El sábado por la mañana era el día de limpieza de Mateo Romani. Aunque su madre mantenía el apartamento impecable, a Mateo le gustaba realizar una limpieza profunda en su propia habitación. El sonido de la aspiradora era su banda sonora mientras organizaba sus libros por color y altura; así se aseguraba de que el polvo no tuviera lugar donde esconderse.
Mientras tanto, en el 8B, Charlie Vanderbilt se enfrentaba a la realidad de vivir solo: la nevera estaba desierta. Con un suspiro, tomó sus llaves y salió a enfrentar el supermercado, una tarea que siempre le había parecido una aventura.
A media mañana, Mateo recordó lo que su madre le había pedido más temprano: —Mateo, ¿podrías llevarle este recipiente a la señora de la Croix? Me lo prestó con aquellos pastelitos el mes pasado y olvidé devolvérselo. Yo salgo ya al supermercado.
Mateo tomó el recipiente de vidrio, impecablemente lavado, y decidió bajar por las escaleras; era solo un piso, y prefería el ejercicio al encierro del ascensor. Al llegar al pasillo, tocó el timbre del 7B. Mientras esperaba, el sonido metálico del ascensor anunció una llegada.
Las puertas se abrieron y, de la cabina, salió Madame Geneviève con su habitual elegancia, sosteniendo un paquete y su extravagante bolso de diseñador. Detrás de ella apareció alguien que cargaba una montaña de bolsas de papel.
—¡Mateo! Querido, qué gusto verte—dijo la anciana.
—Buenos días, Madame de la Croix. Vine a traerle esto —dijo educadamente Mateo.
—Pero qué caballeros tengo por vecinos —comentó ella, al buscar con parsimonia en su bolso—. Mateo, ¿conoces al joven Charlie? —girándose hacia la montaña de bolsas—. Se mudó hace poco al 8B. Nos encontramos en el supermercado y, como todo un capitán de barco, se ofreció a cargar con mis provisiones. Charlie, él es Mateo.
Charlie asomó la cabeza por encima de una bolsa de lechugas orgánicas. Al ver a Mateo, una sonrisa apareció en su rostro. —Hola, ¿repartiendo tupperwares por el edificio?
Mateo sintió que su cuello empezaba a arder. —Hola —respondió con rigidez—. Ya nos conocemos, Madame —murmuró, mientras evitaba la mirada de Charlie.
—¿Ah, sí? —ella arqueó una ceja perfectamente delineada mientras hurgaba en el caos de su bolso.
Se hizo un silencio incómodo. Mateo sostenía el recipiente como si fuera una granada, mientras Charlie equilibraba el peso de las bolsas con una facilidad atlética que irritaba a Mateo. Tras un par de minutos de búsqueda dramática, Geneviève finalmente abrió la puerta.
—¡Miau!
Lulú apareció en el umbral. Tras dedicarle a Mateo una mirada de gélida indiferencia, fue directa a Charlie. Arqueó el lomo, hundió su pelaje blanco contra los pantalones de él, y arrancó un ronroneo que vibraba como un motor en miniatura.
—¡Hola, preciosa! —dijo Charlie, al bajar una de las bolsas para que la gata pudiera olfatear su mano. Lulú respondió con un lametón de su lengua áspera.
—¡Vaya, Charlie! Parece que has sido bendecido. Lulú es muy quisquillosa con la gente. Tarda semanas en dejar que alguien la toque, pero mírala… que regalada.
Como si quisiera confirmar las palabras de su dueña, la gata se desplomó de lado. Giró sobre su lomo con un abandono absoluto, estiró las patas delanteras y ofreció su panza blanca en una invitación descarada.
Mateo simplemente hizo un gesto con los ojos, una mezcla de incredulidad y un leve "no puede ser" que dirigió hacia el techo, mientras apretaba el recipiente de vidrio contra su pecho.
Charlie soltó el resto de las bolsas y se puso de cuclillas con esa agilidad natural suya. Comenzó a rascarle el vientre con una familiaridad asombrosa, como si conociera exactamente los puntos exactos que la gata exigía.
—Bueno, no nos quedemos aquí fuera —dijo Madame Geneviève, con un gesto elegante hacia el interior de su hogar—. Pasen, caballeros. Lulú no dejará que Charlie se vaya tan fácilmente, así que mejor tomemos un poco de aire dentro.
Charlie se levantó, todavía con una sonrisa dirigida a la gata, y entró al apartamento con las bolsas de la compra. Mateo, sin más remedio que seguir el protocolo, entró tras ellos solo lo justo para cumplir con su encargo.
Mateo entró apenas dos pasos, dejó el recipiente sobre la primera mesa que encontró (una consola de estilo Luis XV) y retrocedió hacia la puerta. —Debo irme, Madame. Tengo cosas que... adiós.
—¡Espera! —llamó ella, pero él ya estaba en el pasillo—. Bueno, ya se fue.
Se volvió hacia Charlie, que terminaba de acomodar las bolsas en la encimera. —Charlie, querido, gracias por tu ayuda. Espera un segundo, quiero darte algo.
Madame Geneviève se acercó a su imponente biblioteca de madera oscura. En el centro, destacaban tres niveles repletos con hileras del mismo libro; una muralla de lomos de color rojo intenso que brillaban bajo la luz cálida del salón. Con un movimiento ceremonioso, tomó un ejemplar de tapa dura de Mareas de Terciopelo y Sal y, con una pluma estilográfica, escribió una dedicatoria rápida con trazos elegantes.
—Es mi obra más querida —dijo, entregándoselo con una sonrisa en el rostro.
Charlie aceptó el libro, intrigado por la portada donde un pirata de camisa abierta sostenía a una dama en apuros frente a un mar embravecido. Lo abrió con curiosidad y leyó la dedicatoria en voz alta: