Lucero De La Mañana: El Regreso al Paraíso

El rugido del Cielo en llamas

El Paraíso dejó de ser un lugar. Se convirtió en un campo de guerra.

El aire estalló cuando las huestes de la oscuridad emergieron en formación cerrada, como una marea negra avanzando contra la luz. Delante de ellas, elevado sobre una plataforma de sombras cristalizadas, se alzaba Migael, el general del enemigo. Su nombre era una blasfemia deliberada. Un reflejo torcido. Una burla.

Migael poseía alas negras de bordes afilados, como cuchillas vivas. Su armadura parecía forjada con fragmentos del vacío, y su rostro demasiado similar al de Miguel estaba tallado con una calma cruel. Sus ojos ardían con una luz oscura, consciente, calculadora.

—Avancen —ordenó.

Los demonios descendieron. El impacto fue inmediato. Ángeles, arcángeles, querubines y serafines chocaron contra la marea oscura en una explosión de luz y sombra. Espadas celestiales atravesaron cuerpos demoníacos mientras lanzas de oscuridad desgarraban alas blancas. El cielo se llenó de destellos, gritos, fuego y relámpagos. Gabriel alzó su voz restaurada.

—¡Formación de alas abiertas! ¡Protejan a los heridos!

Uriel descendió como un cometa ígneo, su fuego purificado arrasando filas enteras de demonios. Rafael se movía entre los combatientes, tocando cuerpos caídos y devolviéndolos a la batalla con una sola imposición de manos.

Asmodeo y Astaroth luchaban espalda con espalda, sincronizados, cubriéndose mutuamente como si nunca se hubieran separado. Belial levantaba barreras de luz viva, salvando a los más vulnerables incluso mientras combatía. Pero el enemigo no retrocedía. Migael alzó una mano. La realidad se quebró.

Un pulso oscuro atravesó el campo de batalla, derribando a decenas de ángeles. Alas se plegaron de golpe, cuerpos cayeron girando en el aire. El dolor fue inmediato, brutal.

—¿Lo sienten? —dijo Migael, su voz resonando por encima del caos— Este Cielo ya no les pertenece.

Se lanzó al combate. Su espada, forjada de pura negación, chocó contra las armas celestiales, rompiéndolas con facilidad inquietante. Cada golpe suyo drenaba luz, dejaba heridas que no cerraban. Uriel intentó detenerlo. Migael lo lanzó lejos con un solo movimiento.

—Tú ardes demasiado —le dijo con desprecio—. Te apagaré después.

Gabriel descendió sobre él, alas abiertas, palabra convertida en arma.

—¡Este lugar no es tuyo!

Migael lo golpeó de frente. Gabriel fue lanzado varios metros atrás, apenas salvado por Astaroth antes de estrellarse contra una estructura flotante.

—Ni siquiera ustedes pueden detenerme —continuó Migael— Porque mientras luchen aquí él sigue prisionero.

La frase cayó como una cuchilla. Luzbel, suspendido en el aire más allá del frente de batalla, lo sintió.

Miguel.

El dolor de su hermano vibró con una intensidad insoportable, un grito constante que atravesaba dimensiones. Luzbel cerró los ojos un segundo y comprendió. Esta batalla no se ganaría aquí. No todavía. Abrió los ojos.

—Mantengan la línea —ordenó, su voz resonando con una autoridad que estremeció incluso a los demonios— No retrocedan. No se dispersen.

Asmodeo lo miró.

—¿A dónde vas?

Luzbel desplegó sus alas de arcoíris, la luz brotando de ellas como un amanecer imposible en medio del caos.

—A donde él no quiere que entre.

Se elevó. El poder comenzó a concentrarse a su alrededor. El aire vibró, el espacio se tensó como una membrana a punto de romperse. Luzbel extendió ambas manos y rasgó la realidad. La oscuridad gritó.

Una puerta dimensional comenzó a abrirse frente a él, un umbral retorcido que conducía a un lugar fuera del Paraíso, fuera del tiempo conocido. Del otro lado, el dolor de Miguel era absoluto. Migael lo sintió.

—¡NO! —rugió, girándose— ¡CIÉRRENLA!

Demasiado tarde. La puerta se abrió por completo. Luzbel avanzó, la luz envolviéndolo como una promesa antigua.

—Espérame, Miguel —susurró—. Ya voy.

Y el Lucero de la Mañana cruzó el umbral. El Cielo contuvo la respiración.




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