El aire del Paraíso tembló. No por miedo, ni por violencia, sino por reconocimiento.
Cuando Luzbel y los suyos cruzaron por completo la grieta, el Cielo respondió como responde un cuerpo al reencontrarse con un pulso que creía perdido. La luz se expandió en ondas suaves, doradas, envolviendo el espacio como una respiración profunda después de un largo ahogo.
Entonces, Él apareció.
No descendió caminando, ni emergió entre relámpagos. El Padre estuvo allí porque siempre lo había estado. Su presencia no ocupaba un lugar: lo sostenía todo. Era una claridad que no cegaba, un poder que no aplastaba, una ternura tan vasta que dolía.
—Hijos míos —dijo.
Y en esa sola palabra se quebraron eras de destierro. La luz sagrada se derramó desde Él como un amanecer sin horizonte. No avanzó con prisa. No impuso. Acarició. Cada rayo tocó a los ángeles caídos como agua tibia tras un invierno interminable.
La oscuridad que aún se aferraba a ellos comenzó a desprenderse. No arrancada. No destruida. Liberada.
Las sombras se disolvieron como ceniza en el viento. El peso acumulado durante eras cayó de sus cuerpos y de sus esencias, y allí donde había habido negación, volvió a florecer la forma verdadera. Las alas cambiaron.
El negro profundo se aclaró lentamente hasta volverse blanco puro, como la primera nieve bajo el sol. En Asmodeo, Astaroth y Belial, la transformación fue aún más majestuosa: sus alas se tornaron blancas y doradas, atravesadas por vetas de luz antigua, como si el fuego y la compasión hubieran aprendido a convivir.
Sus ojos se encendieron en oro vivo.
Sus cabellos, negros como la noche, se iluminaron con mechones dorados, como estrellas atrapadas en sombra.
Sus pieles se volvieron blancas, luminosas, y sus ropas surgieron como velos etéreos, tejidos con luz y silencio.
Asmodeo tembló al sentir la armonía regresar a su pecho. El fuego que siempre lo había definido ya no quemaba: calentaba. Era fuerza contenida, voluntad sin furia. Cerró los ojos, y por primera vez desde la caída, lloró sin dolor.
Astaroth respiró profundamente. La claridad inundó su mente como un cielo despejado después de una tormenta eterna. Volvió a sentirse entero, sereno, capaz de escuchar sin miedo. La paz no lo debilitaba. Lo afirmaba.
Belial cayó de rodillas en el aire, sostenido por la luz. La esencia sanadora recorrió su ser como un río desbordado, devolviéndole el propósito sin arrancarle la memoria. Sanar ya no sería huir del dolor, sino permanecer en él sin romperse. Y entonces llegaron los llamados. Uriel gritó.
Un grito de fuego y desesperación que atravesó dimensiones. Asmodeo lo sintió como una llamarada directa al alma.
—¡Uriel! —respondió, alzando el rostro— Estoy aquí. No te soltaré.
Gabriel intentó hablar… y su súplica sin voz alcanzó a Astaroth, quebrándolo.
—No estás solo —dijo—. Yo hablaré contigo. Yo te sacaré de ahí.
Rafael clamó, y Belial lo sintió en cada fibra de su ser.
—Resiste —le prometió—. Ya no cargarás con todo. Voy por ti.
El Cielo entero parecía suspender la respiración. Entonces, Luzbel avanzó. La luz del Padre lo envolvió por completo. La última sombra que aún lo rodeaba se deshizo como niebla bajo el sol. Su figura se alzó, perfecta, completa. La belleza que había sido su sello desde el origen volvió sin reservas, no como vanidad, sino como manifestación de la armonía.
Sus alas crecieron.
Se expandieron hasta duplicar su tamaño, inmensas, majestuosas, desplegándose como un firmamento propio. Los colores del arcoíris recorrieron cada pluma: dorados, carmesíes, azules profundos, violetas imposibles. Eran alas de amanecer, de promesa cumplida.
Sus ojos dorados recuperaron el brillo de mil amaneceres, una luz viva, consciente, cargada de poder y misericordia. Su presencia hizo vibrar el aire, y el Cielo lo reconoció como siempre lo había hecho.
El Lucero de la Mañana había vuelto. Luzbel cerró los ojos un instante y buscó. No encontró a Miguel allí. La prisión de su hermano no estaba en el Paraíso. Estaba fuera, anclada en otra dimensión, sostenida por una voluntad que temía enfrentarlo cara a cara. Luzbel abrió los ojos, y su expresión cambió.
—Escúchenme —ordenó, con una voz que no admitía duda—. Es ahora.
El ejército celestial se tensó.
—Asmodeo —dijo—, libera a Uriel y cúralo. Asegúrate de que se recupere. No te despegues de él. Cobijalo con tus alas.
Asmodeo asintió sin titubear.
—Astaroth —continuó—, salva a Gabriel. Haz lo mismo. Que no vuelva a estar solo.
—Belial —ordenó—, busca a Rafael y sálvalo. Sosténlo, aunque aún duela. Hazle recordar que él es el principal sanador del cielo
Belial inclinó la cabeza.
—El resto —dijo, alzando la voz—, salven a los ángeles, querubines y serafines. Tengan cuidado. Recuerden el Abismo. Solo así podrán enfrentar al enemigo y vencer. Tenemos algo que ellos ignoran. Experiencia en la oscuridad. No volverá a tocarnos ni a alejarnos de nuestro Padre y nuestros hermanos.
El ejército respondió con un murmullo firme, decidido. Asmodeo dio un paso al frente.
—¿Y tú, Lucero? —preguntó—. ¿Qué harás?
Luzbel desplegó las alas, y la luz del amanecer inundó el Paraíso herido.
—Ir por Miguel —respondió—. El general de las huestes celestiales debe volver.
Sus ojos se endurecieron con una determinación inquebrantable.
—No dejaré que mueras, Miguel.
Y el Cielo, por primera vez desde la caída, creyó de nuevo.