Luzbel permanecía de pie ante la grieta abierta en el Abismo..No la tocaba. No la forzaba. La observaba como quien mira una herida abierta sabiendo que cerrarla exigirá más que voluntad. La luz que emanaba de ella latía con un ritmo irregular, como un corazón exhausto que se niega a detenerse.
Entonces llegó el dolor. No como un golpe único, sino como una marea súbita que lo atravesó por completo. Un grito contenido, disciplinado, desesperado. Luzbel apretó los dientes.
—Miguel… —susurró.
Pero no fue el único. El Abismo comenzó a responder..Sombras se agitaron. El suelo inexistente vibró. Y desde las profundidades, uno a uno, los caídos sintieron aquello que habían aprendido a bloquear durante eras: el vínculo. Luzbel se volvió.
—Vengan —dijo—. Ya no pueden fingir que no lo sienten.
Las figuras emergieron lentamente, como si el dolor las hubiera arrancado del letargo.
Asmodeo y el fuego que gritaAsmodeo se detuvo en seco..Su cuerpo se tensó, las alas negras estremeciéndose como si hubieran sido atravesadas por una llama invisible. Llevó una mano al pecho, jadeando.
—No —murmuró—. No ahora.
Pero el grito volvió..Un fuego sofocado, desgarrado, que pedía ayuda sin palabras. Asmodeo lo reconoció antes de que el nombre surgiera.
—Uriel…
La conexión se abrió sin permiso..Asmodeo..La voz de Uriel no era sonido. Era dolor puro, una llamarada atrapada en un círculo de sombra que se cerraba cada vez más. Asmodeo sintió el vacío que devoraba el fuego, la humillación de una llama obligada a apagarse.
— Me están apagando,— transmitió Uriel. — No puedo sostenerlo no puedo…
Asmodeo cayó de rodillas.
—Siempre fuiste el más fuerte —dijo, con la voz rota—. El que nunca dudaba.
— Siempre confié en ti,— respondió Uriel, y ese recuerdo ardió más que cualquier herida.— ¿Dónde estás?
Asmodeo cerró los ojos.
—Te fallé —susurró—. Te dejé solo.
El grito de Uriel se intensificó, convertido ahora en súplica.
— No me dejes apagar.
Asmodeo levantó el rostro, y en sus ojos negros algo volvió a encenderse.
—No lo haré —dijo—. Aunque tenga que arder contigo.
La conexión se cerró de golpe, dejándolo temblando. Asmodeo se puso de pie lentamente.
—Yo regreso —dijo—. Con o sin perdón.
Astaroth y la voz que fue palabraAstaroth no gritó. Simplemente se quedó inmóvil. Una presión suave, casi imperceptible, se instaló en su mente. No era fuego ni dolor físico. Era silencio forzado. La ausencia de una voz que había llenado el Cielo desde el origen.
—No—susurró— Gabriel…
La prisión de Gabriel respondió. Astaroth sintió el encierro de cristal negro, la asfixia de un don negado. Sintió palabras morir antes de nacer, mensajes que no podían ser pronunciados.
Astaroth, — llegó la súplica, frágil, quebrada. — No puedo hablar. No puedo llamar a nadie más.
Astaroth recordó los corredores de cristal, las conversaciones interminables, las risas suaves. Recordó cómo Gabriel siempre encontraba la palabra justa cuando todo parecía perdido.
—Tú me enseñaste a escuchar —dijo Astaroth—. A no temer al silencio.
— Ahora el silencio me devora, — respondió Gabriel.— Si no vienes me apagaré.
Astaroth apretó los puños.
—No me pidas calma —dijo—. No cuando te están robando la voz.
La conexión se tensó, cargada de una desesperación que ya no podía ser contenida.
—Espérame —susurró—. No volveré a perderte.
Cuando la conexión se disipó, Astaroth respiraba con dificultad.
—No soy quien fui —dijo, volviéndose hacia Luzbel—. Pero aún soy suyo.
Belial y la herida que sanaBelial siempre había sido silencio. Pero cuando Rafael gritó, ese silencio se rompió. Belial sintió el dolor como una marea que no distinguía cuerpos. Cada herida, cada caída, cada súplica atravesó su esencia sanadora como un castigo cruel. Rafael no pedía ayuda para sí mismo. Pedía para todos.
— Belial— llegó el llamado, débil, saturado de sufrimiento ajeno.— No puedo sostenerlos. Se me mueren…
Belial sintió el peso de miles de dolores superpuestos, una carga imposible incluso para un arcángel. Sintió la culpa de no estar allí, de haber abandonado el lugar donde más se lo necesitaba.
—Siempre fuiste demasiado generoso —dijo Belial, con lágrimas que no caían—. Cargando el dolor del Cielo entero.
— Y tú siempre me ayudabas a sostenerlo—, respondió Rafael.— ¿Por qué ya no te siento?
Belial se llevó una mano al pecho.
—Porque me escondí —confesó—. Porque tuve miedo de no ser suficiente.
El grito de Rafael se volvió apenas un susurro.
Vuelve.
Belial no dudó.
—Sí —dijo—. Por ti. Por todos.
La conexión se cerró suavemente, dejando una certeza imposible de negar.
La decisiónLuzbel los observó. No con autoridad, sino con respeto.
—Ya lo saben —dijo— El Cielo nos llama. No para absolvernos… sino porque nos necesita.
Asmodeo dio un paso al frente. Astaroth se colocó a su lado. Belial alzó el rostro, firme.
—Ellos fueron nuestros hermanos —dijo Asmodeo— Nuestros amigos.
—Nuestros favoritos —añadió Astaroth, con una sonrisa amarga.
—Nuestra responsabilidad —concluyó Belial.
El Abismo rugió, como si comprendiera lo que estaba a punto de ocurrir. Luzbel extendió las alas, y la luz del amanecer iluminó a los caídos.
—No prometo perdón —dijo—. No prometo regreso intacto.
Los miró uno por uno.
—Prometo que no los dejaremos solos otra vez.
El silencio que siguió fue absoluto..Luego, uno a uno, los caídos asintieron. La decisión fue unánime. Volverían al Paraíso. No como lo que fueron. Sino como lo que eligieron ser ahora. Y el Abismo, por primera vez, tembló de verdad.