Markal permaneció largo tiempo inmóvil frente al lago oscuro después de la huida del monje.
En el fondo, no estaba tan lejos de compartir su opinión.
Ciertamente, no era él quien controlaba los gritos de los que hablaba el religioso. Pero debía admitir un hecho: desde su llegada, los aullidos áuricos que habían precedido su paso habían desaparecido.
El lugar se había vuelto silencioso.
O al menos tan silencioso como podía ser un paisaje donde el propio Aura parecía respirar.
Descendió lentamente hacia las orillas del lago.
Los cairns seguían salpicando la playa, pequeñas pilas de guijarros cuidadosamente levantadas por manos humanas. El viento hacía vibrar a veces las piedras más inestables, pero la mayoría permanecían sorprendentemente sólidas.
Markal se arrodilló junto a una de ellas.
El Velo seguía distorsionando el Aura del lugar. Plegaba el EntrEspacio como una membrana tensada alrededor de un punto invisible. Las fluctuaciones que generaba se propagaban por toda la región, pero los cairns parecían desempeñar un papel particular.
Cuanto más los observaba, más evidente se volvía la hipótesis.
Aquellas pilas de piedras no eran simples gestos de devoción. Actuaban como repetidores.
Amplificadores rudimentarios capaces de estabilizar una oscilación áurica. Cada cairn reforzaba ligeramente la estructura del Velo, como si las propias piedras participaran en una arquitectura vibratoria.
Un sistema sencillo. Pero eficaz.
Markal levantó la vista hacia la superficie del lago.
—Una llamada de auxilio...
Murmuró aquellas palabras casi para sí mismo.
Entonces sintió un leve estremecimiento.
Algo acababa de atravesar el Velo.
La perturbación era extremadamente débil. Apenas una ondulación en la trama áurica del lugar. Sin embargo, para un Guardián, aquella firma resultaba inmediatamente reconocible.
Markal cerró los ojos durante un instante.
Azda.
Estaba escaneando la red.
El impulso que había inyectado en el Aura planetaria acababa de pasar por allí como una ola casi imperceptible.
Markal sonrió ligeramente.
Eso significaba que no estaba intentando desesperadamente encontrar una forma de seguirlo a través del Velo.
Estaba analizando la estructura.
Por lo tanto, actuaría con método. Aquella simple certeza le devolvió una libertad preciosa. Podía actuar allí sin temer verla aparecer en el peor momento.
Entonces, con una despreocupación casi calculada, extendió la mano hacia el cairn más próximo.
Comenzó a desmontarlo. Pero no de manera brusca.
Cada piedra fue retirada con cuidado, como si estuviera desplazando las piezas de un mecanismo delicado. A medida que la estructura se deshacía, Markal la sustituía por otra cosa.
Su propia Aura.
Reproducía la función del cairn dentro de la red vibratoria del lugar, reemplazando la arquitectura de piedra por su propia presencia viva.
Poco a poco se integró en la cadena. Cuando retiró la última piedra, el flujo áurico siguió circulando... pero ahora lo hacía a través de él.
Markal cerró los ojos.
Después emitió una intención interrogativa. Una simple modulación en el EntrEspacio.
La estructura del Velo vibró ligeramente.
Markal esperó. Sin demasiada convicción.
Entonces algo regresó.
La respuesta no era áurica. Pertenecía a otro registro. Una modulación pura del EntrEspacio.
Una respuesta topológica.
Ningún koriliano corriente habría podido percibir aquel fenómeno. Pero un Guardián era algo más que un simple observador. Era una extensión aceptada del EntrEspacio. Una intención viva capaz de interpretar aquello que para los demás permanecía completamente invisible.
La comprensión no llegó de inmediato.
Durante algunos segundos, Markal no percibió más que una sucesión de estructuras abstractas.
Después su mente intentó traducir la respuesta.
Se formó una imagen imprecisa.
Rocas de distintos tamaños. Un fondo negro. Ningún suelo visible. Las rocas parecían flotar en un espacio sin orientación. En el centro apareció una forma extraña: una especie de cubo deformado, como si sus caras hubieran sido estiradas o retorcidas por una fuerza invisible.
Después la intención se disipó.
La modulación del EntrEspacio se extinguió tan rápidamente como había aparecido.
El Velo recuperó su oscilación habitual.
Markal abrió los ojos.
El lago Usori seguía silencioso. Los cairns restantes continuaban salpicando la orilla.
Permaneció inmóvil durante unos instantes, reflexionando sobre la traducción visual que su mente acababa de producir.
Era vaga. Incompleta.
Pero le había proporcionado una certeza.
La red de Velos no era solamente un laberinto de pasajes. También era un sistema de comunicación topológica.
Después de reconstruir cuidadosamente el cairn, piedra por piedra, Markal se incorporó.
Se tomó el tiempo necesario para devolver a la estructura exactamente la forma que tenía antes. El flujo áurico recuperó inmediatamente su equilibrio dentro de la cadena de repetidores. Nada, a primera vista, delataba la intervención del Guardián.
Markal lanzó una última mirada hacia el lago oscuro.
Después, sin vacilar más, atravesó el Velo por segunda vez.
La transición fue inmediata.
El EntrEspacio se plegó a su alrededor como una membrana luminosa y luego volvió a desplegarse.
Cuando recuperó una percepción estable del mundo, Markal se encontraba de pie, de espaldas a una pared de piedra que tenía el aspecto de una puerta. Como si acabara de atravesar la roca.
Markal permaneció inmóvil durante unos instantes. Todavía percibía la tensión del Velo detrás de él, encajada en la piedra como una sutil deformación de la realidad.
Después levantó la vista hacia el paisaje que se extendía ante él.
El aire era diferente allí. Más frío, más seco, casi cortante. Cada respiración parecía más ligera, como si el mundo hubiera perdido una parte de su densidad.