Belial sintió la agonía de Rafael antes de verlo. No fue una visión. Fue una ausencia que crecía. Una zona muerta en el tejido del Cielo, un vacío que se expandía como hielo dentro del pecho. Rafael no gritaba ya. Había pasado esa frontera. Su dolor se había vuelto silencioso, peligroso, terminal.
—No —murmuró Belial, batiendo las alas con violencia— No te atrevas a irte ahora.
El aire se volvió espeso.nLa prisión de Rafael flotaba a lo lejos como un corazón detenido: una estructura de sombra compacta, irregular, atravesada por símbolos que drenaban la energía de todo lo que tocaban. A su alrededor, los demonios custodios formaban un anillo cerrado, atentos, preparados. Belial no redujo la velocidad.
El primer demonio salió a interceptarlo con una maza de oscuridad condensada. Belial giró en el aire, esquivó por centímetros y respondió con un golpe directo de luz pura que desintegró al enemigo en una lluvia de ceniza negra. El segundo y el tercero atacaron juntos.
Belial no pensó. Sintió. La furia se alzó desde lo más profundo de su esencia, no como rabia ciega, sino como una determinación devastadora. El poder sanador que siempre había contenido se invirtió, convirtiéndose en una energía abrasadora que rechazaba la corrupción.
—¡Apártense! —rugió—. ¡Lo están matando!
Las alas blancas y doradas de Belial cortaron el aire en un arco violento. Un estallido de luz se expandió desde su pecho, alcanzando a los demonios cercanos y reduciéndolos a fragmentos que se disolvieron antes de tocar el vacío.
Pero eran muchos. Atacaban desde arriba y desde abajo, lanzando proyectiles de sombra que se clavaban en la carne de Belial, intentando frenar su avance. Cada impacto dolía. Cada herida ardía. La oscuridad buscaba infiltrarse, contaminar.
Belial no se detuvo. Arrancó una lanza negra de su costado y la arrojó de vuelta con una fuerza imposible. El arma atravesó a dos demonios a la vez, borrándolos del aire sagrado del Paraíso.
—¡Rafael! —gritó—. ¡Aguanta!
No hubo respuesta. La furia de Belial se volvió absoluta. El último grupo de demonios se cerró como una muralla viva frente a la prisión. Belial alzó el rostro, los ojos encendidos de oro y blanco.
—Entonces arderán conmigo.
El poder explotó. No como fuego. Como vida. Una onda expansiva de luz sanadora insoportable para la corrupción atravesó el anillo enemigo. Los demonios fueron desintegrados en el acto, sin gritos, sin restos, borrados como si nunca hubieran existido. El cielo quedó despejado. Belial llegó a la prisión. No perdió tiempo.
Apoyó ambas manos contra la estructura de sombra y arrancó la energía que la sostenía, rasgándola como una herida infectada. La prisión se resistió apenas un segundo antes de colapsar en fragmentos que se evaporaron al contacto con la luz.
Rafael cayó. Belial lo atrapó en el aire. El cuerpo de su hermano estaba frío. Inmóvil. Las alas colgaban sin vida, apagadas. Las heridas cubrían su torso, abiertas, drenadas hasta el límite. No había temblor. No había respuesta.
—No… no… —susurró Belial, sosteniéndolo con desesperación— Mírame. Estoy aquí.
Belial desplegó todo su poder. La luz brotó de sus manos, recorriendo cada herida, cicatrizándolas con una rapidez imposible. Los cortes se cerraron, la carne se regeneró, las alas comenzaron a recomponerse pero Rafael no reaccionó. El silencio fue insoportable.
—No me hagas esto —rogó Belial, la voz quebrada— No después de todo…
Nada. El Cielo pareció contener la respiración. Entonces, Él intervino. La presencia del Padre descendió como una caricia absoluta. La luz sagrada envolvió a Rafael, penetrando más allá del cuerpo, tocando la esencia misma que había sido drenada hasta casi extinguirse.
El poder no solo sanó. Devolvió. Rafael inhaló bruscamente..El aire regresó a sus pulmones como un milagro violento. Sus alas se desplegaron de golpe, blancas, radiantes, completas. El color volvió a su rostro. El calor regresó a su cuerpo. Rafael abrió los ojos.
—Belial —susurró.
Belial lo abrazó con fuerza, incapaz de contener las lágrimas.
—Estás vivo —dijo, riendo y llorando a la vez— Por el Cielo estás vivo.
Rafael apoyó la frente en su hombro, respirando con dificultad pero sonriendo.
—Nunca dejaste de sostenerme —respondió— Incluso cuando no podía sentirte.
Belial cerró los ojos.
—Nunca lo haré.
A lo lejos, el Cielo comenzó a cambiar..Y en ese mismo instante, Luzbel se detuvo en el aire.
Su mirada dorada se fijó en un punto invisible para todos los demás. Una coordenada imposible, oculta entre dimensiones, protegida por capas de oscuridad y miedo. Luzbel lo sintió con absoluta claridad. La prisión de Miguel.
—Ya te encontré —susurró, desplegando las alas.
Y el Lucero de la Mañana se lanzó hacia el lugar donde el enemigo guardaba a su mayor trofeo.