Para Mateo, la semana no era más que una serie de bloques de tiempo que debía gestionar. Sin embargo, aquella primera semana de clases había sido muy diferente a las demás.
Lunes:
En la clase de Tecnología, el profesor Hiroshi Tanaka —un hombre que medía la eficiencia en milisegundos— quedó cautivado por Charlie en menos de diez minutos. Mientras Mateo luchaba por optimizar un código de automatización, Charlie compartió una anécdota sobre cómo había logrado redirigir el sistema de riego inteligente de su antigua escuela para salvar el jardín botánico de una sequía crítica. Sorprendido, el profesor Tanaka lo nombró "consultor honorario" de la clase.
Mateo apretó los dientes. Era oficial: Charlie Vanderbilt había iniciado su cacería. Con una elegancia letal, se estaba apropiando de cada espacio, marcando su territorio y redefiniendo las normas del ecosistema Silverwood.
Después del almuerzo, Mateo formalizó sus optativas. Descartó con decisión la clase de robótica del profesor Tanaka y eligió: el Club de Teatro.
—¿Teatro, Mateo? —Valeria, que estaba a su lado inscribiéndose en Debate, lo miró con extrañeza—. Pensé que elegirías Robótica. Es más… tú.
—Necesito mejorar en mi oratoria para los proyectos de arquitectura —mintió él, aunque su verdadera razón era mucho más visceral.
Había observado a Charlie en la mañana en la clase de Tecnología era: espontáneo, pero pragmático; brillante, pero poco dado a la introspección dramática. Mateo estaba convencido de que alguien como Charlie Vanderbilt seguramente optaría por la clase de robótica. Mientras tanto, el teatro sería su zona libre de Vanderbilt. Su refugio.
Ese día, las clases concluyeron un poco antes de lo habitual. Mateo y su grupo de amigos decidieron ir a tomar algo para celebrar el inicio del ciclo escolar.
Cuando, al final de la tarde, Mateo llegó a su edificio, el cansancio pesaba sobre sus hombros. El ascensor llegó al octavo piso con un ding metálico y Mateo salió, mientras buscaba las llaves en su mochila, pero se detuvo al notar algo inusual: la puerta del 8B, justo enfrente de la suya, estaba abierta de par en par.
Intentó mantener la vista al frente, aferrado a su deseo de ignorar lo que no le incumbía, pero, al acercarse a su propia entrada, la curiosidad lo obligó a desviar la mirada. Dentro del apartamento, entre cajas de mudanza y muebles a medio desempacar, estaba Charlie.
Este distaba del que había portado en la mañana el uniforme de Silverwood. Llevaba una sudadera naranja que parecía iluminar el lugar y contrastaba con unos shorts deportivos color negro que dejaban a la vista la musculatura de sus piernas. No llevaba zapatos; solo unos calcetines blancos que se deslizaban por el suelo del apartamento. Su cabello, que en la mañana parecía tener un desorden calculado, ahora era un nido de rizos completamente despeinados, como si hubiera pasado horas lidiando con cajas de mudanza o simplemente olvidándose de que el resto del mundo existía.
Se veía… extrañamente humano. Desprotegido, incluso.
Mateo se quedó paralizado, con la llave aún suspendida frente a la cerradura, incapaz de romper el contacto visual con la escena. En ese instante, como una pieza de un rompecabezas que encaja con un golpe seco, resonaron en su mente las palabras de su madre, dichas hace unas semanas.
Fue durante una cena, entre el sonido de las noticias y el tintineo de los cubiertos. Ella había mencionado que el 8B finalmente tenía dueño; habló de unos empresarios y de un hijo que se mudaría con ellos. En aquel entonces, Mateo ni siquiera levantó la vista de su plato. Estaba demasiado ocupado asegurándose de que sus guisantes estuvieran alineados en una cuadrícula perfecta de tres por tres, ignorando el mundo exterior como si sus muros de orden fueran impenetrables.
Qué estúpido se sentía ahora. Había tenido la advertencia desde hacía tiempo y no había encendido la alarma.
Mateo no supo cuánto tiempo permaneció allí, tratando de meter la terca llave en la cerradura. Pero Charlie, de espaldas y sumergido en su propio caos, pareció detectar la mirada ajena con la agudeza de un felino que siente que es observado.
Sin dejar de sostener una de las cajas, Charlie se giró con lentitud fluida. Al encontrar a Mateo en el pasillo, no mostró sorpresa en su rostro, solo una chispa de reconocimiento divertido. Con naturalidad, levantó la mano libre en un saludo amigable, dedicándole una pequeña inclinación de cabeza.
—El mundo es mucho más pequeño de lo que pensaba, Teo —comentó, y su voz, aunque suave, pareció reclamar el control de todo el pasillo.
Mateo apenas pudo responder el saludo. El mecanismo de su cerradura finalmente cedió y entró en su apartamento casi de un salto, cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco que resonó como una declaración de guerra. Apoyó la espalda contra la puerta fría, sintiendo los latidos de su propio corazón. El santuario había sido comprometido. El depredador ahora vivía del otro lado del pasillo.
Martes:
En la clase de Matemáticas, la profesora Isabelle Beaumont, una mujer tan elegante como sus ecuaciones diferenciales, no tardó en rendirse ante la presencia de Charlie. Mientras Mateo resolvía un problema complejo de cálculo en su cuaderno, Charlie ya estaba en la pizarra, discutiendo con Beaumont una forma alternativa de resolver el teorema usando lógica abstracta. Y, lo que es peor, haciéndola sonreír varias veces.