—ALICE—
Contengo el aliento mientras observo el pequeño dispositivo entre mis manos.
Dos líneas. Otra vez.
Es la tercera prueba que me hago desde ayer, y todas dicen lo mismo: POSITIVO.
Me dejo caer de espaldas sobre la cama con un suspiro que no sé si viene del asombro, de los nervios o de la emoción… porque sí, voy a ser mamá otra vez.
Ayer, cuando salí corriendo del comedor directo al baño para devolver mis sagrados alimentos, lo supe.
No era indigestión, tampoco estrés.
Era esto.
Y ahora lo tengo confirmado.
Estoy embarazada.
¡Embarazada!
—No puede ser… —murmuro, todavía sin terminar de creérmelo.
Leo y Bella acaban de cumplir tres años, y están en esa etapa explosiva en la que uno no sabe si reír o llorar.
Un momento están jugando como angelitos, y al siguiente uno le pinta la cara al otro con marcador permanente y todo se vuelve gritos, lágrimas y caos.
Brando y yo somos felices, aunque también vivimos medio desquiciados.
Ser padres no es fácil, lo sabemos. Pero ni por un segundo querríamos otra vida.
Este hogar que tenemos, el que alguna vez creímos imposible, es ahora nuestro refugio… y lo vale todo.
Ambos llevamos ojeras de mapache y ese sexto sentido que se activa en cuanto hay un silencio sospechoso en casa.
Encontramos juguetes en los lugares más insólitos —sí, incluso en el inodoro— y tenemos canciones infantiles incrustadas en la cabeza como si fueran parte del soundtrack oficial de nuestras vidas.
Y aun así…
No puedo evitar sonreír al pensar que la familia está por crecer, aunque eso signifique despedirnos de lo poco que queda de nuestra cordura.
Abro el último cajón de mi mesita de noche y dejo la prueba junto a las otras. Las cubro con mis libretas, aunque no es necesario. Brando jamás toca mis cosas.
Me recuesto de nuevo, con una mano sobre mi vientre plano.
Todavía no estoy lista para decirlo en voz alta. Aún no.
Necesito que mi doctora me lo confirme, que me mire a los ojos y diga: “En efecto, señora Zanetti, está embarazada otra vez”, bien clarito, para que no me quede ni una pizca de duda.
Y Brando…
Suspiro bajito y me muerdo el labio.
No tengo idea de cómo se lo va a tomar.
Él realmente está comprometido con su rol de padre, es el mejor papá del mundo para mis hijos, pero sé que se esta sobre exigiendo. Entre los niños y el trabajo, él y yo sabemos que no esta rindiendo al cien por ciento.
También sé que él amaría a nuestro nuevo bebé, no tengo dudas, y si tan solo Brando no fuera tan celoso, podríamos conseguir ayuda para criar a los niños, pero él no quiere tener que compartir con una extraña el amor y cariño de sus bebés.
Ni la falta de sueño le quita lo terco.
Después de un par de minutos —que se sintieron como horas— me obligo a levantarme para seguir con mi día.
Bajo las escaleras despacio, completamente distraída.
La casa está en silencio. Y en esta etapa de nuestras vidas, el silencio absoluto no es paz... es sospechoso.
Cuando llego a la sala, me detengo en seco.
—Oh, no…
Brando está tirado en el sofá, dormido como una piedra.
Tiene un brazo colgando por un lado y la cabeza ladeada como si hubiera caído rendido justo ahí, lo cual no me sorprende. Después de correr detrás de Leo toda la mañana, cualquiera estaría exhausto.
Pero eso es lo de menos, lo que realmente me preocupa es Bella.
Mi pequeña artista de tres años está encaramada en el borde del sofá, completamente concentrada, pintando la cara de su padre con sus maquillajes de juguete y pegándole calcomanías de estrellitas por toda la frente.
Su concentración me mata de ternura.
Me llevo la mano a los labios para contener una carcajada.
—Cielo… ¿qué estás haciendo? —susurro, acercándome con cuidado y agachándome junto a ella.
Bella se gira hacia mí con una sonrisa orgullosa que le ilumina toda la carita.
—Mira, mami, papi luce bonito —susurra con complicidad.
Asiento, tragándome la risa como puedo.
—Sí, mi amor… muy bonito —digo, mientras acaricio su suave cabellera castaña que le llega hasta los hombros—. Pero creo que papi no va a querer salir a la calle así.
Ella frunce los labios, claramente en desacuerdo, y pega una estrellita más en la mejilla de su padre.
Brando ni se inmuta.
Respiro hondo, saboreando el momento.
Aunque se despertara y se viera en un espejo, no podría enojarse con ella.
Brando nunca le ha levantado la voz, ni siquiera en sus momentos de mayor estrés. Siempre ha sido paciente, tierno… tan dulce con nuestra hija que, a veces, me cuesta creer que sea el mismo hombre que conocí hace más de diez años.
—A papi sí le va a gustar —declara mi pequeña con absoluta convicción, colocando una calcomanía de unicornio justo en la barbilla de Brando.
—Cielo, tenemos que quitarle todo esto a papi antes de que se despierte, ¿sí? —susurro, tratando de sonar seria—. Siempre hay que preguntarle si quiere jugar contigo, amor.
—Pero papi me quiere mucho, él siempre dice que sí —responde frunciendo el ceño, como si eso lo explicara todo.
—Lo sé, amor —sonrío—, pero eso no quita que debas preguntarle primero, ¿o acaso te gustaría que alguien te pintara la carita mientras duermes?
—Mmm… no. Leo me hace rayas en la cara y me pone bigotes —dice frunciendo la nariz y cruzando los bracitos con disgusto.
—¿Y eso te gusta?
—¡No!
—Por eso siempre le decimos que no lo haga, ¿verdad?
—Ajá —asiente con seriedad.
—Entonces, vamos a quitarle las pegatinas a papi, y cuando despierte, tú misma puedes pedirle que juegue contigo de nuevo. Pero esta vez… despierto.