Lost Memory

Un momento, dos corazones

—¡Mierda!

Eso fue lo que grite internamente cuando uno de mis maestros me pidió quedarme tiempo extra este fin de semana.

A decir verdad, nunca me han molestado la idea de quedarme más tiempo en la escuela de lo que es necesario. Sin embargo, ¿por qué mierda tenía que ser hoy?

—Quizás tenías planes con tus amigos, pero me vendría excelente una ayuda extra este sábado —repitió, como intentado hacerme sentir incomodo.

No tengo miedo de negarme y decirle que se vaya a la mierda, pero parece que no está dispuesto a dejarme en paz o irse con un “No” como respuesta.

Suspire, resignándome a la realidad de la situación.

—Está bien.

—¡Me alegra tanto que decidiera apoyarme, William!

—No me dejo de otra —pensé irritado.

—Te veo mañana. Ten cuidado al regresar a casa —se despidió.

Solo podía pensar en las ganas tremendas de golpear algo debido a la frustración que estaba teniendo en ese momento, pero escondí mis manos en mis bolsillos del pantalón y me dispuse a irme del lugar.

No suelo salir, ni planear ir a algún sitio. No suelo estar casa, a veces simplemente voy a perderme por la ciudad con tal de no estar en ese ambiente absurdamente muerto.

Sin embargo, este fin de semana era distinto, quería ir a un sitio muy importante. Tendré que dejarlo para el domingo o si está muy concurrido, la otra semana. No me gusta estar junto a mucha gente.

Tal como predije, el domingo se encontraba absurdamente lleno el lugar, así que decidí posponerlo hacia la siguiente semana.

Sali muy temprano ese dia, fui a comprar sus flores favoritas y me dispuse a visitarla… Mi abuela.

La semana pasada era su aniversario de muerte, lleva dos años que se fue de este mundo. Mis padres nunca fueron realmente atentos conmigo, la que se encargaba de cuidarme y criarme, era ella.

Al principio fue por petición de mi madre, ya que no soportarme oírme llorar cuando era un bebe, o al menos eso me decía ella, posteriormente prefirió llevarme a casi vivir con ella. Eran contadas las veces en que regresaba a casa, por ropa o cosas para la escuela, pero mi verdadero hogar siempre fue mi abuela.

Cuando ella murió, fue lo peor que me pudo haber pasado en la vida, al menos hasta ahora. No solo era mi madre, era mi amiga. Solía contarme historias, ver programas de televisión conmigo o jugar juegos de mesas.

Ella tenía una repisa llena de libros, al principio me leía cuentos para dormir, posteriormente los leí por cuenta propia, de ahí mi gusto hacia los libros y comics.

Cuando pereció, mis padres vendieron la casa, deseaba que aun fuera parte de nuestra propiedad para que cuando tuviera suficiente edad ir a vivir en ella, pero mis padres solo podían ver un patrimonio del cual aprovecharse, logre sacar cosas antes de que la vendieran, pero siempre que doy un paseo paso por esa calle e imagino que mi abuela está ahí, cocinándome la cena.

Busco la lápida, se me el camino de memoria, no solo vengo en su aniversario, sino que vengo a visitarla siempre que me encuentro mal, que quiero hablar con alguien o simplemente… cuando la extraño. Es por esa razón que no se encuentra sucia y tiene suficiente tierra.

Deje las flores en la lápida, un ramo de dalias color lila, siempre tenía unas cuantas en la cocina de su casa.

—Hola, abue —salude como solía hacerlo de pequeño—. Lamento no haber venido la semana pasada… Estuve ocupado con mis estudios —sonreí, una sonrisa algo forzada, pero supongo que ella querría verme feliz—. Me va bien en la escuela, no hay mucho que contar al respecto —al decir, algo cruzo mi cabeza.

La imagen de aquella sombría, pero triste chica que comparte clase conmigo.

—Bueno… Hay una chica… —sacudí la cabeza—. No es nada, es una tontería. Apuesto que ni se ha de acordar de mi —comente con desanimo.

Ella ni siquiera sabía mi nombre, sería muy normal que no se acuerde de aquel chico que solo la acompaño a la sala del director.

Me mantuve un tiempo en silencio, admirando la lápida, imaginando a mi abuela tejiendo como todas las tardes, hasta que el sonido de un par de sollozos me sacó de mis pensamientos.

Mire por todos lados hasta que vi a una chica a unas cuantas lapidas lejos de mí, la hubiera ignorado, pues en un cementerio la gente siempre suele ponerse sentimental, pero algo en ella se me hizo familiar.

Me acerque a ella, hasta estar a solo un par de pasos de distancia, no quería espantarla, solo querría confirmar mi corazonada.

—¿Carina? —pregunte más asombrado que nada.

Juro que, si no hubiera sido ella, habría confirmado que estoy algo obsesionado por esa chica, pero fue cuestión de tiempo para que quitara las manos de su cara y volteara a verme.

Pude verla claramente en ese momento, aquellos ojos rojos, lagrimas brotando sin cesar y su respiración tan alterada por un aparente sentimiento de remordimiento. Fue entonces que confirme mi teoría inicial, ella estaba igual de rota que yo.

Sin dejarme pensar en lo absoluto, pude sentir como ella se abalanzo sobre mi pecho y continúo sollozando. Parecía que llevaba mucho tiempo sin ser sincera con sus emociones o siendo incapaz de hacerlo frente a otros.




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