La puerta dimensional se cerró detrás de Luzbel con un sonido que no fue un golpe, sino un lamento. El lugar al que entró no era cielo ni infierno.
Era un no-lugar, una dimensión creada exclusivamente para quebrar aquello que no podía ser destruido de otro modo. No había suelo ni horizonte, solo una vastedad oscura atravesada por corrientes de energía corrupta que latían como venas enfermas. El aire si es que podía llamarse así pesaba, comprimía, intentaba aplastar incluso la luz.
Y en el centro de todo Miguel. Luzbel lo sintió antes de verlo. El dolor de su hermano no era un grito aislado, sino un pulso constante, como un corazón forzado a latir fuera del cuerpo. Cada latido era tortura. Cada segundo, una negación de lo que había sido.
Miguel estaba suspendido en el vacío, atado por cadenas de oscuridad viva que atravesaban sus alas, su pecho, sus muñecas. No solo lo sujetaban: lo drenaban. La luz que aún quedaba en él era arrancada lentamente, gota a gota, y absorbida por la estructura misma de la prisión.
Su armadura estaba rota. Sus alas, desgarradas. Su cuerpo, cubierto de heridas que no cerraban. Pero lo peor no era físico.
Miguel estaba siendo obligado a sentir cada caída del Cielo. Cada ángel herido. Cada grito. Cada muerte evitada por un hilo. La prisión amplificaba su vínculo como general de las huestes celestiales, usando su amor y responsabilidad como arma.
Miguel jadeó.
—…Luz…bel… —susurró, apenas consciente.
Luzbel avanzó un paso. Y el mundo respondió con violencia. La prisión reaccionó a su presencia como un organismo atacado. Las cadenas se tensaron, enterrándose más profundamente en el cuerpo de Miguel. Él gritó. Un grito desgarrador, crudo, que atravesó a Luzbel como una hoja ardiente.
—¡NO! —rugió el Lucero de la Mañana.
La luz brotó de él de forma instintiva, chocando contra la estructura dimensional. El impacto sacudió el vacío, pero la prisión resistió.
—Hermano —dijo Luzbel, la voz rota— Mírame. Estoy aquí.
Miguel levantó el rostro con dificultad..Sus ojos, antaño firmes como el acero, estaban nublados por el dolor pero al verlo, algo sobrevivió.
—No… debiste venir —murmuró—. Él… te quiere aquí.
Luzbel apretó los puños.
—Que lo intente.
Entonces, el espacio se partió. La oscuridad se replegó como un telón arrancado de golpe, y una figura emergió caminando sobre el vacío con absoluta tranquilidad. Migael.
—Siempre tan predecible —dijo, observándolos—. El hermano fiel. El héroe arrepentido.
Se detuvo frente a la prisión, ignorando a Miguel como si fuera un objeto ya vencido, y fijó la mirada en Luzbel.
—Este lugar fue diseñado para ti —continuó— Miguel solo era el anzuelo.
Miguel intentó gritar una advertencia, pero las cadenas se cerraron sobre su garganta. Luzbel dio un paso adelante, la furia y el terror mezclándose en su expresión.
—Si lo tocas otra vez —dijo—, no quedará nada de ti.
Migael sonrió.
—Eso dijiste antes de caer.
Se movió..El ataque fue inmediato. Una hoja de oscuridad pura se materializó en su mano y se lanzó contra Luzbel con una velocidad brutal. Luzbel desplegó las alas y bloqueó el golpe, pero el impacto lo lanzó varios metros atrás. El dolor recorrió su cuerpo como un rayo helado.
—¿Lo sientes? —preguntó Migael— Aquí, tu luz no es absoluta.
Luzbel se incorporó, respirando con dificultad.
—No necesito ser absoluto —respondió—. Solo necesito ser suficiente.
Alzó las manos..La luz del amanecer estalló, llenando la dimensión de colores imposibles. Las cadenas que sujetaban a Miguel comenzaron a arder. La prisión tembló, emitiendo un sonido agudo, casi un grito..Miguel gritó de nuevo, pero esta vez no solo de dolor.
—¡Luzbel, basta! —clamó—. ¡Te está debilitando! ¡Es lo que quiere!
Migael atacó de nuevo.. Esta vez, ambos chocaron de frente.
Luz y oscuridad colisionaron en una explosión que distorsionó la dimensión misma. El vacío se rasgó en grietas luminosas y negras. Cada golpe era un terremoto. Cada choque, una negación de la realidad. Luzbel luchaba con todo.
No solo con poder, sino con memoria, con amor, con culpa redimida. Cada vez que Migael lograba herirlo, Luzbel se levantaba impulsado por la imagen de Miguel sosteniendo el Cielo cuando él ya no estaba.
—¡No te llevarás esto también! —rugió.
Migael retrocedió un paso. Por primera vez, su sonrisa vaciló. Miguel, colgando de las cadenas, alzó el rostro.
—Luzbel —susurró— Si vas a salvarme tendrás que romper algo más que esta prisión.
Luzbel lo miró..Y comprendió..La prisión no se sostenía solo con oscuridad..Se sostenía con el sacrificio de Miguel..Con su voluntad de resistir..Luzbel cerró los ojos. Cuando los abrió, ya no había duda.
—Entonces escúchame —dijo, con voz suave pero inquebrantable—. Suelta el Cielo, Miguel.
Miguel lo miró, incrédulo.
—¿Qué?
—Yo lo sostendré ahora.
Migael gritó.
—¡NO TE ATREVAS!
Demasiado tarde. Miguel exhaló y por primera vez desde el inicio de la guerra, soltó..Las cadenas se quebraron..La prisión comenzó a colapsar desde dentro..La dimensión entera empezó a desintegrarse, y el grito de Migael fue de pura furia.
—¡ESTO NO HA TERMINADO!
Luzbel se lanzó hacia Miguel, atrapándolo entre sus alas justo cuando el vacío se rasgó por completo. La luz lo envolvió todo. Y el destino del Cielo quedó suspendido en un solo instante.