El Cielo ardía. No en llamas destructivas, sino en una colisión constante de luz y sombra que desgarraba la realidad misma. Ángeles y demonios combatían en todas direcciones, el firmamento convertido en un océano de alas, espadas, gritos y destellos. En el centro del caos, Miguel y Luzbel avanzaban. Espalda con espalda.
No necesitaban mirarse para saber dónde estaba el otro. El vínculo entre ambos era antiguo, más antiguo que la caída, más antiguo incluso que la guerra. Era confianza forjada en eras de protección mutua, de silencios compartidos, de responsabilidades asumidas sin palabras. Miguel levantó su espada.
La hoja, restaurada por la luz del Padre, brilló con una claridad firme, sin arrogancia. Cada golpe suyo era preciso, medido, dirigido a proteger antes que a destruir. A su alrededor, las huestes celestiales se reorganizaban, recuperando disciplina bajo su sola presencia.
—¡Formaciones en espiral! —ordenó—. ¡Cubran a los sanadores! ¡No rompan filas!
La voz de Miguel atravesó el campo de batalla como una ancla. Luzbel, a su lado, era distinto. Donde Miguel era orden, Luzbel era impulso.
El Lucero de la Mañana se movía como un amanecer en guerra. Sus alas de arcoíris cortaban el aire con fuerza devastadora, y cada pluma desprendida se transformaba en una ráfaga de luz que desintegraba a los demonios que osaban acercarse. Sus ojos dorados ardían con determinación absoluta.
—¡Asmodeo, flanco izquierdo! —gritó—. ¡Uriel, quema la retaguardia!
El enemigo retrocedía pero no huía. Entonces, Migael avanzó..Su presencia hizo temblar el Cielo.
La oscuridad se replegó a su alrededor como una corona viva, alimentándose de su furia. Ya no llevaba una forma estable: su cuerpo parecía fragmentarse y recomponerse a cada instante, como si la realidad no pudiera decidir qué hacer con él.
—Mírenlos —se burló—. Los hermanos reunidos. El general quebrado y el caído redimido.
Migael alzó los brazos. El cielo se oscureció. Una grieta gigantesca se abrió sobre el campo de batalla, y de ella comenzó a descender una masa informe de sombras fusionadas, un núcleo de oscuridad viva, resultado de todos los demonios derrotados.
—Esto es lo que soy ahora —dijo—. No pueden matarme porque ya no soy uno solo.
Miguel apretó los dientes.
—Es un ancla —comprendió—. Está ligado al Cielo mismo.
Luzbel lo miró.
—Si cae, el Paraíso caerá con él.
Migael sonrió.
—Exacto.
La criatura descendió, y con ella, la desesperación..Los ángeles comenzaron a retroceder. Incluso la luz del Padre parecía contenida, como si intervenir de forma directa destruyera aquello que debía preservar.
Miguel cerró los ojos un instante..Sintió el Cielo. Sintió a cada ángel, cada querubín, cada serafín. Sintió el peso que había cargado desde el inicio y comprendió.
—Luzbel —dijo en voz baja.
El Lucero giró hacia él.
—Hay otra forma —continuó Miguel— Pero no te gustará.
Luzbel ya lo sabía.
—Si estás pensando lo mismo que yo… entonces hazlo rápido.
Miguel dio un paso adelante. La criatura oscura rugió al reconocerlo.
—Tú —escupió—. El que se dejó romper.
Miguel alzó la espada.
—No —respondió—. El que aprendió a soltar.
La luz del Padre descendió suavemente sobre Miguel, no como orden, sino como aceptación. El general comprendió lo que debía hacer: convertirse en el ancla, absorber el núcleo de oscuridad y sellarlo dentro de sí, fuera del flujo normal del Cielo.
—Miguel, no —dijo Gabriel, con la voz quebrada.
—Es mi responsabilidad —respondió él— Siempre lo fue.
Luzbel dio un paso hacia adelante, desesperado.
—Hermano ya pagaste suficiente.
Miguel lo miró. Y sonrió.
—Esta vez no lo hago por culpa —dijo—. Lo hago porque confío en ti.
Se volvió hacia la criatura y se lanzó. La colisión fue apocalíptica. Luz y oscuridad se fusionaron en una explosión silenciosa que detuvo el tiempo. Miguel fue envuelto por la masa oscura, su cuerpo desapareciendo dentro de ella mientras el núcleo comenzaba a cerrarse sobre sí mismo.
—¡MIGUEL! —gritó Luzbel.
El cielo se rasgó..Entonces, algo cambió..La oscuridad comenzó a implosionar..Miguel, desde dentro, alzó la espada por última vez y la clavó en el corazón del núcleo. La energía estalló hacia adentro, arrastrando a Migael con ella.
—Esto termina ahora —fue lo último que se oyó.
Un silencio absoluto..Luego, luz. Una ola de claridad recorrió el Paraíso, desintegrando lo que quedaba de la oscuridad. Las grietas se cerraron. El cielo recuperó su color original. Los demonios desaparecieron como sombras al amanecer.
Miguel cayó. Luzbel lo atrapó en el aire.
—No… no te atrevas —susurró, sosteniéndolo— Quédate.
Miguel respiraba. Débil. Pero vivo. El Padre descendió. No habló. Simplemente tocó a Miguel. La luz fluyó, restaurándolo, pero algo había cambiado. Cuando Miguel abrió los ojos, ya no brillaban como antes. Habían ganado una profundidad distinta, serena, antigua.
—El núcleo está sellado —dijo—. Dentro de mí. Ya no puede volver.
Luzbel apoyó la frente contra la suya, exhausto.
—Entonces… te quedarás.
Miguel negó suavemente.
—No aquí.
La comprensión cayó como un peso dulce y doloroso. Miguel ya no sería general. Sería guardián. El Padre habló por primera vez desde el final de la batalla:
—El Cielo ha cambiado —dijo—. Y con él, sus custodios.
Miguel sería enviado a un plano intermedio, sosteniendo el sello, protegiendo la Creación desde la distancia. Luzbel, el Lucero de la Mañana, permanecería. No como gobernante. Sino como vigía..Como recordatorio de que incluso la caída puede transformarse en luz..Miguel miró a su hermano una última vez.
—Cuida el Cielo —dijo.
Luzbel asintió, con lágrimas silenciosas.
—Siempre.
Miguel desapareció envuelto en luz..El Paraíso respiró. Y una nueva era comenzó.