El bosque no dormía..Respiraba.
El muchacho caminaba con pasos lentos, cuidando de no tropezar con las raíces húmedas que sobresalían del suelo como dedos viejos. La linterna apenas iluminaba unos metros delante de él, y aun así no la apagaba. No porque creyera que lo protegería, sino porque el pequeño círculo de luz le recordaba que seguía ahí.
Vivo.
—No suelo perderme —dijo de pronto, rompiendo el silencio—. Pero esta noche todo se siente distinto.
Luzbel caminaba a su lado, atento a cada sonido, a cada cambio en el aire. El mundo humano era torpe, ruidoso en su fragilidad, y aun así peligroso de un modo nuevo.
—Hay noches que no deberían existir —respondió—. Y sin embargo, llegan.
El muchacho lo miró de reojo.
—Hablas raro —comentó—. Pero no de una forma molesta.
Luzbel sonrió apenas.
—Me lo dicen seguido.
Avanzaron unos pasos más hasta llegar a un claro pequeño, rodeado de árboles altos. La luna se filtraba entre las ramas, bañando el lugar con una luz pálida, casi azulada. El joven se sentó sobre una piedra cubierta de musgo y suspiró.
—Supongo que debería presentarme —dijo al fin— Me llamo Elian.
El nombre resonó en Luzbel con una suavidad particular.
—Elian —repitió—. Es un buen nombre.
Elian se encogió de hombros.
—A nadie más se lo parece. En casa dicen que es raro. Como yo.
Guardó silencio unos segundos, como si evaluara si seguir hablando.
—Siempre fui… distinto —continuó— No encajo. Nunca lo hice. La ropa negra, la música, la forma de pensar no es una pose. Es lo único que me hace sentir real.
Luzbel lo escuchó sin interrumpirlo.
—Pero cansa —añadió Elian—. Cansa que te miren como si estuvieras roto. Como si tarde o temprano fueras a convertirte en algo… malo.
El aire se tensó. Luzbel sintió el movimiento. Lejano. Sutil. Pero presente. Migael. No estaba allí físicamente, pero su influencia comenzaba a rodear al muchacho como una bruma imperceptible. No atacaba de frente. Observaba. Aprendía.
— Este es sensible — pensó la oscuridad — Este escucha.
Luzbel dio un paso más cerca de Elian.
—Ser distinto no es una grieta —dijo—. Es una puerta.
Elian frunció el ceño.
—Eso suena peligroso.
—Lo es —admitió—. Pero también es lo único que permite que entre la luz.
Elian bajó la mirada.
—A veces pienso que sería más fácil no sentir tanto.
La sombra se deslizó un poco más cerca.
— Dímelo a mí —susurró Migael desde algún rincón invisible de la noche — Yo puedo ayudarte a dejar de sentir.
Elian se estremeció.
—¿Escuchaste eso? —preguntó en voz baja.
Luzbel asintió.
—Sí.
—¿Qué fue?
Luzbel eligió con cuidado.
—Una idea —dijo—. Y no todas las ideas son tuyas.
Elian apretó los puños.
—Eso es lo que me asusta —confesó—. A veces pienso cosas que no quiero pensar. Rabia. Deseos de desaparecer. Ganas de que el mundo arda solo para no sentirme tan solo.
La oscuridad se alegró.nLuzbel no.
—Escúchame, Elian —dijo con firmeza suave— No eres malo por pensar así. Pero sí eres responsable de lo que haces con esos pensamientos.
Elian lo miró fijamente.
—¿Y tú cómo lo sabes?
Por un instante, Luzbel estuvo a punto de decir la verdad. Pero no era el momento.
—Porque yo también estuve al borde —respondió— Y aprendí que rendirse no es silencio. Es dejar que otro decida por ti.
La sombra retrocedió un paso..Migael sintió la resistencia como una espina.
—Interesante —murmuró— Muy interesante.
La noche avanzó..El frío se hizo más evidente y Elian se frotó los brazos. Luzbel se quitó la chaqueta y se la tendió sin decir palabra.
—No hace falta —protestó Elian.
—Hace falta —corrigió—. Y no es un favor.
Elian aceptó, sorprendido.
—Gracias.
Se sentaron bajo el árbol más grande del claro. El bosque parecía observarlos, como si reconociera que algo antiguo se había posado entre sus raíces. Elian cerró los ojos por un instante.
—No sé por qué —dijo—.pero contigo cerca no siento ese peso en el pecho.
Luzbel miró hacia la oscuridad entre los árboles.
—No se ha ido —pensó—. Solo está esperando.
Muy lejos de allí, Migael sonrió.
—Todavía no, Lucero —susurró— La noche es larga y los humanos, frágiles.
Elian abrió los ojos.
—Oye, Luc de —dijo—. ¿Te quedarás?
Luzbel no dudó.
—Sí.
Y mientras el muchacho apoyaba la cabeza contra el tronco y el cansancio comenzaba a vencerlo, Luzbel permaneció despierto, vigilante, sintiendo cada latido humano, cada sombra que se movía demasiado lento.
La guerra había cambiado de forma. Ya no se libraba en el cielo. Se libraba en el interior de un muchacho que aún elegía resistir. Y Luzbel no permitiría que lo perdieran. No esta noche.