El apartamento 8B olía aún a pintura fresca. Los padres de Charlie, Bram y Margot Vanderbilt, lo habían comprado y remodelado por completo para él antes de la mudanza. Querían que tuviera el mejor comienzo posible, un lugar donde pudiera tener una nueva oportunidad. Eran buenas personas, genuinamente preocupadas por su bienestar, pero su forma de demostrar amor solía venir en forma de transferencias bancarias, mientras ellos recorrían el mundo por trabajo.
Cuando Charlie entró en su apartamento, la ciudad ya había oscurecido. Había preferido cenar una hamburguesa de camino a casa. Lanzó las llaves sobre la encimera de mármol de la cocina y dejó a su lado un paquete que acababa de recoger en la recepción del edificio. Era lo que había pedido por internet unos días atrás. Sin molestarse en abrirlo, se dirigió al refrigerador, tomó una bebida fría y se hundió en el sofá de la sala de estar. Se quedó allí un momento con la vista perdida en las luces de la ciudad.
Antes de terminar el último trago, se puso en pie y se dirigió al baño para darse una ducha rápida. Aunque ya se había duchado más temprano en el instituto, le gustaba tomar una ducha antes de dormir, esperaba que el agua caliente le ayudara a descansar.
Tras la ducha, se puso unos pantalones de pijama negros y una camiseta blanca, ambos de una tela tan suave y holgada que apenas sentía que llevaba algo puesto. Se secó el cabello con una toalla, dejándolo revuelto y se dejó caer en la cama con el teléfono en la mano.
Aunque apenas llevaba cinco días en el nuevo instituto, su vida social ya parecía haber cobrado vida propia. La pantalla se iluminó con una cascada de notificaciones: ya lo habían incluido en tres grupos de chat diferentes y tenía varios mensajes de números desconocidos, probablemente de chicas que habían conseguido su contacto a través de Javi o de algún compañero de equipo.
Sin embargo, ignoró el ruido de su popularidad recién estrenada. Deslizó el dedo por la pantalla hasta encontrar el chat que realmente le importaba: el de su familia. Abrió el chat y escribió:
Charlie: El apartamento 8B sigue en pie. He sobrevivido a la primera semana sin incendiar nada. Espero que todos estén bien. Los quiero (un poco).
Mantuvo la mirada en los dos checks grises, sabía que sus padres tardarían en responder debido a la diferencia horaria o a alguna cena de negocios. Justo en el momento que iba a bloquear el teléfono, vio la señal de que Alex escribía.
Alex: Mentiroso. Seguro que ya tienes a medio instituto a tus pies. :* ¿Y qué es eso de que "un poco"?
Charlie sonrió; amaba a su hermana. Se incorporó en la cama y le respondió:
Charlie: Todavía no… dame un poco más de tiempo. ;)
Papá: Hola, campeón. Me alegra saber que el 8B sigue entero, ¡más te vale! jejeje.
Mamá: ¡Hola, amor!... me dejas mucho más tranquila. El apartamento es precioso, espero que lo estés cuidando.
Charlie: Si, mamá.
Mamá: Por favor, prométeme que no meterás a nadie todavía, ¡deja que la pintura se asiente al menos una semana!
Charlie: Claro que no… en dos semanas tal vez. 3:)
Alex: Mentiroso… en menos tiempo. ;)
Mamá: ¿Ya hiciste amigos?
Mamá: ¿Ya comiste algo decente o sigues a base de hamburguesas?
Mamá: Dime si el servicio de limpieza ha ido hoy, no quiero que acumules platos.
Mamá: ¿Tienes ropa limpia para el lunes?
Charlie: Si a todo, mamá.
Mamá: Avísame si necesitas que pida algo por internet para la despensa. Te mando un beso gigante.
Charlie: Tranquila, mañana voy a comprar algunas cosas. :*
Papá: Te amamos, pórtate bien.
A pesar de la distancia, se sentía afortunado por su familia; los amaba profundamente y sabía, sin ninguna duda, que ellos lo amaban a él. Cerró los ojos y, por un instante, el olor a pintura fresca del 8B fue reemplazado por el aroma a salitre y protector solar. Recordó las vacaciones de verano, apenas unas semanas atrás. Los cuatro —Bram, Margot, Alex y él— habían pasado más de un mes juntos en la casa de la abuela, frente a la playa. Habían sido días de desayunos largos, almuerzos deliciosos, tardes de surf y cenas ruidosas bajo las estrellas. Charlie había aprovechado cada segundo, sabía, quizás de forma inconsciente, que ese era el combustible que necesitaba.
La pantalla de su teléfono, que descansaba sobre las sábanas, volvió a encenderse. Esta vez no era un mensaje del grupo familiar, sino un chat privado.
Alex: ¿Cómo estás?
Charlie: Estoy bien, fue una semana… interesante.
Alex: ¡Cuéntame! :D
Charlie suspiró y miró el teclado del móvil. La idea de resumir por escrito toda su primera semana de clases le pareció, de todo menos divertida. Sin pensárselo dos veces, pulsó el icono de la cámara y llamó directamente a su hermana.
—¡Gatito! —dijo Alexandra en cuanto apareció su rostro en pantalla, rodeada de telas y máquinas de coser—. Sabía que te daría pereza escribir.