El aire del Paraíso estaba en guerra. Asmodeo avanzaba volando entre corrientes de sombra que intentaban cerrarse sobre él como mandíbulas vivas. Cada batir de sus alas blancas y doradas desgarraba el cielo ennegrecido, abriendo brechas momentáneas de luz que se cerraban casi de inmediato. El enemigo no retrocedía. Aprendía.
—Uriel —susurró.
El grito respondió..No fue un sonido limpio. Fue un alarido quebrado, saturado de dolor, de furia sofocada, de fuego obligado a extinguirse a la fuerza. Asmodeo lo sintió atravesarle el pecho como una estaca ardiente.
— Me están apagando — llegó la voz de Uriel, rota, intermitente.—.No siento mis alas Asmodeo, no siento el fuego…
El vínculo se tensó. Asmodeo apretó los dientes y aceleró el vuelo.
—No te atrevas a rendirte —gruñó—. Si tu fuego muere yo lo encenderé de nuevo.
Entonces los demonios aparecieron..No descendieron en masa. Emergieron. Del aire, de las ruinas flotantes, de grietas abiertas en el cielo herido. Eran altos, angulosos, cubiertos de armaduras de sombra sólida. Sus armas no cortaban carne: cortaban esencia..Asmodeo se detuvo en el aire, extendiendo las alas con violencia.
—Quítense de mi camino —ordenó.
Los demonios rieron. El primero atacó desde arriba, una lanza negra descendiendo como un rayo invertido. Asmodeo giró en el aire, el golpe rozándole el hombro y arrancando una chispa de luz que se extinguió antes de caer. Dolió. Más de lo que esperaba.
—Así que esto no será fácil… —murmuró.
El segundo demonio apareció detrás, clavando garras en una de sus alas. Asmodeo gritó y se sacudió con violencia, girando sobre sí mismo hasta estrellar al enemigo contra una columna flotante de cristal fracturado. La estructura explotó en fragmentos luminosos y oscuros. Tres más atacaron a la vez.
Asmodeo descendió en picada, el fuego brotando de su pecho como una llamarada controlada. No era el fuego caótico de su caída. Era fuego consciente, dirigido, contenido. Las llamas envolvieron a dos demonios, derritiendo sus armaduras de sombra hasta convertirlas en humo negro.
El tercero logró atravesarlo. Una hoja oscura se hundió en su costado, y Asmodeo gritó al sentir cómo la oscuridad intentaba filtrarse en su esencia recién purificada.
—¡No! —rugió, arrancándose el arma con un tirón brutal— ¡No volveré a caer!
El enemigo retrocedió un paso..El grito de Uriel volvió..Esta vez fue desesperación pura.
— Me están rompiendo — jadeó — No puedo sostener el círculo…
Asmodeo alzó el rostro. Y lo vio. La prisión de Uriel flotaba en el aire como un sol muerto, un círculo de sombra giratoria que se cerraba lentamente. Dentro, Uriel estaba suspendido, las alas plegadas de forma antinatural, el cuerpo cubierto de grietas luminosas que se apagaban una a una. Su fuego no ardía: agonizaba.
—¡URIEL! —gritó Asmodeo.
Los demonios se reagruparon.
—No llegarás a tiempo —se burlaron.
Asmodeo sonrió. Una sonrisa feroz, peligrosa.
—Eso ya lo decidí yo.
Batió las alas con toda su fuerza y se lanzó hacia la prisión. Los demonios se interpusieron, formando una barrera compacta. Asmodeo chocó contra ellos como un meteorito de luz y fuego. El impacto sacudió el cielo..El combate se volvió caótico.
Asmodeo luchaba en el aire, girando, ascendiendo, cayendo, esquivando golpes que buscaban desgarrarlo desde todos los ángulos. Cada herida ardía. Cada impacto pesaba. La oscuridad no retrocedía fácilmente. Uno de los demonios logró sujetarlo por detrás, envolviendo su torso con cadenas vivas. Asmodeo rugió y cayó varios metros, luchando por mantener el vuelo.
—¡Asmodeo! —gritó Uriel desde su prisión—. ¡Déjame! ¡Salva a otros!
La rabia recorrió a Asmodeo como un rayo.
—Cállate —dijo, con la voz rota—. No pienso perderte otra vez.
El fuego estalló..No una explosión. Una decisión.
Las cadenas se fundieron, los demonios más cercanos fueron lanzados hacia atrás como hojas secas. Asmodeo avanzó, herido, sangrando luz, pero imparable.
Llegó a la prisión..Extendió ambas manos y las apoyó contra el círculo de sombra. La oscuridad respondió con un chillido agudo, resistiéndose.
—Lo siento —susurró Asmodeo—. Pero ya no te pertenece.
El fuego dorado brotó de su pecho, recorriendo sus brazos, sus alas, su mirada. La sombra comenzó a agrietarse. Uriel gritó. No de dolor. De liberación. El círculo explotó en fragmentos de oscuridad que se evaporaron al contacto con la luz. Uriel cayó..Asmodeo lo atrapó en el aire. El peso de su hermano fue devastador.
Uriel estaba destrozado. Sus alas colgaban inertes, chamuscadas, las plumas reducidas a ceniza en algunas partes. Su cuerpo temblaba, frío, apagado, como una llama al borde de extinguirse.
—Te tengo —susurró Asmodeo, apretándolo contra su pecho—. Te tengo.
Los demonios restantes intentaron un último ataque. Asmodeo alzó el rostro, furioso.
—Se acabó.
El fuego se expandió como una tormenta solar. Las huestes de sombra fueron consumidas, desintegradas, borradas del aire sagrado del Paraíso. No quedó rastro de ellas. Asmodeo descendió lentamente, sosteniendo a Uriel.
—Respira —le pidió—. Déjame hacerlo ahora.
La sanación comenzó.
Luz dorada brotó de las manos de Asmodeo, recorriendo el cuerpo de Uriel como agua tibia. Las heridas se cerraron una a una, las grietas se cicatrizaron, las alas comenzaron a regenerarse lentamente. Entonces, una presencia envolvió a ambos.
El Padre.
La luz sagrada descendió suavemente, completando lo que Asmodeo había iniciado. El fuego robado regresó al cuerpo de Uriel como un sol volviendo a su centro. Las alas se reconstruyeron por completo, rosadas, radiantes, poderosas. El cuerpo dejó de temblar. Uriel abrió los ojos. El fuego ardía de nuevo.
—Asmodeo —susurró—. Viniste.
Asmodeo sonrió, exhausto, sosteniéndolo con cuidado.