Azda recuperó rápidamente el conocimiento tras la desaparición de Markal.
El choque inicial había sido violento —demasiada Luz, demasiadas distorsiones en el Aura—, pero su entrenamiento le permitió recuperar el equilibrio en pocos minutos. Permaneció un momento arrodillada sobre los fríos guijarros, dejando que su respiración recuperara un ritmo regular mientras las olas del Baikal morían suavemente a sus pies.
Después cerró los ojos.
Sus percepciones áuricas se desplegaron lentamente a su alrededor.
El mundo recuperó una forma distinta: la de los flujos sutiles de la Luz y las tensiones invisibles que recorrían el Aura terrestre.
Localizó casi de inmediato la estructura.
El Velo seguía allí.
Una discreta curvatura en la trama áurica del lugar, suspendida entre dos estados de la realidad. Su firma era ahora perfectamente clara para ella, como una nota discordante en una partitura por lo demás estable.
Azda se puso en pie.
Se acercó a la roca.
—Muy bien... —murmuró.
Inspiró profundamente e intentó atravesar el Velo.
La reacción fue inmediata.
Una presión aplastante la rechazó con brutalidad, como si la propia realidad se negara a dejarla pasar. Su campo áurico se contrajo bajo el esfuerzo y un dolor agudo atravesó su pecho.
Retrocedió un paso.
Después lo intentó una segunda vez.
La presión fue todavía más intensa.
Esta vez tuvo la impresión de que un peso gigantesco descendía sobre su mente, comprimiendo sus percepciones hasta el límite de la ruptura.
Volvió a apartarse, respirando con dificultad.
—Una tercera vez —decidió.
El tercer intento fue el más doloroso.
La resistencia del Velo no era simplemente física o áurica: se trataba de una incompatibilidad estructural. La curvatura del pasaje reconocía las firmas vibratorias capaces de atravesarlo.
Y Azda no era una Guardiana.
La presión estuvo a punto de lanzarla hacia atrás. Permaneció inmóvil durante varios segundos, con las manos apoyadas sobre los guijarros para recuperar el equilibrio.
Luego sacudió levemente la cabeza.
—Idiota... —murmuró.
Dejó escapar una breve exhalación.
—Todo esto por querer recuperar cuanto antes a mi Guardián.
Contempló durante unos instantes el cabo Ryty y las rocas donde Markal había desaparecido.
Después dio la espalda al promontorio.
Siguió lentamente la orilla durante varios minutos. El viento hacía ondular las oscuras aguas del Baikal y los acantilados proyectaban largas sombras sobre el lago.
Finalmente se detuvo.
Azda alzó la vista hacia el cielo despejado.
Y activó el enlace áurico.
—Nave.
La señal partió como una onda silenciosa a través de la Luz.
Esperó.
Pocos instantes después, una presencia familiar respondió a su llamada desde las profundidades invisibles del EntrEspacio.
Azda inspiró lentamente.
Había llegado el momento de cambiar de estrategia.
Azda permaneció largo tiempo inmóvil frente a las oscuras aguas del Baikal.
La primera oleada de decisiones —atravesar el Velo, esperar el regreso de Markal, iniciar una búsqueda inmediata— se había disipado. Todas habían sido examinadas y descartadas. Demasiado inciertas, demasiado dependientes del azar o susceptibles de interferir con la labor de un Guardián.
Debía pensar de otra manera.
Repasó mentalmente los elementos de que disponía.
Los Velos.
Hasta aquel momento, tanto ella como Markal los habían considerado estructuras locales, singularidades áuricas que aparecían en determinados puntos de la Tierra. Pero la experiencia del cabo Ryty obligaba a formular una hipótesis más amplia.
Si Markal había atravesado un Velo y había aparecido en otro lugar de la Tierra… entonces los Velos estaban realmente conectados entre sí.
En otras palabras, formaban una red topológica.
Azda caminó algunos pasos a lo largo de la orilla antes de levantar la mirada hacia el cielo pálido, donde la nave áurica permanecía oculta en los márgenes del EntrEspacio.
Una red.
Y toda red posee una propiedad fundamental.
Los nodos no son equivalentes.
Algunos sirven únicamente como relés, otros como pasos secundarios... pero casi siempre existen distribuidores centrales, nodos hacia los que convergen los flujos de información.
Si los Velos habían sido creados por una tecnología avanzada —hipótesis que se volvía cada vez más plausible—, su arquitectura debía obedecer a una lógica semejante.
Formuló la idea en voz alta.
—Si existe un Velo inicial, debe desempeñar el papel de centro.
La respuesta de la nave no fue verbal.
Una serie de modelos matemáticos apareció en su mente, proyectada por la conciencia viviente de la máquina.
Grafos.
Redes distribuidas.
Estructuras de propagación.
Azda continuó desarrollando su razonamiento.
Una red de aquel tipo podía analizarse de una manera sencilla: observando cómo se propagaba una perturbación a través de ella.
Después de todo, los Velos no eran solamente pasajes.
También eran estructuras vibratorias dentro del Aura terrestre.
Si se inyectaba en esa Aura una onda extremadamente débil, pero perfectamente controlada… entonces cada Velo debería reaccionar. La propagación de aquella onda revelaría la estructura de la red.
Retrasos.
Amplificaciones.
Desfases.
Todos esos fenómenos permitirían reconstruir la topología global.
Azda se detuvo.
—Una tomografía áurica...
La nave confirmó inmediatamente la coherencia del modelo.
Poseía precisamente la herramienta necesaria: la capacidad de emitir en el Aura una onda de fase extremadamente fina, carente de energía destructiva, pero capaz de propagarse a través de la trama vibratoria del planeta.
Azda sintió cómo una nueva excitación sustituía a la frustración de los minutos anteriores.