La prisión de Gabriel no estaba hecha para herir el cuerpo. Estaba hecha para vaciarlo.
Flotaba suspendida en el aire del Paraíso como un relicario profano: un poliedro de cristal negro, translúcido, pulido hasta la crueldad. No tenía aristas visibles ni grietas por donde escapar. En su interior, el sonido no existía. La palabra moría antes de nacer.
Gabriel permanecía de rodillas.
Las alas plegadas, rígidas por el cansancio, los hombros vencidos por un peso que no se veía. Las lágrimas descendían en silencio por su rostro, brillando apenas antes de evaporarse contra el cristal oscuro. No gritaba. No podía. El don que había sido su esencia, la voz, estaba negado. Cada intento de hablar se disolvía en nada. Cada súplica quedaba atrapada en su pecho.
La desesperación lo rodeaba como una marea lenta. No lo atacaba de golpe; lo erosionaba. Le mostraba escenas del Cielo cayendo una y otra vez, le susurraba que nadie escucharía, que la palabra había perdido su lugar en la Creación. Gabriel cerró los ojos. Y aun así, sintió.
Una presencia acercándose como una brisa distinta, una vibración que no pertenecía a la prisión. Algo que no pedía permiso. Algo que recordaba.
—Astaroth —intentó decir.
No hubo sonido..Pero el vínculo respondió. Astaroth avanzaba volando con precisión contenida.
No se lanzó de frente. Observó. Midió las corrientes de sombra, la posición de los vigilantes, el ritmo de la prisión. Los demonios que custodiaban a Gabriel no eran numerosos, pero sí astutos. Se movían en círculos, intercambiando posiciones, aprendiendo del aire.
—Así que el silencio es su fortaleza —murmuró Astaroth—. Entonces hablaré con hechos.
El primer demonio atacó desde abajo, una cuchilla de sombra ascendiendo como un relámpago invertido. Astaroth giró en el aire, dejando que el golpe pasara a centímetros de su costado, y respondió con un arco de luz concentrada que partió al enemigo en dos corrientes de humo negro. No se detuvo.
Dos más emergieron a la vez, intentando cerrarle el paso. Astaroth descendió en espiral, las alas tensas, cortando el aire con elegancia mortal. La luz brotó de sus manos como una palabra pronunciada con absoluta certeza. Las armaduras de sombra se agrietaron, cediendo ante una claridad que no admitía réplica.
—No están defendiendo una prisión —dijo, avanzando— Están ocultando un crimen.
Los demonios se reagruparon, lanzándose con furia renovada. Uno logró alcanzarlo, clavando garras en su brazo. Astaroth gruñó, sintiendo la mordida de la oscuridad intentando infiltrarse.
—No —susurró—. No hoy.
Con un giro brusco, estrelló al atacante contra la superficie de la prisión. El cristal negro vibró, emitiendo un gemido agudo. La jaula había sentido el golpe. Astaroth alzó el rostro.
—¿Lo sientes, Gabriel? —pensó—. Ya estoy aquí.
El último demonio intentó huir. Astaroth no lo permitió. Un destello preciso, limpio, lo alcanzó en pleno vuelo. La sombra se disipó sin dejar rastro.
El aire quedó en silencio. Por primera vez, la prisión no estaba custodiada. Astaroth se acercó lentamente al poliedro. Vio a Gabriel dentro. Y el corazón se le partió.
Su hermano estaba deteriorado. El rostro pálido, los ojos enrojecidos por un llanto sin sonido, las alas opacas, cubiertas de pequeñas fisuras de luz que se apagaban una a una. Su cuerpo temblaba, no de frío, sino de agotamiento absoluto.
Astaroth apoyó ambas manos en la superficie oscura.
—Perdóname —susurró—. No debí tardar tanto.
La prisión respondió cerrándose, intentando resistir. Astaroth respiró hondo y dejó que su poder fluyera. No forzó. Afirmó.
La luz se concentró en un solo punto, no como un golpe, sino como una palabra verdadera pronunciada después de un largo silencio. El cristal negro se agrietó. Una línea. Luego otra. Hasta que la estructura se quebró con un estallido seco, liberando fragmentos de sombra que se evaporaron en el aire.
Gabriel cayó. Astaroth lo atrapó de inmediato, envolviéndolo con las alas y los brazos, sosteniéndolo con una ternura desesperada.
—Shh… —susurró—. Ya pasó. Ya pasó.
Gabriel se aferró a él, temblando, incapaz aún de hablar. Su cuerpo estaba liviano, casi sin fuerzas, como si el silencio le hubiera drenado la esencia. Astaroth lo abrazó con fuerza.
—Estoy contigo —repitió—. Siempre lo estuve. Siempre lo estaré.
La sanación comenzó. Luz suave brotó del pecho de Astaroth, recorriendo a Gabriel como un murmullo cálido. Las fisuras se cerraron, las alas recuperaron su brillo, la respiración se volvió más profunda. El temblor cedió poco a poco. Entonces, la presencia del Padre descendió.
No como juicio..Como culminación. La luz sagrada envolvió a Gabriel, devolviéndole lo que le había sido robado. La voz regresó a su esencia como un río que encuentra de nuevo su cauce. Las alas se desplegaron, blancas, radiantes. El cansancio se disolvió. Gabriel abrió los ojos. Y habló.
—Astaroth… —dijo, con la voz quebrada pero viva—. Viniste.
Astaroth sonrió, sosteniéndolo aún.
—Te dije que no te dejaría en silencio.
El Cielo, herido, volvió a escuchar una palabra verdadera. Y la guerra, por un instante, retrocedió.