Los Velos Áuricos

07 - ¿Por qué su paso había interrumpido la señal?

Markal no tuvo que esperar.

Apenas había atravesado la sala circular cuando la presencia de la estación se manifestó plenamente ante él.

La base koriliana era antigua. Las primeras impresiones que recibía de ella la situaban varios siglos antes de la época en que los korilianos habían renunciado oficialmente a toda presencia en la Tierra. Quizá incluso más de un milenio.

Y, sin embargo, nada en su estado sugería abandono.

No estaba muerta.

Estaba viva.

Pero no en el sentido mecánico que conocían las civilizaciones técnicas ordinarias. Aquella base pertenecía a una época en la que los ingenieros de Koril privilegiaban las estructuras áuricas por encima de las máquinas pesadas. Las estaciones de aquella generación eran menos tecnológicas, pero infinitamente más duraderas.

Estaban hechas de materia viva armonizada con el EntrEspacio.

Y mientras el EntrEspacio existiera... ellas seguirían existiendo.

En la sala silenciosa, una presencia se desplegó a su alrededor.

No era una voz. Era una intención.

Estaba teñida de interrogación. Casi de sorpresa. La estación había reconocido la naturaleza del ser que acababa de entrar. Sabía lo que era un Guardián. Los Guardianes eran los Vigilantes del EntrEspacio, una extensión consciente de la propia Luz.

Lo identificó inmediatamente.

Y esperó.

El intercambio áurico entre un Guardián y un organismo viviente de aquella naturaleza no necesitaba ni lenguaje ni protocolo.

Las intenciones simplemente circulaban.

Markal formuló su pregunta.

La respuesta llegó de inmediato.

¿El Velo?

No era antiguo.

La base confirmó lo que Markal ya sospechaba. El fenómeno había aparecido diecisiete días terrestres antes.

La estación le transmitió entonces sus observaciones.

Los datos no eran numéricos como los de una máquina moderna. Adoptaban la forma de estructuras perceptivas: variaciones del Aura, deformaciones del EntrEspacio, cartografías topológicas.

Markal las absorbió rápidamente.

El Velo era inestable.

Topológicamente inestable.

Lo cual resultaba lógico si se consideraba que no constituía una estructura aislada, sino uno de los elementos de un conjunto más amplio.

Una red.

La estación había observado sus fluctuaciones. El Velo se abría a veces. Pero nunca hacia un único punto. Daba acceso a realidades variables. A regiones diferentes del EntrEspacio. O quizá a otros espacios conectados a él.

Pero aquellas aperturas no eran aleatorias.

Obedecían a una organización interna. Como si la estructura de la red siguiera buscando su equilibrio.

La base comunicó una última información.

En cada apertura, una señal atravesaba el sistema.

Siempre la misma.

No era una onda. No era una información codificada.

Era una intención. Una intención oscura. Negativa.

Los instrumentos áuricos de la estación la percibían como un impulso de angustia invertida. Una forma de llamada saturada por la desesperación.

Markal permaneció inmóvil en el centro de la sala.

Las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar.

La red de Velos no era únicamente un sistema de paso. Era realmente un sistema de transmisión.

Y en algún lugar, en el corazón de aquella red... algo estaba enviando esa señal. Desde hacía diecisiete días.

Pero entonces llegó hasta Markal un detalle adicional.

La estación no había dejado de observar el Velo desde su aparición. Su mente áurica conservaba las variaciones más ínfimas del fenómeno. Y acababa de detectar una anomalía reciente.

Desde la llegada de Markal, el Velo local ya no transmitía la intención de angustia.

El flujo negativo había cesado.

La base precisó inmediatamente la causa probable: un Velo directamente conectado había transferido una entidad que poseía una firma de Guardián.

Markal comprendió al instante.

Se trataba de él.

La estación le transmitió las secuencias correspondientes: el instante exacto de su paso, la variación topológica que había acompañado su transferencia y, después, la desaparición repentina de la señal de angustia.

Como si la estructura de la red reaccionara a su presencia.

Markal permaneció en silencio.

¿Por qué?

La pregunta tomó forma claramente en su mente.

¿Por qué su paso había interrumpido la señal?

Interrogó a la estación.

Pero ninguna respuesta se encontraba en su mente áurica. La base observaba y registraba, pero no poseía una comprensión global del fenómeno.

No era más que un punto de observación.

Markal reflexionó.

Ordenó mentalmente los elementos de los que disponía. Formuló un resumen sencillo.

Diecisiete días terrestres antes, una red topológica de Velos Áuricos había aparecido en la Tierra.

Aquella red no se había fijado al azar.

Había privilegiado determinados lugares. Lugares míticos. Lugares donde el Aura humana era particularmente densa, alimentada durante siglos por ritos, creencias y tradiciones.

Aquellos lugares constituían probablemente los puntos de anclaje de la red.

El sistema en sí parecía extremadamente avanzado. No servía únicamente como pasaje entre regiones del EntrEspacio. Transmitía intenciones.

Y durante diecisiete días, aquellas intenciones habían adoptado la forma de una señal negativa.

Una angustia.

Una llamada.

Una llamada lo bastante poderosa como para influir en las emociones humanas y alimentar los mitos locales.

Pero el significado exacto de aquella llamada seguía siendo oscuro.

¿Quién la emitía?

¿Desde qué punto de la red?

Y, sobre todo, ¿por qué?

La siguiente etapa debía consistir en localizar el origen de la señal.

El centro.

O al menos uno de los nodos principales.

Pero ¿cómo?

La red parecía distribuida. Sus aperturas variaban.

Los pensamientos de Markal giraron largo tiempo alrededor de aquella cuestión. Pasaron largos minutos. La sala circular permanecía silenciosa.




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