Lucero De La Mañana: El Regreso al Paraíso

La misión del Lucero de la Mañana

Yo vi al Paraíso caer. Y vi al Paraíso levantarse de nuevo..No fue un milagro repentino, sino un acto de voluntad absoluta.

Cuando la última sombra fue expulsada del Cielo, cuando Migael y sus huestes infernales fueron arrojados fuera de los límites sagrados, el Paraíso quedó suspendido en un silencio reverente. No hubo gritos de victoria. No hubo celebración. Solo un vasto respirar colectivo, como si toda la Creación hubiera contenido el aliento durante eras y al fin pudiera soltarlo.

La oscuridad no fue destruida. Fue rechazada. Y eso, comprendí, era más peligroso. Entonces el Padre extendió Su poder. No descendió como tormenta ni como juicio. Su luz fluyó como un recuerdo primordial, reconstruyendo cada rincón del Cielo con una delicadeza que hacía imposible distinguir lo que había sido herida de lo que siempre había estado intacto.

Los palacios de cristal y oro se alzaron de nuevo, perfectos. Los jardines celestiales reverdecieron con una vida más profunda, más consciente. Las fuentes cantaron como si jamás hubieran sido silenciadas.

El Paraíso quedó restaurado como si nunca hubiera sido invadido. Pero nosotros sabíamos la verdad. Yo flotaba en el aire, observando la luz cerrar las últimas grietas del firmamento. Mis alas iridiscentes se mecían suavemente, reflejando los colores del amanecer eterno. Sentía paz pero no alivio. Porque la guerra no había terminado. La sentí entonces.

Lejos.
Abajo.
En la Tierra.

Migael no regresó al Abismo. Descendió al mundo de los hombres. Lo vi abrirse paso no con ejércitos visibles, sino con susurros. La oscuridad se deslizó en los corazones humanos como una idea sembrada en silencio. No tomó ciudades ni tronos celestiales. Tomó emociones: miedo, rencor, deseo, desesperación.

Si no podían poseer el Paraíso, poseerían las almas. Vi a los humanos volverse más crueles, más frágiles, más propensos a escuchar la voz equivocada cuando el dolor los alcanzaba. La oscuridad no los dominaba por la fuerza, sino por elección. Y eso era lo más terrible.

—Lucero de la Mañana —dijo el Padre a mi espalda.

Su voz no interrumpió mis pensamientos. Los completó. Me giré hacia Él. Su presencia era serena, inmensa, inmutable. En Su mirada no había reproche ni urgencia, solo una comprensión tan profunda que dolía.

—El Paraíso está a salvo —continuó—. Pero la Creación no lo está.

Asentí.

—Migael aprendió —dije—. Ya no atacará donde Tú habitas. Atacará donde la fe tiembla.

El Padre guardó silencio un instante.

—Los humanos poseen libre albedrío —dijo— Y también lo hacen vulnerables.

La verdad se asentó entre nosotros como una sentencia. Entonces Él dio un paso hacia mí.

—Por eso te necesito, Luzbel.

Levanté el rostro.

—La oscuridad te teme —prosiguió— No por lo que fuiste, sino por lo que eres ahora. Conoces la caída, el dolor y la redención. Puedes caminar donde otros no deben.

Sentí el peso de Sus palabras caer sobre mis alas.

—Quiero que desciendas a la Tierra —dijo finalmente— Enfrenta a Migael. Contén a sus huestes infernales. Defiende a la humanidad no como juez, sino como guardián.

El silencio volvió a envolverlo todo. Yo cerré los ojos. Comprendí entonces que mi historia no había sido una caída inútil, ni una redención aislada. Había sido preparación. Cuando abrí los ojos, la decisión ya estaba tomada.

—Iré —respondí— No para imponer Tu luz sino para proteger la chispa que aún sobrevive en ellos.

El Padre asintió.

—Entonces ve, Lucero de la Mañana. La Tierra será tu campo de batalla y tu prueba final.

Extendí mis alas. El Paraíso brilló a mi alrededor, intacto, eterno, vigilante. Pero mi mirada ya no estaba allí. Estaba puesta en el mundo que ardía lentamente bajo la sombra. Yo soy Luzbel. El Lucero de la Mañana. Y ahora desciendo.




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