Los Xeronianos Del Universo - Libro I El Guerrero Del Sol

Capítulo XXII

    Bubba no dejaba de asombrarse mientras miraba la magnífica Torre de la Luz caminando junto a Syria. Pese a que la colosal estructura se veía cercana, aún los separaba un par de kilómetros para llegar a la fortaleza que se establecía en medio de la cordillera. Entretanto, ambos intercambian relatos de sus vidas buscando una forma de conocerse y acortar la travesía en medio de los hermosos parajes de la Patagonia que ya manifestaban sus primeros rayos anaranjados en el cielo austral indicando el comienzo del atardecer. 

—Me contabas que tuviste una difícil infancia y ser xeroniana te ayudó a salir adelante. ¿Siempre viviste en estas tierras lejanas? 

—Yo no soy de aquí, mis padres son de origen alemán, pero cuando la persecución y las guerras destruyeron ese país, ellos se vieron obligados a huir por diversos lugares hasta que viajaron a Asia estableciéndose en la costa mediterránea oriental. Mi madre llegó embarazada, y en el momento de mi nacimiento según lo que relató mi padre, ella aún no tenía pensado un nombre para mí, entonces fue que decidieron bautizarme como el país que nos cobijó, es decir, Syria. 

—¡Vaya! Qué simpático el origen de tu nombre, a mí me bautizaron como Bubbarakyu; sin embargo, todos me dicen Bubba. 

—Pero al menos tu nombre no te trae recuerdos ingratos. Al pensar en ese pobre país que durante siglos ha sufrido el rigor de la guerra, incluso antes de la llegada de Daemon Kahn, aún me pregunto cómo es que pude salir de ahí. Es una reminiscencia que me llena de nostalgia. 

     Ambos se detuvieron enfrente de un mirador donde se quedaron a observar las nubes teñirse de rojo mientras el sol se disponía a desaparecer en el horizonte. Bubba notó que ella aún tenía un pesar contenido deseoso de expresarlo. 

—¿Y qué fue de tus padres? 

—Ellos no lograron sobrevivir por mucho tiempo. La pobreza que sufrimos hizo que mi madre enfermara y muriera poco después de mi nacimiento, ya que quedó débil con las complicaciones del parto. Posteriormente, mi padre fue víctima de las eternas guerras religiosas falleciendo producto de una explosión. A partir de ahí, fui criada por un grupo de mujeres que me educaron y alimentaron, pero siempre viviendo bajo el yugo del islamismo. 

—Pensé que esas religiones estaban extintas. 

—No, en esos países son de ideologías muy radicales y es difícil que desaparezcan del todo. Tuve que soportar demasiada opresión por ser mujer, pero ello me hizo decidir enfrentar al destino obligándome a forjar mi carácter para poder salir adelante. 

—¿Y cómo lograste cumplir tu objetivo? 

—Me hice cargo de las mujeres que me acogieron porque a medida que crecía, ellas envejecían, además tuve que pelear varias veces con miembros de los grupos radicales debido a las injusticias que sufríamos. Un día estuve a punto de ser lapidada por estos clanes ya que me consideraban una insurrecta, hasta que conocí a la persona de quién estaré eternamente agradecida y que cambió mi vida para siempre: mi maestra Tijara. 

     Syria evocó el momento cuando aquella misteriosa mujer encapuchada se acercó dónde estaban unos hombres con enormes piedras dispuestos a lapidar a la rubia joven. 

—¡Alto ahí! Ustedes no tienen derecho a maltratar a nadie. O desechan esas piedras o lamentarán las consecuencias. 

     El grupo radical se volteó en dirección a la extraña dama para gritarle los más ofensivos improperios, y cuando se disponían a dirigir su cólera hacia ella, la encapuchada poniendo sus ojos blancos emitió una energía que fulminó de un solo golpe a todos ellos. La niña Syria por su parte, se mostraba atónita por lo que acababa de presenciar desde el suelo. 

—Toma mi mano, ya no temas más. Levántate y vámonos de aquí. 

—¿Quién es usted? 

—Mi nombre es Tijara, ¿y cuál es el tuyo? 

—Me llamo como este país: Syria es mi nombre. 

     Desde ese día, Syria y Tijara entablaron una pura amistad donde la niña deseaba ser tan fuerte como ella, mientras que la joven veía en la chica algo muy especial. 

—Por favor, señorita Tijara, enséñeme sus habilidades, quiero proteger a quienes amo de las crueldades. Estoy dispuesta a ser su aprendiz. 

—Miro en la profundidad de tus ojos y veo que hay un don que podría llevarte muy lejos. Yo puedo entrenarte para que venzas las adversidades de este difícil destino que te ha tocado; sin embargo, es preciso que debas dejar a aquellas mujeres adoptivas porque la vida de una persona como yo implica responsabilidad y existencia ascética. 

—¿A qué se refiere con existencia ascética? 

—Debes entregarte al perfeccionamiento moral y espiritual renunciando a todos los placeres de la vida, porque para poseer las habilidades que tengo, hay que aplicarlas con justicia y sabiduría. 

—Pero no puedo abandonar a quienes me criaron. 

—No se trata de que las abandones, serás más útil entrenando conmigo que estando con ellas. Cuando llegue el momento, entenderás lo que te quiero decir. 

—Está bien, seguiré el camino que me sugiere, pero antes deseo saber quién es usted realmente. 




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