Loyalty

5. ¿Compromiso?

No acaba de decir lo que acaba de decir.

Ni de coña.

No lo acepto.

Lo rechazo.

Me niego.

Me indigno.

—No.—Respondí secamente.

Su mirada cambió. Frunció su ceño confundido.

—No te he hecho ninguna pregunta.—Respondió con algo de diversión.

—Lo sé, pero me niego a escuchar estas cosas de ti.

—Leila.—Me llamó con tranquilidad porque yo seguía hablando.

—No puedes creer que por cuatro cosas bonitas o acciones buenas que tengas voy a caer de nuevo a tus pies. Eso no va a pasar.—Él volvió a decir mi nombre, pero lo volví a ignorar.— No soy tu juguete, Alaric. Ni pienses que quiero serlo, porque estas equivocado.

—Hase.

Me callé de inmediato mientras mi expresión cambiaba a una extraña.

Hase...

Acaba de volver a llamarme hase después de mucho tiempo.

Y me ha dejado como una tonta con la palabra en la boca.

—Solo acepta lo que te digo.—Su tono era suave. Casi no me lo creía.—No te estoy diciendo o pidiendo que volvamos, Leila.

Mi cara se volvió roja de la vergüenza.

Era verdad, en ningún momento había dicho nada de volver.

—Yo...—No sabía lo que decir. Tenía que irme de ahí antes de dar más pena.—Me voy.

—Leila.

Me llamó, pero yo ya estaba caminando de regreso a la casa.

Algo dentro de mí me pedía volver, pero le estaba haciendo a mi lado racional al irme lejos de él.

Una vez dentro volví con mis hermanos.

Caleb fue el único que me miró con una ceja alzada.

Se acercó más a mí, seguro para decir algo que no quería que nadie más escuchara.

—Llevo mucho tiempo sin verte escapar a la fuente.—Lo dijo con tranquilidad mientras miraba al frente.

Mi padre daba su discurso de fondo.

Él sabía lo de la fuente. Claro que lo sabía. Sabe cuando miento.

—Necesitaba aire.—Me excuse.

—¿Aire con Müller?—Hizo una pausa y me miró.— Estas colorada.

Mi cuerpo se tensó de inmediato y miré hacia la tarima donde estaba mi padre.

—No creo que deba recordarte por qué lo dejaste.—Volvió a hacer una pausa.—¿O si?

—No lo he olvidado.

—Pues sé mas lista que él.

Con eso dió por finalizado la conversación y puso su mejor sonrisa, porque nuestro padre le había llamado para subir con él.

—Es un placer estar aquí con todos vosotros.—Dijo, en un tono amistoso, una vez que tenía el micrófono en mano.—Espero que estéis donando cantidades generosas. Todo ese dinero se usará para un nuevo hogar para niños sin padres, sin una casa estable, sin recursos, para los que no tienen una familia. Nosotros, los Volkov, haremos posible que tengan un hogar, una familia. Porque sabemos que no hay nada más importante que la familia.

Los aplausos resonaron en la sala.

Mi padre miraba orgulloso a Caleb.
Su hijo mayor siguiendo un legado con el mismo éxito que él tuvo.

Caleb le devolvió el micrófono a padre con una sonrisa.

—Todo nuestro éxito, nuestra motivación para seguir trabajando duro es gracias a todos vosotros. Sin vuestra ayuda no estaríamos donde estamos, ni podríamos hacer todo lo que hacemos.—Hizo una pausa algo dramática.—Sobre todo, agradecer a uno de nuestros socios y el mejor inversionista que tenemos diría yo. Su padre era un gran amigo mío, a pesar de ser alemán, claro.—Dijo en un tono de diversión y la gente río por su chiste.— Otto Müller fue un increíble hombre y su hijo Alaric aprendió lo mejor de él. Ha sacado su destreza, su lealtad y sobre todo esa confianza a la hora de negociar. Por eso pido a ese chico que ahora es un hombre que suba aquí y diga unas palabras.

Puse mis ojos en blanco. Estaba aburrida de tantos discursos.

Alaric apareció, pero mi cabeza desconectó cuando empezó a hablar.

Todavía quedaba unos veinte minutos de agradecimientos y cortesías de esas.

De repente, alguien cubrió mis ojos.

Fruncí mi ceño confundida.

—¿Quien soy, princesa?—Susurró en mi oído en un tono de diversión.

Conocía esa voz demasiado bien.

Alaric

Había bajado de la tarima junto a Alexei Volkov, después de los discursos.

Tenía los mismos ojos grises de Leila y su pelo negro, aún que las canas estaban ahí.

Estábamos hablando sobre la sucursal que él quería abrir en Corea, hasta que su vista se desvió y una sonrisa genuina apareció en sus labios.

—Debo presentarte a ese chico.—Dijo mientras señalaba a alguien en la dirección donde estaba mirando.

Me arrepentí al segundo de haber mirado.

Era Óscar Greyman junto a una Leila muy risueña por la absurda historia que seguro le esta contando.

Un chico fuerte y alto. De cabello negro, aún que parecía que en las puntas tenía mechas grises. Sus ojos marrones. De lo más aburrido.

Sabía quién era. Aiden lo había mencionado un par de veces en alguna conversación.

Pero Alexei no sabía eso. Así que quise aprovecharlo, para sacar información.

—¿Quién es?—Dije en un tono de falsa curiosidad.

—Óscar Greyman, un gran jugador de rugby. Leila dijo que es su mejor amigo cuando me lo presentó, pero sé que hay más porque veo como siempre revolotea a su alrededor.

—¿Cree que es su novio?—Pregunté sin poder disimular mi molestia.

—A él le gusta. Se le ve en los ojos.—Hizo una pausa sin dejar de mirar hacia su hija y Óscar.—Siempre he deseado que mis hijos estén con alguien que les mire con ojos brillantes, que sus parejas piensen que a sus ojos son la única cosa maravillosa y extraordinaria. Mi mujer siempre dice que los ojos nunca mienten.

Mi mirada fue a Leila. Ante mis ojos ella era grandiosa. Una musa.

¿Alexei me daría su bendición si se la pidiera?

Aún que no estoy seguro de que ella quiera casarse conmigo.

—Leila es salvaje, muy suya.—Siguió hablando mientras yo la miraba embobado.—No creo que cualquier hombre pueda controlar el fuego que lleva dentro. Tu ya debes saberlo, Alaric.

Suspiré dejando todos mis pensamientos atrás y aparte mi mirada de ella.



#3249 en Novela romántica
#938 en Otros
#368 en Humor

En el texto hay: humor, mafia, amor

Editado: 05.08.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.