La grieta se abrió como un desgarro vertical en la nada. No había suelo bajo sus pies..No había arriba ni abajo definidos. Solo aire herido, vibrando entre el Abismo y el Cielo..Luzbel desplegó las alas.
El primer batir fue pesado, como si el aire mismo dudara en sostenerlo. Sus alas negras se movieron con un ritmo profundo, poderoso, levantando corrientes de luz y sombra mezcladas. Detrás de él, los demás ángeles caídos hicieron lo mismo, elevándose uno a uno, formando una silueta imposible: un ejército suspendido en el vacío, avanzando hacia el Paraíso por una herida abierta en la eternidad. Volaban..No ascendían caminando hacia la redención. La arrancaban del aire.
A cada batir de alas, el Abismo quedaba más lejos. A cada impulso, la densidad oscura se volvía menos opresiva, como si el espacio recordara lentamente cómo era sostener la luz. Y entonces, comenzaron a cambiar.
El viento que los rodeaba ya no era corrosivo. Era frío, limpio, cargado de memoria. Rozaba sus cuerpos como una caricia antigua, arrancando capas de oscuridad acumulada durante eras.
Asmodeo sintió primero el cambio en el pecho. Su respiración se volvió más amplia, menos forzada. El fuego que lo habitaba dejó de ser una llamarada caótica y se concentró, estable, obediente. Mientras volaba, sus rasgos se afinaron, recuperando la belleza feroz que había tenido como arcángel. Sus alas, aún negras, se volvieron más vastas, más simétricas, cortando el aire con precisión.
Astaroth cerró los ojos mientras ascendía. El ruido constante del Abismo, ese murmullo que nunca callaba, comenzó a disiparse. Su mente se aclaró como un cielo tras la tormenta. La serenidad volvió a dibujarse en su rostro, y su vuelo se hizo elegante, silencioso, como si recordara cada corriente invisible que alguna vez había dominado.
Belial sintió el cambio como una expansión dolorosa. Su esencia sanadora despertó de golpe, demasiado pronto, demasiado fuerte. Volando, con las alas tensas, tuvo que contener el impulso de descender, de girar en redondo, de buscar a quienes gritaban. Su belleza retornó de manera sobria, grave, marcada por una compasión que ya no era ingenua, sino feroz..Pero fue Luzbel quien se transformó con una intensidad imposible de ignorar.
Mientras volaba al frente, el aire parecía apartarse para dejarlo pasar. Su figura se alzó, más definida, más luminosa, como si el recuerdo del Cielo estuviera reconstruyéndolo desde dentro. Su cabellera volvió a encenderse, dorada, viva, ondeando libremente en la corriente ascendente. Su rostro recuperó esa armonía irreal que alguna vez había detenido miradas y silencios.
Era más hermoso que antes..No porque hubiera olvidado su caída. Sino porque la había sobrevivido. Sus alas seguían siendo negras.. No quemadas. No deformes. Negras como la noche profunda que antecede al amanecer. Y sus ojos Sus ojos aún no brillaban.
Eran oscuros, insondables, cargados de una pena que el vuelo no podía borrar. Pero en ellos ardía algo nuevo: urgencia. Porque entonces, el dolor llegó..El grito de Miguel atravesó el aire como una cuchilla.
Luzbel perdió el ritmo del vuelo por un instante. Sus alas fallaron un solo batir, apenas perceptible, pero suficiente para que el vínculo se abriera de par en par. Sintió las cadenas cerrándose alrededor del cuerpo de su hermano, la prisión contrayéndose, la luz siendo arrancada en fragmentos vivos.
Miguel no gritaba con la voz. Gritaba con el alma.
—Miguel —jadeó Luzbel, volando con más fuerza— Aguanta. Por favor aguanta.
El alarido volvió, más desgarrador, acompañado de una oleada de dolor que recorrió la formación entera. El aire tembló. La grieta palpitó.
Asmodeo emitió un grito ronco cuando Uriel lo atravesó con su desesperación. Sintió el fuego sofocado, obligado a apagarse, encerrado en un círculo de sombra que se cerraba cada vez más. El vuelo de Asmodeo se volvió errático por un instante, sus alas negras batiendo con violencia.
—¡No te apagues! —rugió hacia el vacío—. ¡Mírame, Uriel! ¡Estoy volando hacia ti!
Astaroth sintió un vacío helado cuando Gabriel intentó hablar y no pudo. Las palabras se desintegraban antes de nacer, chocando contra el silencio impuesto de su prisión. Astaroth apretó los dientes, volando más cerca de Luzbel, como si el acercamiento pudiera acortar la distancia imposible.
—No te quedes en silencio —susurró—. Yo hablaré por ti. Lo prometo.
Belial casi cayó del aire cuando Rafael gritó..No era un dolor único..Eran miles. Cada herida, cada súplica, cada vida que se apagaba pasaba a través de él como una marea insoportable. Sus alas se tensaron, luchando por mantener la altura.
—Espérame —imploró—. No cargues solo con todo esto. Ya no.
Los alaridos de los arcángeles se superponían, atravesando la grieta como un coro desgarrado que impulsaba a los caídos a volar más rápido, más alto, con una desesperación casi salvaje.
Y entonces, el Cielo apareció. No debajo de ellos. Delante.. Suspendido en el infinito como un cuerpo herido..Palacios de cristal fracturados flotaban entre nubes ennegrecidas. Jardines suspendidos ardían en sombras. Ángeles permanecían inmóviles, atrapados en prisiones oscuras, colgados del aire como estrellas muertas. Luzbel fue el primero en cruzar.
Batió las alas con toda su fuerza y atravesó la grieta, emergiendo en el espacio sagrado del Paraíso. La luz del Cielo lo envolvió, reaccionando a su presencia como si lo reconociera pese a todo. Detrás de él, Asmodeo, Astaroth, Belial y los demás lo siguieron, surcando el aire como una marea oscura contra un cielo devastado.
Alas negras contra la ruina..Luz contra la.oscuridad. Luzbel se detuvo en el aire, suspendido sobre el Paraíso herido, y alzó el rostro. El Cielo, por primera vez desde la invasión, volvió a respirar.
Y la guerra cambió de dirección.