La alarma del reloj sonó puntual, como siempre; sin embargo, Mateo ya llevaba un par de minutos despierto. Su cuerpo poseía un cronómetro interno calibrado con la misma precisión obsesiva que empleaba para trazar sus reglas. A las 5:28 a. m., sus ojos se abrieron, encontrándose con el techo blanco, una superficie lisa y perfecta que no ofrecía distracciones.
Se vistió en silencio, enfundándose en ropa deportiva tan inmaculada como las paredes que lo rodeaban. Antes de abandonar la habitación, se detuvo frente a su escritorio: sus libros de arquitectura descansaban en una secuencia de alturas descendentes, alineados con una exactitud casi quirúrgica. Para Mateo, aquel orden no solo era estética; era su armadura contra el caos del mundo exterior.
Al salir del apartamento, el pasillo estaba desierto. Mateo evitó el elevador y bajó las escaleras trotando; prefería el esfuerzo físico para ayudarlo a terminar de despertarse. Una vez en la calle, comenzó a correr. Sus zancadas eran rítmicas, su respiración controlada. La ruta que tomaba era la misma desde hacía dos años, cuando comenzó a correr por las mañanas. En total, corría cinco kilómetros y medio, pasando por varias calles que conocía de memoria, dando una vuelta al parque cercano y regresando. La etapa final de su carrera matutina consistía en subir los ocho pisos de su edificio hasta llegar a su apartamento. Todo el recorrido lo realizaba en treinta y cinco minutos, y para cuando entraba, a las seis y veinte, su madre ya estaba despierta, y el ruido en su casa se hacía notar.
Se duchó, cepilló sus dientes y peinó su cabello. Aquella mañana, mientras ajustaba su corbata, perfectamente centrada frente al espejo del baño, se detuvo a contemplarse un momento. Había ganado estatura y sus facciones se habían afilado; objetivamente, era un joven atractivo, o al menos eso aseguraba su madre con orgullo. Al examinarse, Mateo tuvo que admitir que ella no estaba del todo equivocada. Había heredado la elegancia natural de sus rasgos: el cabello negro azabache, lacio y dócil bajo el peine, y unos ojos color miel que, en ese momento, lo observaban con una seriedad impropia para alguien de su edad.
Al salir a la sala, el ambiente cálido, el aroma del desayuno preparado por su madre, y el parloteo de su hermana llenaban el espacio.
—¡Mateo, el café se va a enfriar! —le dijo su madre desde la cocina.
—¿Todo listo para tu primer día de clases, Teo? —le preguntó su padre levantado la vista del periódico.
Lucca Romani era un hombre de presencia sólida, con las manos curtidas por los años de esfuerzo en el sector de la construcción. A sus cuarenta y cinco años, había transformado su trabajo duro en una compañía exitosa y había construido para su familia un buen hogar. Aunque podía ser un poco estricto y firme, también era cariñoso y amable; cualidades que Mateo admiraba de su padre.
—El grupo es una locura hoy —dijo Lucía—. Todo el mundo está hablando del accidente de Van der Woude, la loca, el viernes durante la reunión de profesores.
—¿La profesora de Biología? —preguntó su madre.
—¿La que tiene una iguana? —intervino su padre, apartando la vista del periódico.
—Sí, se llama Darwin —dejó en claro Lucía, comenzando a narrar lo que parecía más una historia de ficción, aunque Mateo sabía que, cuando se trataba de Van der Woude, la loca, cualquier cosa era posible. Resulta que el viernes anterior al inicio de las clases, la profesora trató de explicar al resto de sus colegas el ciclo de polinización de una flor exótica que había traído de uno de sus viajes a la selva. La profesora, bastante volátil, se emocionó tanto que, en su afán de expresar la maravilla de aquel proceso, subió a la mesa del salón y empezó a gesticular con los brazos de una manera extraña. En ese momento, y quién sabe cómo, se le enredó la bata en el ventilador del techo. La pobre quedó enganchada en una posición poco agraciada. Al final, Andreas Catsar el nuevo profesor de educación física, tuvo que subir a una escalera para desengancharla mientras ella, ruborizada, se apoyaba en él para bajar.
—En el grupo lo único que quieren saber es si el ventilador está bien —dijo finalmente Lucía, entre risas.
Mateo salió del edificio a las 07:32 a. m. Tres pisos abajo lo esperaba Valeria, su amiga desde que su familia se mudó. Salieron juntos, observando cómo la ciudad, bajo la luz de mediados de septiembre, se veía nítida. Caminaron hacia la estación del metro, disfrutando de la sombra alargada que proyectaban los edificios de cristal.
Al llegar al andén, el aire era más denso y cálido. Los esperaba David, el mejor amigo de Mateo, quien los saludó alegremente, y juntos aguardaron el tren. Hablaron del tema de moda: ¡Van der Woude, la loca! Rieron y especularon sobre la sorpresa que les tendría el primer día de clase de biología. Cuando el tren llegó, las puertas se abrieron y una corriente de aire movió el cabello perfectamente peinado de Mateo. Se sentó junto a sus amigos y consultó el programa del primer día de clase. El tren había comenzado a cerrar las puertas cuando alguien lo detuvo dos vagones más atrás para poder entrar y no perder ese tren. Mateo no le dio mucha importancia y siguió contemplando su horario de clases.
No estaba muy seguro sobre cuáles optativas debía tomar por las tardes. Definitivamente no sería el equipo de fútbol, aunque no era tan malo en deportes; no le gustaba la idea de tratar con un montón de futbolistas en los vestidores. También había descartado el club de cocina. Sabía que la clase de la chef Margot Laurent era un festín garantizado, pero él era un completo desastre entre sartenes y ya tenía suficiente con las generosas raciones de su madre. Al final, se decidió por el club de debate. «Al menos Valeria estará ahí», se dijo. Solo le quedaba otra vacante por llenar, debía escoger entonces entre el club de robótica y el club de teatro, pues también había descartado el coro y la orquesta del instituto.