Lucero De La Mañana: El Regreso al Paraíso

El muchacho que aún escuchaba

La noche se cerraba sobre el bosque como un párpado cansado..Luzbel lo sintió antes de verlo.

No fue un grito, ni un pensamiento claro. Fue una fractura interna, un punto exacto donde un alma comenzaba a ceder. Un peso que se inclinaba peligrosamente hacia el abismo sin saberlo.

El joven estaba sentado sobre una raíz enorme, parcialmente cubierta de musgo. La linterna había caído a sus pies, apagada. Tenía la cabeza gacha, el cabello negro cayéndole sobre el rostro como una cortina oscura. Vestía de negro de pies a cabeza, como si ya hubiese elegido la noche mucho antes de comprenderla.

Su corazón latía con fuerza pero no con esperanza. Luzbel se acercó sin hacer ruido..El aire a su alrededor se volvió más denso, cargado de pensamientos que no eran del todo suyos. La sombra ya estaba allí, hablándole sin palabras.

No perteneces.
Nadie te ve.
Ser distinto es estar solo.

Migael no necesitaba mostrarse. El muchacho levantó el rostro lentamente. Sus ojos celestes brillaban bajo la luz débil de la luna, demasiado claros para un mundo tan oscuro. Había lágrimas contenidas, no derramadas, endurecidas por el orgullo y la costumbre de no ser escuchado.

—Si voy a desaparecer —susurró— que al menos sea en silencio.

La sombra se cerró un poco más. Luzbel dio un paso adelante.

—No —dijo.

Su voz no fue autoritaria. Fue real. El joven se estremeció y giró bruscamente la cabeza.

—¿Quién anda ahí? —preguntó, incorporándose con torpeza.

Luzbel salió de entre los árboles. Ya no brillaba como el Lucero del Cielo, pero algo en él seguía siendo imposible de ignorar. Su presencia no imponía: atraía.

—No estás solo —repitió.

El muchacho frunció el ceño, desconfiado.

—Eso dicen todos… antes de irse.

La sombra aprovechó la duda y susurró con más fuerza.

No confíes.
Te mentirá.
Como todos.

Luzbel lo sintió. Y por primera vez desde que descendió a la Tierra, comprendió el verdadero campo de batalla. No levantó la voz. No mostró poder. Se acercó un poco más y se arrodilló frente a él, a su misma altura.

—No voy a decirte que todo estará bien —dijo— Sería mentira.
—Entonces no digas nada —respondió el joven con amargura— No necesito consuelo.

Luzbel sostuvo su mirada.

—No vengo a consolarte —dijo—. Vengo a decirte que lo que sientes tiene sentido.

La sombra vaciló. El joven tragó saliva.

—¿Y qué sabes tú? —preguntó—. ¿Qué sabes de sentirse fuera de lugar?

Por un instante, los ojos dorados de Luzbel parecieron profundizarse.

—Todo —respondió.

Y fue suficiente. La sombra retrocedió, herida no por la luz, sino por la verdad. Migael lo sintió a la distancia, como una interferencia inesperada..El muchacho respiró hondo, como si algo invisible hubiera soltado su pecho.

—No sé por qué —murmuró—, pero siento que… que si me quedaba solo un minuto más…

Luzbel asintió.

—Te habrías perdido —dijo—. No muerto. Algo peor.

El peligro había pasado..Por ahora. El joven recogió su linterna y la encendió. La luz artificial tembló, pobre imitación de lo que Luzbel había sido… y aún era.

—Me llamo —dudó— No importa.

Luzbel sonrió levemente.

—Importa —dijo—. Siempre importa.

El joven lo observó con más atención. Su ropa negra, sus botas gastadas, los colgantes de metal, los anillos oscuros en los dedos. No era una pose: era identidad. Un lenguaje silencioso con el que había aprendido a existir.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Cómo te llamas?

Luzbel dudó.

—Puedes llamarme… Luc —respondió.

El muchacho asintió.

—Gracias, Luc —dijo, sin saber por qué— Por no tratarme como si estuviera roto.

Luzbel se levantó.

—No lo estás —respondió— Solo estás despierto en un mundo que prefiere dormir.

Caminaron juntos unos pasos entre los árboles. El joven no sabía que acababa de convertirse en el primer bastión humano contra la oscuridad. No sabía que su alma había sido observada desde el inicio. Que su sensibilidad, su melancolía, su manera de mirar el mundo eran precisamente lo que Migael buscaba corromper.

Y lo que Luzbel debía proteger..Muy lejos de allí, en una ciudad que jamás dormía del todo, Migael abrió los ojos. Sintió la resistencia. Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro.

—Así que ya elegiste a tu primer protegido… —susurró—. Interesante.

La sombra se movió entre humanos desprevenidos, buscando otros corazones fracturados.

—Juguemos entonces, Lucero —dijo— Veamos cuántas almas puedes salvar antes de que una te destruya.

El viento nocturno recorrió el bosque. Luzbel se detuvo un instante y alzó la vista, como si hubiera escuchado algo que nadie más podía oír. El muchacho gótico lo observó en silencio.

—¿Todo bien? —preguntó.

Luzbel asintió lentamente.

—Sí —respondió— Pero a partir de ahora nada será fácil.

Y en ese instante, sin saberlo, la Segunda Parte de la historia.acababa de comenzar.




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