La dimensión-prisión se derrumbaba. No caía hacia abajo ni hacia los lados: se plegaba sobre sí misma, como un corazón negro colapsando en su último latido. Fragmentos de realidad se desgarraban en silencio, absorbidos por un vacío que ya no obedecía a nadie. Luzbel volaba. No huía: avanzaba.
Miguel yacía inconsciente entre sus brazos, el cuerpo aún atravesado por el eco del tormento. Sus alas, destrozadas, colgaban sin fuerza, y su respiración era apenas un hilo frágil. Cada latido de su corazón resonaba en el pecho de Luzbel como una súplica muda.
—Resiste —murmuró— Ya casi estamos fuera.
Detrás de ellos, el rugido de Migael rasgó la dimensión moribunda.
—¡NO ESCAPARÁN!
La figura oscura emergió entre los pliegues del colapso, deformada por la furia. Su armadura se fragmentaba y se recomponía al mismo tiempo, alimentándose del caos restante. Con un movimiento violento, lanzó una lanza de negación pura. Luzbel giró en el aire.
El impacto rozó su ala izquierda, arrancando plumas iridiscentes que se desintegraron antes de tocar el vacío. El dolor fue intenso, cegador, pero no lo detuvo.
—¡Jamás volverás a tocarlo! —rugió.
Alzó una mano libre y abrió la realidad por última vez. La grieta brilló como un amanecer forzado, inestable pero suficiente. Luzbel cruzó con Miguel justo cuando la dimensión implosionó. Migael gritó.
Y fue tragado por la oscuridad que él mismo había creado. El Paraíso los recibió con un estruendo de luz. Luzbel emergió del umbral en pleno cielo en guerra. Las huestes celestiales se giraron al unísono cuando lo vieron descender, sosteniendo a Miguel entre sus alas. Un murmullo recorrió el aire como una oración colectiva.
—¡Miguel! —gritó Gabriel.
Asmodeo, Astaroth, Belial, Uriel y Rafael sintieron la presencia del general antes de verlo. El vínculo se tensó, vibró, reclamó.
Luzbel descendió con cuidado, posándose en una plataforma de luz que se formó espontáneamente bajo sus pies. Depositó a Miguel con una delicadeza casi reverente.
—Padre —susurró.
La respuesta fue inmediata. La luz descendió como una cascada silenciosa, envolviendo el cuerpo de Miguel. Las heridas comenzaron a cerrarse, las alas a regenerarse lentamente, pero algo no terminaba de encajar. Miguel no despertaba.
—¿Por qué…? —murmuró Rafael, angustiado.
El Padre habló sin palabras, y todos comprendieron. Miguel había sobrevivido pero había dejado algo atrás. No su esencia. No su amor. Sino una parte de sí mismo que había sostenido el dolor de todos.
—Debe volver por sí mismo —dijo Luzbel en voz baja— Ya no puedo cargarlo yo.
Como si lo escuchara, Miguel inhaló profundamente. Sus ojos se abrieron. Un silencio absoluto cayó sobre el campo de batalla. Miguel se incorporó lentamente, mirando a su alrededor. Reconoció los rostros. Sintió el Cielo y algo distinto en sí mismo.
—Sigo aquí —dijo.
Su voz no era débil. Era serena.
—Pero ya no soy el mismo.
Gabriel dio un paso adelante.
—Hermano…
Miguel levantó una mano.
—No ahora —dijo—. Aún no ha terminado.
El cielo tembló.. Un pulso oscuro atravesó el campo de batalla, obligando a ángeles y demonios por igual a retroceder. Desde las ruinas flotantes emergió una nueva brecha y de ella, Migael volvió.
No intacto.nPero más peligroso. Su forma era inestable, su armadura resquebrajada, pero sus ojos ardían con un odio absoluto. La derrota no lo había destruido: lo había desatado.
—Creíste haber ganado —escupió—. Pero yo ya no necesito prisiones.
Alzó los brazos. La oscuridad respondió. Demonios restantes se reagruparon, fusionándose, transformándose en entidades más grandes, más grotescas. El cielo volvió a arder. Miguel dio un paso al frente.
—Esta vez —dijo—, lucharemos juntos.
Luzbel se colocó a su lado. Espalda con espalda. Las alas del Lucero de la Mañana se desplegaron, bañando el campo de batalla en colores de amanecer. Miguel alzó su espada restaurada, que respondió con un canto claro.
—Por el Cielo —dijo Miguel.
—Por lo que aún puede salvarse —respondió Luzbel.
Las huestes celestiales se alinearon detrás de ellos. La luz avanzó. Y la batalla final comenzó.