El descenso no fue una caída. Fue un desprendimiento. El Cielo no se alejó de mí: me soltó.
Sentí el instante exacto en que lo etéreo dejó de sostenerme. No hubo vértigo, ni miedo, ni grito. Solo una presión nueva, desconocida, que comenzó a envolver mi cuerpo como una marea invisible. El espacio ya no respondía a la voluntad pura; ahora había resistencia. Peso. Dirección. Gravedad.
Mis alas se abrieron instintivamente, desplegándose en toda su magnificencia. Los colores del arcoíris ardieron con mayor intensidad, como si la luz luchara por no extinguirse al atravesar planos más densos. Cada pluma vibraba, reaccionando al cambio, adaptándose a un mundo que no había sido hecho para nosotros. El aire cambió primero. En el Cielo era canto. En el Abismo, herida. Aquí era materia.
Entró en mis pulmones con una aspereza desconocida, cargado de humedad, de aromas primitivos, de vida y descomposición mezcladas. No era hostil, pero tampoco puro. Era un aire que había sido respirado, usado, contaminado por generaciones de criaturas que temían morir.
La luz alrededor de mi cuerpo comenzó a comprimirse. Sentí el tirón del mundo llamándome hacia abajo, reclamando mi presencia con una insistencia que no admitía negación. El suelo se acercaba, oscuro, cubierto por una extensión interminable de copas negras y sombras entrelazadas. Un bosque.
Antiguo.
Aislado.
Vivo.
La noche envolvía la tierra con un silencio expectante. No era el silencio sagrado del Cielo ni el vacío hiriente del Abismo. Era un silencio lleno de sonidos contenidos: hojas moviéndose, criaturas ocultas observando, raíces respirando bajo la superficie.
Descendí atravesando la niebla baja, y por primera vez sentí frío. No como castigo, sino como límite. El impacto fue contenido.
Mis pies tocaron el suelo húmedo del bosque con una fuerza que recorrió todo mi cuerpo. La tierra cedió levemente bajo mi peso, absorbiendo parte del golpe. Aun así, mis rodillas se flexionaron y una exhalación involuntaria escapó de mis labios..Dolió. No intensamente pero fue real.
Mis alas se desplegaron detrás de mí, iluminando el claro en el que había caído. La luz iridiscente bañó los troncos retorcidos, arrancando destellos verdes y plateados a la corteza húmeda. Las hojas brillaron como si hubieran sido tocadas por un amanecer imposible en plena noche. Las criaturas del bosque huyeron.
Sentí sus corazones acelerarse, sus cuerpos pequeños alejándose entre la maleza. No por maldad. Por instinto. Yo no pertenecía a este mundo, y el mundo lo sabía. Me incorporé lentamente.
Cada movimiento requería un esfuerzo que jamás había conocido. Mis músculos respondían con una lentitud nueva, como si el cuerpo recordara que ahora debía obedecer leyes que antes no existían para mí. Miré mis manos.
Seguían siendo luminosas pero no del mismo modo. La luz ya no emanaba sin límite; parecía contenida, como una llama protegida del viento. Comprendí entonces que aquí no podía ser infinito. Aquí debía ser preciso.
El bosque respiraba a mi alrededor. La tierra tenía un pulso distinto al del Cielo. No perfecto. No armónico. Pero intensamente vivo. Cada árbol era una historia inconclusa. Cada raíz, una lucha por permanecer. Cada sombra, un refugio o una amenaza. Sentí algo más. Dolor humano.
Lejano, disperso, pero constante. No como el grito claro de los ángeles, sino como un murmullo perpetuo de angustia, deseo, miedo y esperanza rota. La oscuridad ya estaba aquí. No como un ejército sino como una presencia. Migael había llegado antes.
Mis alas se estremecieron. La luz del arcoíris volvió a intensificarse, reflejándose entre las ramas como fragmentos de aurora atrapados en la noche. No era ostentación. Era advertencia.
—Estoy aquí —susurré, y mi voz sonó extraña en el aire denso—. Ya no estás solo, mundo frágil.
El viento respondió moviendo las copas de los árboles. Sentí, por primera vez, algo cercano a la soledad. En el Cielo nunca estuve realmente solo. En el Abismo, la soledad era una herida compartida. Aquí… cada ser cargaba la suya en silencio. Y comprendí que esta sería la batalla más difícil. Porque no se ganaría con espadas.
Se ganaría protegiendo lo que aún podía ser salvado. Levanté la vista hacia el cielo nocturno. Las estrellas eran distintas. Más pequeñas. Más lejanas. Como si la eternidad se hubiera fragmentado en puntos de luz frágiles, fáciles de apagar. Extendí mis alas una vez más.
—Padre —pensé—, que mi luz no ciegue… que guíe.
El bosque me observaba. La Tierra había recibido al Lucero de la Mañana. Y sin saberlo aún, la guerra por las almas acababa de comenzar.