda, Azda era la científica metafísica más brillante de Koril.

Detrás de ella, ligeramente apartado, Markal la observaba.

Pertenecía a otro orden.

Markal era uno de los Guardianes, aquellos vigilantes encargados, junto a unas pocas decenas de compañeros, de supervisar y a menudo prohibir los cruces del EntrEspacio hacia determinados mundos sensibles.

Y entre esos mundos figuraba la Tierra, vecina de Koril más allá de la Luz.

La mayoría de las civilizaciones jamás habían descubierto el EntrEspacio. Solo unas pocas habían llegado a comprender sus leyes.

El EntrEspacio.

Un medio extraño, ajeno a toda referencia física.

Un lugar donde las distancias se deforman y luego desaparecen.

Donde la propia noción de espacio deja de ser geométrica para convertirse en intencional.

En aquel dominio singular, salvar la distancia entre dos mundos ya no requería años luz. Bastaba con una intención estabilizada.




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