Markal avanzaba con paso regular, casi ceremonial, en el corazón de una tormenta invisible.
A su alrededor, el Aura del lugar se había vuelto caótica. Pulsaciones erráticas, pesadas y dolorosas atravesaban el espacio como ráfagas desordenadas. Chocaban contra la envoltura pura de Luz que había extraído del EntrEspacio, y aquel enfrentamiento vibratorio producía un estruendo silencioso que solo un Guardián podía percibir.
Pero Markal no reducía la marcha.
Porque conocía una verdad sencilla, aprendida muy temprano en la Orden:
ningún poder de este mundo podía forzar a la Luz.
Podía ser ignorada. A veces velada.
Pero jamás sometida.
Prosiguió, por tanto, hasta el extremo del cabo.
Allí, la tierra se quebraba en un caos de rocas grises que se precipitaban abruptamente hacia el Baikal. Las olas golpeaban la piedra con un ritmo lento y profundo, como si el lago respirara.
Markal se detuvo.
La tormenta vibratoria seguía desencadenándose a su alrededor, pero no intentó rechazarla. Al contrario, dejó pasar deliberadamente algunas de las vibraciones más sutiles del Aura corrompida.
No eran hostiles.
Eran sufrimiento.
Un sufrimiento tan antiguo que parecía haber olvidado su propio origen.
Markal cerró los ojos durante un instante.
Aquello no era un ataque. Era una llamada.
Entonces moduló su respuesta.
No una defensa. Ni una imposición.
Sino una onda vibratoria hecha de compasión y ayuda.
La respuesta brotó de él como una nota cristalina.
Y, de inmediato… el Aura cambió.
El tumulto desapareció.
El canto caótico se estabilizó, como si una mano invisible acabara de afinar un instrumento desafinado durante siglos. Las pulsaciones negativas se extinguieron una tras otra.
Solo quedó una forma singular.
Una curvatura en la trama áurica del mundo.
Parecía conducir hacia un vacío absoluto, una ausencia total de estructura.
Markal reconoció inmediatamente aquella firma.
Era, sin duda, un Velo Áurico.
Durante una fracción de segundo pensó en Azda, que permanecía atrás, en la playa. Pero conocía sus recursos, su disciplina y su dominio.
Y, sobre todo, sabía que aquella configuración no duraría. Un fenómeno de aquella naturaleza jamás ofrecía dos oportunidades.
Apoyó lentamente las manos sobre la fría superficie de la roca.
Después proyectó su imagen vibratoria hacia la curvatura del Velo.
La transición fue instantánea.
En las orillas del Baikal, su cuerpo desapareció. Y Markal se encontró inmediatamente en otro lugar.
Ante él se extendía otro lago.
Pero no se parecía en nada al que acababa de abandonar.
El agua era oscura, casi inmóvil, como si estuviera atrapada en una sustancia más densa que el agua. El cielo sobre el lago no era azul, sino gris, recorrido por nubes pesadas que parecían incapaces de disiparse.
El silencio no era apacible.
Era opresivo.
Las orillas estaban cubiertas de piedras amarillentas y tierras cenicientas. No había árboles, ni hierba, ni el menor rastro de vida en aquel paisaje inmóvil.
Markal se incorporó lentamente.
Las vibraciones de aquel mundo eran radicalmente distintas. La Luz circulaba allí con dificultad, como si tuviera que luchar para existir.
Observó las oscuras aguas del lago.
Y todavía ignoraba que acababa de llegar al Infierno y a la Montaña del Miedo.
En el siglo XI, en el extremo septentrional de la isla de Honshū, el monte Osore se alzaba en el corazón de un territorio aún áspero y poco frecuentado. La región pertenecía a lo que los cronistas de la corte Heian llamaban las lejanas tierras de Tōhoku, una frontera del mundo civilizado donde los caminos se volvían escasos y los poblados aparecían muy separados entre sí.
Al sur, la capital imperial de Kioto vivía inmersa en el refinamiento de la corte y los templos. Pero allí, a varias semanas de viaje de distancia, las montañas seguían dominando la vida de los hombres. Bosques profundos cubrían los valles, y los senderos que serpenteaban entre las colinas eran recorridos por cazadores, monjes itinerantes y algunas caravanas de mercaderes.
En aquellas tierras habitadas durante mucho tiempo por los emishi, pueblos montañeses progresivamente integrados en el reino japonés, las antiguas tradiciones no habían desaparecido. Las creencias chamánicas, los espíritus de la naturaleza y las divinidades de las montañas seguían habitando los relatos de sus habitantes.
En el corazón de aquel paisaje austero se encontraba un lugar que incluso los viajeros más experimentados abordaban con cautela: Osorezan, la Montaña del Miedo.
El camino que conducía hasta allí ascendía lentamente hacia una cuenca volcánica aislada. La vegetación se hacía cada vez más escasa y el aire cambiaba poco a poco. Un olor acre, casi metálico, flotaba en el viento.
Entonces el paisaje se abría de repente.
Ante el viajero aparecía un mundo extraño.
El suelo era claro, casi blanco en algunos lugares, cubierto de piedras y arena volcánica. Vapores surgían de grietas abiertas en la tierra. El azufre teñía ciertas rocas de un amarillo intenso. Los vientos barrían la llanura y levantaban a veces un polvo ligero que flotaba entre las colinas.
En el centro de la cuenca reposaba un lago de aguas oscuras: el lago Usori.
Sus orillas aparecían desnudas, casi irreales. Cuando el tiempo estaba en calma, el agua reflejaba el cielo como un espejo inmóvil. Pero el silencio del lugar era tan profundo que parecía absorber cualquier sonido.
Para los monjes budistas que frecuentaban aquellas montañas desde hacía generaciones, aquel paisaje evocaba algo muy concreto.
El infierno.
En las enseñanzas budistas que por entonces se difundían por todo Japón, ciertos lugares de la naturaleza eran considerados reflejos terrenales de mundos invisibles. Y Osorezan parecía ser su imagen perfecta.