Lucero De La Mañana: El Regreso al Paraíso

Las sombras aprenden a hablar

La Tierra no gritó cuando la oscuridad llegó. Eso fue lo más inquietante.

No hubo relámpagos ni portales visibles. No hubo ejércitos descendiendo del cielo. La llegada de Migael fue tan silenciosa como una idea sembrada en la mente correcta.

Luzbel lo sintió como una distorsión emocional. No era un punto fijo, sino múltiples focos encendiéndose al mismo tiempo, dispersos por el mundo humano. Lugares donde el miedo ya habitaba. Donde la culpa había echado raíces. Donde el rencor era cultivado con paciencia.

Vio la primera grieta abrirse en una ciudad lejana. Un hombre arrodillado en una habitación oscura, rodeado de botellas vacías y fotografías rotas. La voz llegó a él como un susurro amable, comprensivo, casi compasivo.

—No fue tu culpa —le dijo Migael—. El mundo te falló primero.

El hombre levantó la cabeza, con lágrimas secas marcándole el rostro.

—¿Quién… .quién eres? —preguntó.

La sombra no tomó forma completa. No lo necesitaba.

—Alguien que puede darte lo que te negaron —respondió— Fuerza. Silencio. Olvido.

El hombre asintió. Y algo dentro de su pecho se quebró con alivio. Luzbel apartó la mirada.

—Así es como lo haces ahora —murmuró— No tomas. Convences.

Sintió otros focos encenderse. Una mujer consumida por la envidia, un joven ahogado en ira, un anciano que deseaba venganza más que descanso. Migael no exigía adoración. Ofrecía justificación. Y los humanos aceptaban.

El bosque a su alrededor se estremeció cuando Luzbel dio un paso adelante. Sus alas aún brillaban demasiado. La luz del arcoíris iluminaba los troncos, las hojas, incluso la niebla baja. Hermosa pero peligrosa. Aquí, la belleza absoluta no protegía. Delataba.

—No puedo caminar así entre ellos —comprendió.

El aire nocturno respondió con un murmullo grave, como si el mundo mismo estuviera de acuerdo. Luzbel cerró los ojos. Y por primera vez desde su creación, limitó su propia luz. No fue doloroso. Fue triste.

Las alas comenzaron a retraerse, no desapareciendo, sino plegándose hacia adentro, como un recuerdo cuidadosamente guardado. Los colores se apagaron hasta convertirse en un resplandor apenas perceptible, oculto bajo la piel.

El cuerpo cambió. La estatura se redujo levemente. La perfección inhumana se suavizó. La luz que antes emanaba libremente quedó atrapada detrás de unos ojos dorados ahora más apagados, más cercanos a lo humano.

Cuando abrió los ojos, ya no era el Lucero visible. Era un hombre. Aún hermoso, sí. Demasiado para pasar desapercibido por completo. Pero ya no imposible. Ya no evidente. Miró sus manos. Seguían temblando con poder contenido.

—Así que este es el precio —susurró— Caminar sin ser reconocido.

Una presencia se movió entre los árboles. Luzbel alzó la mirada, alerta. No era un demonio. Era un humano.

Un joven que avanzaba con cautela, empuñando una linterna temblorosa. Sus pensamientos eran confusos: miedo, curiosidad, incredulidad. Había visto la luz caer del cielo. No sabía qué había sido pero sabía que no era normal. Luzbel dio un paso atrás, fundiéndose con la sombra del bosque. A lo lejos, sintió la risa de Migael. No sonora. Mental.

— Bienvenido al mundo de las decisiones pequeñas, —susurró la oscuridad — Aquí no hay absolutos. Aquí, todos caen lentamente.

Luzbel apretó los puños.

—No —respondió en silencio—. Aquí también se elige levantarse.

El joven humano avanzó un poco más, llamando a alguien por su nombre. Estaba perdido. Asustado. Vulnerable. Luzbel comprendió entonces cuál sería su verdadero papel. No vendría como salvador glorioso. Vendría como testigo. Como guardián silencioso. Como alguien que intervendría solo cuando la luz estuviera a punto de extinguirse. Miró hacia el cielo cubierto de nubes.

—Padre —pensó— la guerra aquí no se gana destruyendo al enemigo sino enseñando a resistirlo.

La oscuridad ya caminaba entre los hombres. Y ahora, el Lucero de la Mañana caminaría con ellos.




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