El problema planteado iba mucho más allá de la simple curiosidad científica.
Ante todo, era una cuestión política.
Desde hacía milenios, Koril había adoptado una regla sencilla: no intervenir en el exterior, especialmente cuando se trataba de un mundo situado más allá de la Luz. La Tierra pertenecía a ese conjunto de planetas que se observaban ocasionalmente, pero a los que se dejaba evolucionar según su propio ritmoA ello se sumaba la tradición de los Guardianes.
Los Guardianes del EntrEspacio no eran exploradores ni árbitros de civilizaciones. Su misión era más limitada y más antigua: regular el propio EntrEspacio, vigilar los pasos, impedir los cruces peligrosos y mantener el frágil equilibrio entre los mundos.
Intervenir en la Tierra —aunque fuera de manera indirecta— podía interpretarse, por tanto, como una violación de ambos principios.
Azda de Tromwal conocía perfectamente aquellos obstáculos.
Movilizó aquello que, en Koril, a veces valía más que los reglamentos: su reputación.
Su brillante trayectoria, sus trabajos sobre las corrientes inversas del EntrEspacio y las distinciones acumuladas a lo largo de las décadas constituían un expediente que incluso las máquinas de evaluación de la Administración Central trataban con un respeto particular.
Porque aquellas decisiones ya no dependían únicamente de mentes humanas.
Las solicitudes estratégicas pasaban por los analizadores semihumanos del gobierno koriliano: inteligencias híbridas, mitad calculadoras y mitad intuitivas, capaces de sopesar las consecuencias políticas, científicas e históricas de una decisión.
Azda presentó su proyecto con una calma impecable.
Oficialmente, no se trataba más que de una misión de estudio a distancia.
—Observación y análisis de las perturbaciones áuricas detectadas en la superficie de la Tierra.
Nada más.
Nada que pudiera interpretarse como una intervención.
Era imposible saber si los analizadores habían creído realmente aquella presentación.
Conociendo a Azda, la probabilidad era escasa.
Pero las proyecciones estratégicas arrojaron un resultado favorable para Koril.
La misión fue autorizada.
Y Azda obtuvo lo que deseaba: la nave áurica del Centro, puesta exclusivamente a su disposición.
En cuanto a Markal...
Había procedido de una forma mucho más discreta.
Mediante unas pocas gestiones cuidadosamente calculadas —y sin solicitar jamás directamente la autorización de la jerarquía de los Guardianes— consiguió ser nombrado asesor científico de la misión de Azda.
Aquello le divirtió enormemente.
Y exasperó profundamente a Azda.
Pero aquella irritación no era más que un juego entre ambos.
Desde hacía mucho tiempo, los dos amantes mantenían aquella rivalidad afectuosa en la que cada uno admiraba la inteligencia del otro tanto como se esforzaba por desafiarla.
Cuando todas las autorizaciones fueron validadas, se reunieron a bordo de la nave.
Y, casi sin transición, se teleportaron hacia su centro nervioso.
El espacio se plegó a su alrededor.
No hubo pasillos. Ni esclusas. Ni sala de mando.
En una nave áurica, aquellas estructuras no eran más que convenciones superficiales.
Un simple desplazamiento del pensamiento bastaba para atravesar las capas internas de la arquitectura viviente.
En una fracción de segundo alcanzaron el corazón de la nave.
El centro no se parecía a una sala.
Era una cavidad suave, casi orgánica, cuyas paredes vibraban lentamente. Corrientes luminosas recorrían la materia como flujos bajo una piel translúcida.
La nave pensaba.
Pero su pensamiento no era individual.
Se asemejaba más a un campo difuso, a una mente distribuida por toda la estructura.
Azda y Markal se aproximaron.
Y entonces sus pensamientos se mezclaron con los de la nave.
Sin palabras. Sin órdenes.
Solo intención pura.
La nave comprendió inmediatamente.
Azda volvió ligeramente la cabeza hacia Markal y le dedicó una breve sonrisa.
Entonces comenzó la Transición Áurica.
En aquel mismo instante, una intensa perturbación recorrió la Luz.
Una brecha fugaz. Un estremecimiento en el tejido de ondas sutiles que separaba el universo material del EntrEspacio.
El Aura de la nave despertaba. Densa. Controlada. Antigua. Se extendió alrededor de la estructura viviente como una esfera vibratoria de precisión perfecta.
Durante algunos segundos, la firma energética de la nave alcanzó una intensidad que apenas se había observado en siglos, como en los antiguos tiempos de las Grandes Travesías, cuando las flotas de Koril cruzaban la Luz para explorar las profundidades del cosmos.
Luego la Luz se plegó.
Y la nave desapareció.
En el siglo XI, muy lejos de los reinos de Europa y de los imperios de Asia Central, las inmensidades de Siberia oriental permanecían casi completamente entregadas a la naturaleza.
Las montañas, los bosques y los ríos formaban allí un mundo de una amplitud difícil de concebir para los viajeros procedentes de tierras más densamente pobladas.
En el corazón de aquella inmensidad descansaba una extensión de agua que parecía pertenecer a otra edad del mundo:
el lago Baikal.
Los pueblos de aquellas regiones no lo llamaban simplemente lago.
Lo llamaban el Mar Sagrado.
Largo centenares de kilómetros, bordeado por montañas abruptas y bosques profundos, el Baikal constituía un universo en sí mismo.
En invierno, su superficie quedaba inmovilizada bajo un hielo grueso y transparente que cantaba bajo la acción del viento.
En verano, sus aguas de un azul oscuro reflejaban los inmensos cielos de la estepa y las nubes que derivaban sobre las crestas.
Las orillas rara vez estaban habitadas.
Algunos clanes nómadas —antepasados de los buriatos y los evenkos— recorrían los valles cercanos con sus rebaños o sus renos. Cazaban en la taiga, pescaban en los ríos y, ocasionalmente, atravesaban las llanuras con sus ligeros campamentos.