Lucero De La Mañana: El Regreso al Paraíso

El precio del despertar

El Abismo no estaba preparado para lo que ocurrió. Cuando la luz de Luzbel comenzó a expandirse, no lo hizo como una explosión violenta, sino como una verdad imposible de contener. Las sombras que lo rodeaban intentaron cerrarse, endurecerse, aplastarlo de nuevo en el silencio, pero aquella luz no era nueva ni prestada. Era antigua. Era la misma que había brillado al principio de todo.

Luzbel sintió cómo las capas del Abismo se desprendían de su esencia como piel muerta. La culpa seguía allí, sí, pero ya no era una cadena: era memoria. Y la memoria, comprendió, no debía ser negada, sino atravesada. Sus alas comenzaron a formarse primero.

No surgieron blancas ni intactas. Se desplegaron lentamente, inmensas, compuestas de todos los colores del amanecer: dorados, carmesíes, azules imposibles, violetas profundos. Cada pluma parecía contener un recuerdo, una decisión, una herida superada.

Su cabellera volvió a encenderse como oro vivo. Sus ojos, cerrados durante eras, se abrieron y el Abismo retrocedió.

—No —susurraron las sombras—. Tú no puedes levantarte.

Luzbel dio un paso al frente.

—Puedo —respondió—. Porque no lo hago por mí.

La luz se expandió un poco más..Muy lejos de allí, en el Cielo conquistado, Migael sintió el cambio. El señor del Inframundo se detuvo en seco, con la mano aún extendida hacia una prisión recién sellada. El aire oscuro a su alrededor vibró, inestable.

—¿Qué es esto…? —murmuró.

La sensación no era amenaza directa. Era algo peor. Era esperanza. Migael cerró los ojos, concentrándose. Buscó la fuente. Y la encontró.

—No —dijo, ahora con furia contenida—. Tú no.

El nombre ardió en su mente como un insulto antiguo.

—Así que despertaste —escupió—. Demasiado tarde.

Alzó la mano y el Inframundo respondió.

—Si él regresa —ordenó—, entonces Miguel pagará primero.

La prisión del general del Cielo se contrajo con violencia. Miguel jadeó cuando las cadenas se tensaron alrededor de su torso y alas, hundiéndose en su luz como garras invisibles. Esta vez no fue advertencia. Fue castigo.

—¡No! —intentó decir, pero el dolor le robó la voz.

Migael apareció frente a él, más sólido que nunca.

—Lo llamaste —dijo—. Y eso tiene consecuencias.

La prisión se abrió apenas lo suficiente para mostrarle el Cielo. Miguel vio. Vio a Gabriel suspendido en su jaula, silencioso. Vio a Rafael consumiéndose al sentir cada herida ajena. Vio a los ángeles empalados en estructuras de sombra, convertidos en monumentos de derrota.

—Mira lo que provocas —susurró Migael— Cada latido de esperanza cuesta vidas.

Miguel apretó los dientes, negándose a gritar.

—Él vendrá —dijo, con un hilo de voz—. Y cuando lo haga tú caerás.

Migael sonrió.

—Entonces apresurémonos.

Con un gesto brutal, cerró la prisión. Miguel sintió cómo parte de su luz era arrancada, no extinguida, sino separada, fragmentada y absorbida por la oscuridad. Un grito silencioso atravesó su esencia.

En el Abismo, Luzbel lo sintió. Se dobló sobre sí mismo por un instante, atravesado por el dolor de su hermano como una lanza ardiente.

—¡Miguel! —rugió.

El Abismo tembló con su voz.

—No te atrevas a rendirte —dijo, aferrándose al vínculo— No ahora. No cuando ya he vuelto.

— No lo haré,— respondió Miguel, débil pero presente.— Pero date prisa.

Luzbel alzó el rostro. La luz que lo rodeaba ya no era contenible. Las sombras se rasgaban, abriendo grietas que no deberían existir. El Abismo comenzaba a fracturarse.

—Entonces escúchame bien —dijo Luzbel, con una calma que anunciaba tormenta— Voy a atravesar este lugar.

Las sombras retrocedieron.

—Voy a romper tus puertas —continuó— Voy a cruzar tu noche.nY voy a regresar al Cielo.

El Abismo rugió como una bestia herida. Muy lejos, Migael sintió por primera vez algo que no conocía. Miedo.

—Deténganlo —ordenó—. ¡Ahora!

Pero ya era tarde. La luz avanzaba. Y el Cielo, aunque encadenado y sangrante, volvió a latir.




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