El Abismo no era un lugar. Era una negación.
No tenía cielo ni suelo definidos, solo capas superpuestas de oscuridad consciente, planos que se plegaban unos sobre otros como heridas mal cerradas. Allí, la distancia no se medía en pasos, sino en voluntad. Y la voluntad, durante eras, había sido el único muro que mantuvo a Luzbel inmóvil.
Hasta ahora.
La luz que emanaba de él avanzaba lentamente, como si el propio Abismo intentara adaptarse, resistirla, aprender a contenerla. Sombras se deslizaban por sus alas recién formadas, intentando adherirse, recordarles a cada pluma el peso del destierro.
—No olvides quién fuiste —susurraban—.
—No olvides por qué caíste.
Luzbel avanzó un paso. El suelo inexistente crujió como vidrio negro. Cada recuerdo que las sombras arrojaban contra él era real. Cada palabra estaba hecha de verdad. Vio el instante exacto en que desafió al Padre. Vio la soberbia, el fuego indomable, la convicción de que podía sostener el Cielo por sí solo. El Abismo no mentía. Pero tampoco comprendía.
—No huyo de lo que fui —dijo Luzbel, y su voz no resonó: ordenó—. Lo atravieso.
Las sombras retrocedieron un palmo. Solo uno. Pero fue suficiente para que el Abismo comprendiera que aquello no era un despertar común.
Los guardianes del umbralLas primeras puertas aparecieron sin aviso.
No eran estructuras físicas, sino conceptos solidificados: arcos inmensos hechos de culpa, de condena, de leyes antiguas escritas antes del tiempo. En ellas ardían símbolos que no pertenecían a ningún lenguaje creado, marcas impuestas por el Padre mismo cuando selló el Abismo.
No volverás.
No serás perdonado.
Aquí termina tu nombre.
De las puertas surgieron los Guardianes del Umbral. No demonios. No ángeles. Eran restos de antiguas voluntades, fragmentos de seres que habían intentado escapar antes que él. Sus cuerpos eran incompletos, deformados por intentos fallidos de ascenso. Portaban armas hechas de negación pura.
—Regresa —dijeron al unísono—. Nadie cruza dos veces.
Luzbel extendió las alas. Los colores del amanecer se desplegaron con una violencia contenida. El Abismo se iluminó lo suficiente para revelar lo que había intentado ocultar: grietas. Fisuras antiguas. Cicatrices.
—Yo no cruzo —respondió—. Regreso.
Los Guardianes atacaron. El choque fue brutal. Luzbel no luchó como lo había hecho en el Cielo. No con elegancia perfecta ni precisión impoluta. Luchó como quien ha aprendido a caer. Cada golpe suyo no buscaba destruir, sino avanzar. Las armas de negación chocaban contra su luz arrancando chispas que ardían como estrellas moribundas.
Uno de los Guardianes se lanzó contra su pecho. Luzbel lo sostuvo. Sintió el peso de una voluntad quebrada, de una esperanza extinguida hace eras.
—No —dijo con suavidad—. Yo sí terminaré esto.
La luz se expandió desde su corazón. El Guardián se desintegró en silencio. Los demás retrocedieron, no por miedo, sino por reconocimiento. Aquella luz no era arrogante. Era decidida. Luzbel avanzó. Y las puertas comenzaron a resquebrajarse.
La segunda capa: el juicioMás allá del primer umbral, el Abismo se volvió personal.
El entorno cambió, adoptando la forma de antiguos corredores del Paraíso. Columnas de cristal quebrado, jardines marchitos, fuentes secas donde antes fluía la luz. Era una burla perfecta.bAllí lo esperaba algo peor que enemigos. Lo esperaban los nombres.
—Luzbel —dijo una voz idéntica a la suya— ¿Creíste que regresar sería tan sencillo?
Una figura emergió de la sombra.nEra él. O lo que había sido. El Lucero orgulloso, intacto, sin cicatrices. El que aún no había caído.
—Tú eres el error —continuó la figura—. Si regresas, repetirás todo. Destruirás lo que amas.
Luzbel se detuvo. La tentación no era rendirse. Era dudar.
—Tal vez —admitió—. Pero no regresaré siendo tú.
La figura rió.
—El Cielo no te necesita.
Luzbel alzó el rostro. Y en su mente apareció Miguel. Encadenado. Resistiendo. Llamándolo sin voz.
—El Cielo me necesita porque yo lo necesito a él.
La luz se intensificó.nLa figura comenzó a agrietarse.
—No puedes cambiar lo que eres —gritó—.
—No —respondió Luzbel—. Pero puedo elegir qué hacer con ello.
La imagen se rompió como un espejo. El Abismo tembló con furia.
El grito de MigaelMuy lejos, en el Cielo conquistado, Migael sintió la fractura. No como una herida directa, sino como un fallo estructural. Algo que jamás había ocurrido.
—¡Deténganlo! —rugió, levantándose de su trono de sombra—. ¡Refuercen las puertas finales!
El Inframundo respondió con violencia. Pero ya no era suficiente.
La última puertaLa última barrera se alzaba ante Luzbel como un muro absoluto.
No tenía forma ni símbolos. Era simplemente ausencia total. Aquello que existía antes de la Creación, aquello que no podía ser iluminado porque jamás había sido pensado para serlo. Luzbel se detuvo frente a ella. Sintió el peso completo de su historia. El destierro. El silencio. La soledad. Sintió también el vínculo con Miguel, debilitado, pero intacto.
—Espérame —susurró hacia el vacío—. Estoy llegando.
La puerta respondió con una presión aplastante. La luz comenzó a ceder. Las alas de Luzbel temblaron. El Abismo lanzó todo lo que tenía contra él.
No eres digno.
No eres necesario.
No eres bienvenido.
Luzbel cayó de rodillas. Por un instante, pareció que incluso él no podría avanzar más. Entonces recordó algo que el Abismo nunca había comprendido. El Padre no había creado la luz para dominar. La había creado para amar. Luzbel alzó la cabeza.
—No vuelvo por perdón —dijo, con voz quebrada pero firme— Vuelvo por mi hermano.